La Antártida recibe ya más turistas que científicos

El medio centenar de países que conforman el Tratado Antártico –el sistema de gobierno internacional de la Antártida– se reúnen estos días en Praga para abordar los principales retos que tiene el continente, como la crisis climática o la explotación comercial, y con especial atención al turismo, una actividad que ya supera en número a los científicos que investigan en la zona.

El año pasado, el número de turistas en el último continente descubierto y explorado de la Tierra creció entre un 8% y un 9%. En total, en 2018 visitaron la Antártida unas 56.000 personas, una cifra que, aunque no es muy elevada en comparación con la extensión antártica, ha sobrepasado a la de investigadores sobre el terreno, que asciende a 4.400 en los meses más llevaderos del verano austral.

Son los datos aportados por el el viceministro de Medio Ambiente checo, Vladislav Smrž, en la reunión anual consultiva del Sistema del Tratado Antártico, formado hace 60 años por una decena de países –entre ellos Argentina, Estados Unidos, Chile o Noruega– y que desarrolla normas para gobernar y proteger el medio ambiente y garantizar la cooperación científica y la paz en el continente, donde están prohibidas las operaciones militares o la explotación mineral.

El turismo es uno de los grandes temas que se van a tratar en las sesiones de debate que engloba la cumbre, en la que participa también España. En ellas se harán “intercambios de información para convertirlo en una actividad eficiente y sustentable”, señala a eldiario.es el secretario ejecutivo del Tratado Antártico, Albert Lluberas, que recalca que “no son negociaciones, sino reuniones, porque el evento se basa en el consenso”.

Los especialistas consultados por este diario coinciden en que el turismo representa un problema, pero no tanto por el número de visitantes sino por la dificultad de que las regulaciones del Tratado para garantizar la conservación del medio ambiente sean respetadas, una tarea que recae en buena medida sobre la IAATO, la asociación internacional de touroperadores de la Antártida, enmarcada en el Comité de Protección Ambiental (CPA), que a su vez forma parte del Sistema del Tratado.

“No hay muchos turistas, pero la mayoría va a los mismos sitios”, afirma Antonio Quesada, secretario ejecutivo del Comité Polar Español y delegado de España en el CPA. “A España nos importa bastante el turismo, porque una de nuestras bases, la de Gabriel de Castilla, está en la Isla Decepción, que es uno de los puntos más visitados del continente y siempre tenemos muchos barcos entrando y saliendo”.

La presencia turística de España en la Antártida es más bien escasa, alega este experto. De hecho, no hay touroperadores españoles con actividad en el continente antártico. La mitad de operadores provienen de Estados Unidos.

Exceso de turismo

“Los turistas estadounidenses representan un tercio del total”, precisa Kelly Falkner, directora del Programa Antártico de EEUU. Falkner subraya que hay una parte positiva del turismo, pero solo cuando los visitantes van a la Antártida a aprender porque, “cuando vuelven, son como embajadores para el resto del mundo”. Sin embargo, en su propia base, en el Polo Sur, ya están sufriendo el exceso de turismo: “Tenemos que adaptar nuestras políticas porque hay muchísima gente que viene a visitarnos y tenemos que organizarnos para dedicar nuestro tiempo a enseñarles la estación”.

Cuando finalice la cumbre, el 11 de julio, los estados miembro del Tratado emitirán un informe con las medidas, decisiones y resoluciones que cada país deberá después incorporar a su legislación nacional. “Pero eso puede llevar años –agrega Falkner–, en nuestro caso, dependemos del Congreso”. En lo que respecta al turismo, asegura que EEUU aún tiene pendiente incorporar a su legislación algunas de las medidas tomadas en las reuniones de años anteriores.

Prohibido los drones recreativos

De qué manera impacta la actividad turística en el medio ambiente todavía se desconoce a ciencia cierta, pero ya se han tomado algunas medidas bajo el principio de precaución. El año pasado, por ejemplo, se prohibió el uso recreativo de los drones, algo que por otra parte España ya tiene asumido desde hace años, dice Quesada, y añade que, de hecho, este país fue de los primeros en adquirir la normativa que los regula.

“Se utiliza una base precautoria para no exponer sin conocimiento a la naturaleza. Ahora estamos trabajando con colonias de aves, de pingüinos, por ejemplo, para ver cómo les afecta el ruido de los drones. Sobre todo nos interesa la interacción con la biodiversidad, porque si el pingüino se asusta por un dron y sale del nido, el ave escúa puede venir y comerse al pollo. Esto es algo que en la naturaleza ocurre normalmente, pero en este caso es forzado por el dron, entonces no es aceptable”.

Por ello, el avance en la normativa pretende limitar el uso de drones a la actividad profesional, como ya hace España, que solo autoriza drones con licencias para uso científico, logístico y de gestión, como, por ejemplo: “Si hay que rescatar a alguien, se emplea para ver dónde está, o si hay que abrir una vía en el hielo, para ver dónde está mejor el hielo”.

