Terroristas o luchadores
Según se desprende de lo que dicen bastantes medios, el problema de la entrada masiva de personas en Ceuta a través de la playa del Tarajal, permitida e incluso impulsada por la policía marroquí, obedece a una rabieta del rey Mohamed VI con España, por haber acogido y hospitalizado, a petición de Argelia, al dirigente saharaui Brahim Ghali, enfermo de cáncer y gravemente afectado por el coronavirus, para lo que Argelia, país donde reside, le facilitó un pasaporte diplomático.
Brahim Ghali, de 71 años, es un histórico líder del Frente Polisario, organización que lucha por la autodeterminación del Sahara Occidental, antigua colonia española cuya soberanía fue entregada por España a Marruecos en 1975, en una vergonzosa y cobarde bajada de pantalones ante un chusco chantaje del entonces rey marroquí Hassan II. Ghali es, actualmente, Secretario General del Frente Polisario y Presidente de la autodenominada República Árabe Saharaui Democrática, que no está reconocida por la ONU como país soberano, aunque Brahim Ghali tiene reconocida, a nivel personal, capacidad de interlocución internacional, como la tuvieron sus antecesores.
Aprovechando el río revuelto, algunos medios españoles están desempolvando determinadas acciones violentas que el Frente Polisario llevó a cabo en la segunda mitad de los 70 y la primera mitad de los 80 del siglo pasado, es decir, hace cuatro décadas, en su lucha por la autodeterminación del Sahara Occidental y que afectaron a intereses y ciudadanos españoles, motivo por el cual se califica al Polisario como organización terrorista, tratando, con ello, de responsabilizar al gobierno de España de la crisis de Ceuta por haber acogido y atendido a un ‘terrorista’… enfermo de cáncer y de covid, pero terrorista.
Es habitual, en este mundo, sobre todo desde el siglo pasado, que los Estados que se encuentran confortables con un determinado establishment, consideren terroristas a las personas y organizaciones que se rebelan contra ese escenario establecido y luchan por la libertad y la soberanía de sus pueblos, sea o no sea justa o razonable esa reivindicación, por lo que ese juicio y ese calificativo es habitual que cambie cuando pasa el tiempo y cambian las circunstancias y, con ellas, el establishment.
Salvando la enorme distancia entre ambas organizaciones, hay que recordar que la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), que luchaba por la creación de un Estado Palestino, era considerada una banda terrorista y, realmente, la OLP sí tenía muchos atentados sangrientos y centenares o miles de muertos a sus espaldas. Su líder, Yasser Arafat, era considerado un terrorista internacional y tanto Israel como otros países, incluyendo EE.UU, tenían puesto a precio a su cabeza.
Años después, cuando las conversaciones de paz sobre Oriente Medio dieron lugar a la disolución de la OLP y al nacimiento de la ANP (Autoridad Nacional Palestina), el antiguo terrorista internacional, Arafat, se convirtió en presidente de la ANP y tanto él como los primeros ministros de Israel, Isaac Rabin y Shimon Peres, recibieron el Premio Nobel de la Paz en 1995.
Es lo que ocurre según cuándo y bajo qué circunstancias se juzga a las personas, que en cuestión de pocos años pueden pasar de terroristas sanguinarios a luchadores por la libertad de su pueblo y hasta recibir el Premio Nobel de la Paz.