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Baja disponibilidad emocional o falta de entrega: los muros masculinos que sabotean las relaciones

Casandra le propone a su novio Julián vivir juntos. Él le dice que no, ni ahora ni en un tiempo, aunque quizá sí a largo plazo. Cuando ella intenta indagar sobre qué le inquieta a su pareja y sobre el significado concreto de ese 'largo plazo', él no contesta o no desarrolla su respuesta. Ella siente una mezcla de incertidumbre y desconcierto. Durante meses, en distintas situaciones, Daniel se compromete con Dánae, su pareja, a hacer tres cosas importantes para ella. A pesar del cariño y hasta de la ilusión que transmite por la relación, Daniel no cumple con ninguna de ellas o no por completo: hay una brecha entre su discurso afectivo y su práctica. Emma sabe que Jonás la quiere, pero no hay manera de que él le exprese abiertamente lo que siente. Ella percibe una resistencia constante por parte de su pareja a expresarle abiertamente el amor que siente por ella, a rendirse a las emociones, a las palabras y a las conversaciones profundas, a veces también incómodas, de una relación de pareja.

Aunque en la teoría la mayoría de hombres afirmarían que sí desean (o que intentan) tener relaciones igualitarias, la práctica cotidiana es otra cosa. La desigualdad no procede siempre de comportamientos llamativos ni muchos menos violentos; en buena medida tiene que ver con una brecha emocional en la entrega, la vulnerabilidad, el apoyo, la interdependencia, o la comunicación cuando se trata de establecer vínculos con más intimidad y compromiso.

En su reciente libro Rupturas. Relaciones entre hombres y mujeres en el patriarcado (Shackleton books), de donde proceden las historias con las que empieza este reportaje, la psicóloga Olga Barroso describe la manera en la que la socialización masculina propicia muros emocionales que dificultan que los hombres sostengan relaciones igualitarias. Por contra, promueve una educación femenina centrada en la entrega y el cuidado del otro, lo que hace que las mujeres sí estén más orientadas hacia la interdependencia y den más valor al hecho de tener una pareja.

"El patriarcado educa a los hombres de tal manera que hacen que sientan malestar si no pueden priorizar libremente su vida personal por tener una relación. Hace que los hombres no acaben de entender que estar para el otro no supone renunciar a ser uno mismo. La socialización patriarcal les genera problemas serios con la intimidad y limitaciones severas en poder desarrollar un comportamiento interdependiente

“El patriarcado educa a los hombres de tal manera que hacen que sientan malestar si no pueden priorizar libremente su vida personal por tener una relación. Hace que los hombres no acaben de entender que estar para el otro no supone renunciar a ser uno mismo. La socialización patriarcal les genera problemas serios con la intimidad y limitaciones severas en poder desarrollar un comportamiento interderpendiente”, expone en su libro Barroso, que sostiene que la asimilación de todos estos valores dificulta enormemente que los hombres sean capaces “de mantener una actitud igualitaria” en las relaciones afectivas.

“Esa imposibilidad de generar y desear un funcionamiento igualitario es ese muro que el patriarcado construye entre hombres y mujeres”, añade la psicóloga, que subraya que no hay que tomar este muro como una “fatalidad biológica” o como un fenómeno natural, sino como una construcción cultural que puede ser cambiada y en la que los hombres pueden esforzarse por aprender y desarrollar capacidades.

Los ladrillos del muro

Esos muros emocionales pueden estar construidos de distintos ladrillos. Por ejemplo, con lo que Barroso denomina “baja disponibilidad emocional”: “No ser capaz de disfrutar abriendo su corazón, compartiendo lo íntimo desde la vulnerabilidad y la honestidad, bien porque no le apetece, bien porque es un comportamiento que le resulta absurdo o no interesante”. Otro ladrillo sería la escasa capacidad de tener un comportamiento interdependiente, es decir, “no ser capaz de estar realmente para otros porque no tengo las capacidades o porque he asumido que no me corresponde apoyar la vida de las otras, sino fundamentalmente desarrollar una identidad sobre mí mismo y no sobre el cuidado. Ese ladrillo está relacionado con la entrega emocional: estar para cuidarse, para los momentos malos, para hacer cosas compartidas que las dos personas definan, entender que a ratos puedes olvidarse de ti y postergar tus planes y tu independencia para estar más para la vida de la otra”.