Una enorme pérdida de hielo

El cambio climático es otro de los temas que más preocupa este año a los científicos y diplomáticos del Tratado. Pero es una cuestión compleja, donde no siempre hay consenso científico ni político. El calentamiento global no actúa de la misma forma en el polo norte y en el sur. Es más, durante décadas, a medida que el Ártico se ha ido encogiendo, la Antártida se ha expandido. Sin embargo, tal como expuso hace unos días el diario The Guardian, en 2014 se revertió esa tendencia, y eso ha dejado perpleja a la comunidad científica. En solo cuatro años, la Antártida ha perdido tanto hielo marino como el Ártico en 34 años.

Las causas del declive todavía no se comprenden, aunque se piensa que una parte puede ser consecuencia de la reparación del agujero de la capa de ozono y “hay algunas indicaciones que apuntan a que el cambio climático también ha podido incidir, pero todavía no hay certeza”, explica a este medio Stephen Chown, presidente del Comité Científico de Investigación Antártica (SCAR, por sus siglas en inglés), el brazo científico del Sistema del Tratado Antártico.

En cualquier caso, la Antártida ya está experimentando una rápida transformación en sus ecosistemas. El cambio climático favorece que el entorno sea mucho más benigno para las especies no nativas, desde plantas a invertebrados. “Por ejemplo, las poblaciones de kril (de la familia de los crustáceos) se están moviendo hacia el sur en la península antártica, y están afectando a otras especies”, destaca Chown.

También advierte de que la pérdida de masa helada en el continente –que es el “aire acondicionado” del planeta–, junto con los cambios en la temperatura de las corrientes de aire, puede afectar al sistema global climático y, en última instancia, a la sociedad mundial.

“Los humanos estamos ocasionando grandes cambios que van a influenciarlo todo. Si el nivel del mar continúa ascendiendo, hasta llegar hasta los dos metros de aumento, esto va a repercutir sobre la agricultura, las ciudades, los patrones migratorios… La cuestión es si queremos vivir en un mundo al que estamos adaptados o al que no estamos en absoluto acostumbrados”, asevera.

Coordinación científica

Además de los asuntos ambientales y el turismo, una pata importante de la discusión anual de los miembros del Tratado es la seguridad geopolítica. El Sistema del Tratado Antártico, que durante estos 60 años ha servido de gobierno de la Antártida, se considera uno de los mayores ejemplos de cooperación internacional para el mantenimiento de la paz y de coordinación científica. “Hoy el cambio climático y el turismo son temas que nos preocupan, pero cuando se firmó el tratado, en 1959, era la Guerra Fría y en aquel momento estábamos detonando bombas nucleares. Si no hubiéramos llegado a este acuerdo entonces, quién sabe dónde estaríamos ahora”, abunda Kelly Falkner.

Esta científica ha sido testigo de muchos de los cambios, también sociales, que se han producido desde la firma del Tratado hace seis décadas. Por ejemplo, ha comprobado la evolución de la actividad de las mujeres investigadoras sobre el terreno en la Antártida. “Este año se cumple también el 50 aniversario desde que las mujeres pisaron el polo sur”, apunta. “La situación ha cambiado mucho desde entonces. Yo no diría que hay igualdad, pero sí es cierto que cada vez hay más oportunidad y a día de hoy no se me ocurre ningún puesto en la parte operacional de la ciencia donde no haya habido ninguna mujer”.

Sin embargo, las oportunidades no se han repartido por igual. En algunos países no se permitió a las mujeres trabajar en la Antártida hasta la década de los 90 (los primeros en permitirlo fueron EEUU y la Unión Soviética), puntualiza Morgan Seag, investigadora en ciencias sociales antárticas por la Universidad de Cambridge. Esta especialista centra su tesis en cómo las instituciones antárticas han ido abriéndose a las mujeres y sobre la aportación de las investigadoras a la ciencia del continente. Cuenta que, en muchos casos, como en EEUU y en el Reino Unido, se negaba a las mujeres el acceso al trabajo científico sobre el terreno en la Antártida no porque se considerara que no estaban preparadas para las condiciones inhóspitas del continente sino porque temían que el entorno social de las bases militares –que de por sí son considerados muy vulnerables al estar totalmente aislados– se viera perturbado por la presencia femenina.

Pero a las científicas en ningún caso se les confesaba el por qué real del rechazo, sino que se les ponían “excusas superficiales”. “Les decían que lo sentían, pero que no tenían baños para mujeres ni camas separadas, mientras que en los archivos queda muy claro que su preocupación verdadera era que no querían que en estos lugares tan aislados, con personas difícilmente reemplazables, se configurara un entorno mixto desequilibrado en que se pudieran suscitar celos. No querían exponerse a ese riesgo”, concluye.