Péndulo de Foucault
Abro este informe en época de confinamiento. Un confinamiento que dura ya casi un mes. Un confinamiento causado por un virus extremadamente contagioso y letal, con 152.446 afectados a día de hoy y que se ha cobrado ya 15.238 vidas, la mayoría ancianos. Conforme releo las líneas anteriores, (re)experimento esa sensación de surrealismo y de ficción compartida que nos envuelve desde hace semanas y que nos oprimiría hasta la asfixia si no fuera porque nuestro instinto de supervivencia nos insta a desconectar y a dejarnos llevar, de forma intermitente, por una cotidianidad que, aunque desfigurada, nos sirve de tabla salvadora.
La necesidad de normalizar nos lleva a reconstruir nuestras rutinas si bien por otros medios, esencialmente tecnológicos, que mantienen hábitos tan intrínsecos y cotidianos como el contacto con nuestros seres queridos, ir a la comprar o continuar con la actividad docente, pantalla de ordenador o de móvil mediante. Los hábitos se transfiguran pero sobreviven, fruto de una imperiosa necesidad de equilibrio. El símbolo de la normalización es el hashtag #quédate en casa, una consigna diseñada para invitar al aislamiento y así minimizar lo máximo posible el número de contagios. Las iniciativas asociadas a este lema son numerosas: desde conciertos en vivo vía Instagram hasta clases de cocina online con chefs de primera fila pasando por sesiones de aerobic, yoga, meditación, zumba o tutoriales de manualidades para entretener a los niños. A esto se suma la inalterabilidad de los programas televisivos de entretenimiento y el amplio menú de series y películas en las plataformas en línea. Todo ello aderezado con memes y chistes virales que parodian la reclusión. Y es así como lo anecdótico nos ayuda a sobrellevar el dramatismo y la excepcionalidad de la situación.
Pero de repente, nuestra cabeza hace 'click' y tomamos conciencia de la dimensión de ese dramatismo y de esa excepcionalidad; e intuimos con mayor o menor profundidad que estamos en un punto de inflexión, que hubo un antes y un después. Esos momentos son de una oscuridad profunda e insondable y su trasfondo no es otro que la consciencia de nuestra no infinitud o lo que es lo mismo, la consciencia de la muerte. Porque la muerte está más presente que nunca y llega con una crueldad de golpe seco e insonoro. Lo que impresiona –en el sentido etimológico de la palabra– no es solo el número de fallecidos sino más bien la forma en la que acontece. Se está produciendo una transgresión de los rituales funerarios propios de nuestra cultura; es decir, se nos arrebata el derecho esencial de acompañar y ser acompañados. Las fases del duelo se quebrantan. Se espera, se vela, se llora y se muere en soledad.
En el afán salvaje por subsistir, nuestra cabeza vuelve a hacer click y nos refugiamos en los directos de nuestros cantantes favoritos, en lo último de Netflix, en la lectura o en la actualización de nuestras recetas de cocina, hasta próximo aviso.
Somos un péndulo de Foucault que oscila entre el área reconfortante de la cotidianidad y el área de una excepcionalidad dramática; entre el meme viral y la muerte en soledad.