Un hombre bueno
El pasado 15 de enero en la ciudad de Génova falleció Orlando Leva. Durante cincuenta años fue recepcionista en un hotel que trata de mantener el esplendor de siglos pasados frente al mar. En sus últimos paseos por las calles y cafés del barrio de Pegli camareros, comerciantes y policías saludaban con respeto a ese anciano que, de alguna manera, se despedía de sus vidas con honestidad y sin alharacas. Quien vivió modesta y dignamente sus días sabía decir adiós sin llamar innecesariamente la atención.
Orlando nació en el seno de una humilde familia piamontesa, en el que los alimentos se valoran por su estrecha relación con el medio del que proceden y el trabajo que conlleva su recogida y conserva se reconoce y respeta. En los hogares por los que pasó Orlando, como en tantos otros de mujeres y hombres de pueblos de todo el mundo, cada objeto arrastra una historia material y personal que explica su ubicación definitiva. Si de joven emigraste a otro país y descubriste el té de los descansos en jornadas maratonianas, la tetera ocupará su sitio en la estantería principal, como la colección de sellos que durante décadas se recogía de clientes extranjeros hasta componer un mapamundi que daría para manual de historia geopolítica del siglo XX.
Orlando nació en el seno de una humilde familia piamontesa, en el que los alimentos se valoran por su estrecha relación con el medio del que proceden y el trabajo que conlleva su recogida y conserva se reconoce y respeta
En estos tiempos en los que se fabrican muebles de quita y pon y hay plantas de plástico para no regar, el salón en el que cenaba Orlando acumulaba historias de vidas familiares ya caducas, en un empeño obrero por resguardar también la memoria de las vidas propias, dignas de recuerdo. Como las recetas de la abuela, o los platos conocidos y admirados en los viajes que la vida pudo regalar. En su mesa, cada especia o tipo de cocción de un alimento se narraba con delicadeza y respeto por la persona que, años atrás, se la había trasladado a él. Memoria oral, vindicación de lo concreto, placer sin estipendio.
Orlando era antifascista de manera coherente con quien nació en la casa y el momento en que lo hizo, rodeado de referencias partisanas y forzado a la emigración urbana para no morirse de hambre. Orlando era comunista a la italiana, nostálgico de un momento en el que se supo mayoría y rozó el gobierno de su país junto a millones de hombres y mujeres que amaban a Enrico Berlinguer. Vivía con Pilar de su discreta pensión en un apartamento de alquiler y apreciaba el hecho de que el único hijo hubiese podido hipotecarse para tener un piso en propiedad.
En sus últimos años comentaba con tristeza la dificultad compartida por reconocer “dirigentes de izquierdas que hablaran y vivieran como personas de izquierdas”
En sus últimos años comentaba con tristeza la dificultad compartida por reconocer “dirigentes de izquierdas que hablaran y vivieran como personas de izquierdas”, y soportaba a duras penas el avance de extremas derechas reconocibles fuera cual fuera la lengua en la que hablaran. Orlando era un hombre bueno, sin matices. Quizás, a estas alturas del desconcierto en el que vivimos, esa debiera ser la primera etapa de nuestra próxima victoria. Empezar por reconocer entre nosotros qué valores primarios (solidaridad, humildad, honestidad, austeridad) quisimos que caracterizaran nuestro relato de clase. Yo lo tengo claro: con hombres y mujeres como Orlando, ninguna diferencia de partida aguanta un pase y ninguna apuesta que no sea la de unidad se sostiene. Unidad.
Orlando Leva era mi tío. Mis hijas rallan la nuez moscada sobre la salsa de almendras como él les enseñó una noche de verano, y mi hijo conserva parte de su colección de sellos históricos en su dormitorio, bajo una bandera republicana. Nuestra memoria será, en buena medida, la que un día fue suya. Hagamos el resto.