Sevilla desde la bulla
Y se acabó. Ya pasó. Fugaz como un soplo de brisa, soleada como una mañana de verano, plena como una quiniela con 15 aciertos, antigua como una imagen fea y a la vez joven e inocente como un monaguillo de El Museo. La Semana Santa se acabó y nos deja la renovación de votos de nuestra infancia, recuerdos que nos consolarán en días de lluvia y frío y tradiciones recién estrenadas, que intentaremos repetir el año próximo con los más pequeños de cada casa.
No soy practicante y dudo mucho que sea creyente, pero sí. Me gusta la Semana Santa. Ya no soy un capillita hartible, como era hace 25 y 30 años cuando intentaba verlas todas, pero sí que me gusta echarme a la calle estos días y disfrutar del espectáculo para los sentidos que son nuestras cofradías. Dos o tres al día, no más. Verlas bien vistas, con tranquilidad y detalle. Y aprovechar la excusa para quedar con familia y amigos, tomar algo y llenar las vacaciones de buenos recuerdos. La salida del Pilatos de San Benito o del palio del Valle, el Beso de Judas por el Coloniales o la revirá de La Cena en el Tarín. Momentos maravillosos que pa mí se quedan.
Empecé el Sábado Santo con la Milagrosa, la hermandad de mi barrio, que pasa por la puerta de mi casa; cumplí con la tradición de ver La Paz el Domingo de Ramos con mis hijas a la salida hacia el parque; y cerré el ciclo contemplando por primera vez en mi vida el Resucitado y la Virgen de la Aurora este Domingo de Resurrección desde los palcos de la plaza de San Francisco.
Aunque suene a viejo rancio, sí tengo la conciencia de que hay problemas o situaciones que no existían hace décadas y que, o han llegado para quedarse, o están tardando demasiado en resolverse
He disfrutado mucho, sí. Con los amigos de siempre, con nuevas amistades, con los que me han visitado después de muchos años ausentes… Con mis hijas, aunque menos de lo que me hubiera gustado. Ya tan mayores, prima el grupo, las amigas. También es bonito revivir cómo estos días son la primera excusa para salir solas, para llegar tarde, para conocer gente.
Pero, claro. No todo lo que reluce es como el pan de oro de los misterios de La Calzada o San Gonzalo. La Semana Santa en Sevilla nos obliga a enfrentarnos a duras jornadas de caminatas y parones. Atascos y bullas. Dificultades severas de movilidad que le quitan a uno las ganas. Fenómenos nuevos que todo lo complican. Una sensación de parálisis urbana que a mí se me ha agudizado este año, especialmente hasta el Martes Santo. Luego, he tenido la sensación de que la ciudad se iba despejando progresivamente hasta dejarnos disfrutar más a partir de la mañana del viernes. Pero, aunque suene a viejo rancio, sí tengo la conciencia de que hay problemas o situaciones que no existían hace décadas y que, o han llegado para quedarse, o están tardando demasiado en resolverse.
¿Cuándo se ha hecho costumbre que haya familias y grupos de amigos esperando en una acera, o en mitad de la calle, durante horas y horas sentados en sillitas, o directamente en la calzada, para esperar a que pase una cofradía? Y que encima se ofendan si tú cruzas por donde ellos han acampado, o incluso se atrevan a negarte el paso.
Entiendo la fila alrededor del cuerpo de nazarenos, y la incomodidad por quien las atraviesa, cuando ya pasa la procesión, a partir de la Cruz de Guía. Aun así, siempre se ha movido la gente adelante o atrás en busca de los pasos, y no debería ser un problema. ¿Pero antes de que haya capirotes en la calle tener el tránsito bloqueado? Eso me parece inverosímil, absurdo y lejos de toda educación y hábito cofrade.
Harina de otro costal son los turistas, extranjeros o nacionales, que directamente no saben donde se han metido, que intentan cruzar la cofradía con sus maletas
Pero es que esa educación parece ser cosa del pasado. Gente que habla de política (sí, los fascistas especialmente) a voz en grito mientras pasa un misterio o una dolorosa; hombres y mujeres de cualquier edad bebiendo alcohol delante de las imágenes (sí, como en la cabalgata de reyes), y padres que meten los carritos abiertos de sus bebés, y no tan bebés, hasta los mismísimos ciriales.
Mención aparte merecen los hosteleros que aprovechan estos días de marzo y abril para hacer el agosto. Restaurantes cerrados sólo para sus mesas reservadas, desayunos a más de ocho euros por persona, cartas recortadas en estas fechas o establecimientos que se niegan a vender bebidas a costaleros o familiares de nazarenos. Gloria a aquellos que siguen sin cobrar por entrar al baño o que venden agua y cerveza en tardes calurosas más como servicio público que como línea de negocio.
Harina de otro costal son los turistas, extranjeros o nacionales, que directamente no saben donde se han metido, que intentan cruzar la cofradía con sus maletas, buscando el apartamento turístico recién llegados de Santa Justa o San Pablo. Me dan pena, por supuesto, pero ¿quién viaja a otra ciudad, a otro país, sin tener ni puñetera idea de qué ocurre en esas fechas y qué supone para la vida de aquel lugar? Eso es de primero de turista, como diría mi amiga Irene.
El principio de una solución debe partir de una autorregulación de las hermandades, que han de darse cuenta de que han llevado el modelo al límite
La Semana Santa está sobredimensionada. Las hermandades no paran de aumentar sus nóminas de nazarenos y a las procesiones les aprietan las costuras. Retrasos infinitos, parones tremendos de unas cofradías a la espera del paso de las otras, cambios de itinerario buscando mayores holguras… Un nazareno del Gran Poder me decía el sábado que, tras dejar de pasar por Zaragoza para dar un rodeo por Santas Patronas con la idea, sin éxito, de evitar el parón que les provoca la Esperanza de Triana en Reyes Católicos; igual en el futuro terminan saliendo por el Paseo Colón o más allá. Y situaciones así se repiten Domingo de Ramos, Lunes o Martes Santo en otros puntos de la ciudad.
En la preciosa exposición de fotografías antiguas del archivo de Serrano que ha estado expuesta en el Ayuntamiento se veían muchas imágenes en las que había más público que nazarenos. Hoy, con cortejos en los que los penitentes se agrupan en filas de tres o cuatro, incluso al mogollón, para ahorrar espacio, parece que pueda llegar a ocurrir lo contrario.
Al Ayuntamiento se le generan situaciones difíciles de gestionar en términos de orden público, movilidad, transporte o limpieza en las que seguro que se pueden hacer mejoras. Pero creo que el principio de una solución debe partir de una autorregulación de las hermandades, que han de darse cuenta de que han llevado el modelo al límite y, con una fórmula u otra, tendrán que acabar por reducir el número de hermanos que sacan a la calle. Procesiones con más de 3.000 e incluso de 4.000 nazarenos son una auténtica barbaridad.
Y, aun así, no he dudado en echarme a la calle cada tarde. Porque lo que sucede estos días en Sevilla es auténticamente mágico, a pesar de los pesares. Y porque hoy, cuando escribo estas líneas, es lunes, pero ya no es Lunes Santo como lo fue la semana pasada. Menos mal que ya sólo quedan 347 días para el próximo Viernes de Dolores. Y apenas 14 para la noche del Alumbrao.