Barroso explica la "baja disponibilidad emocional": "No ser capaz de disfrutar abriendo su corazón, compartiendo lo íntimo desde la vulnerabilidad y la honestidad, bien porque no le apetece, bien porque es un comportamiento que le resulta absurdo o no interesante

Otro ladrillo sería el trabajo afectivo, relacionado con la comunicación y las acciones que hacen sentir bien a la otra persona y cuidan del vínculo. “Va de compartir el mundo interno, es el esfuerzo que hacemos manejando nuestras emociones para producir en los otros un determinado estado general de bienestar. Esto lo tenemos que hacer continuamente en las relaciones, por genial que sean, siempre requieren de este trabajo. A veces hacemos cosas que no nos apetecen mucho en ese momento pero que le mandan al otro el mensaje de que le queremos y le tenemos en cuenta”, asegura Olga Barroso.

Interpretar lo que le pasa al otro

La trabajadora social especializada en violencia de género y terapeuta sexual y de pareja Noemí Seva trabaja con cientos de mujeres: “Ellas tienen que interpretar mucho lo que le pasa al otro y eso les genera mucha incertidumbre y mucha ansiedad”. Seva ha identificado dos momentos en los que esos muros emocionales masculinos suelen irrumpir con fuerza: cuando una relación avanza y empieza a existir cierto grado de intimidad, y una vez que el vínculo se formaliza y pasa a ser de largo plazo.

"Ellas tienen que interpretar mucho lo que le pasa al otro y eso les genera mucha incertidumbre y mucha ansiedad", dice Noemí Seva, que ha identificado dos momentos en los que esos muros emocionales masculinos suelen irrumpir con fuerza: cuando una relación avanza y empieza a existir cierto grado de intimidad, y una vez que el vínculo se formaliza

“Veo muchos hombres de entre 40 y 50 años tremendamente cómodos en la conexión de esos primeros meses, pero a la que hay que dar ese paso de 'ver' a tu pareja, 'ver' sus necesidades, sostenerlas... pierden esa comodidad. Las mujeres creen que ellos cambian cuando les damos tiempo, espacio... pero eso depende de ellos y de sus capacidades”, dice Seva, que apunta también a que esas capacidades pueden desarrollarse... si existe voluntad de hacerlo.

El otro caso típico sucede, explica, cuando las parejas siguen avanzando en intimidad y el vínculo se formaliza. Aunque ahí existen conversaciones sobre la gestión cotidiana de la relación, la experta asegura que muchas mujeres se sienten solas en el vínculo: “No se sienten vistas”.

“A la que ella expresa sus propias necesidades, ellos responden a la defensiva. Su socialización tiene mucho que ver con esto, con que si se les señala algo, se sienten muy cuestionados, sienten que no están siendo suficientes... y les cuesta expresar eso sin atacar. Les cuesta sostener esa sensación, mirarse a ellos mismos, porque no están acostumbrados a estar en contacto con sus emociones, apenas tienen recursos para sostener la sensación de rechazo, de no sentirse adecuados o suficientes. La forma de volver al control de la relación, por decirlo así, es señalando a la mujer, cuestionarla, decir que el problema es suyo, o justificarse en que ellos son así. En 'yo soy así' hay mucha rigidez, esconde una parte muy vulnerable, es no querer reconocer que hay algo que interpela a uno y para eso se ponen una coraza que dice 'yo bien, los demás mal'. Eso lleva a un conflicto muy destructivo”, expone.

Reproducir desigualdad

Inspirada en las teorías de Judith Butler, Olga Barroso subraya algo importante: “No es necesario que un hombre quiera dominar para tener más poder en una relación heterosexual ni que quiera ejercer poder para acabar haciéndolo”. Es decir, estos comportamientos pueden darse de manera más o menos consciente, y responder más a una posición simbólica de poder que los hombres han interiorizado en su socialización y que les ha dificultado desarrollar este tipo de capacidades, o más a una estrategia de la que algunos se sirven para mantener relaciones en las que ellos ocupan un lugar y las mujeres, otro, relaciones en las que ellos reciben más cuidados y marcan más el ritmo.

"Son mecanismos estratégicos más o menos conscientes que nos favorecen y que nos permiten ejercer el poder en la relación. Es una consecuencia de la socialización patriarcal de los hombres pero sí ofrece algo a los hombres

El sociólogo y coordinador de grupos de hombres Olmo Morales está de acuerdo en que estos muros emocionales son una manera de reproducir desigualdad en las relaciones afectivas. “Implican una incapacidad. Lo que planteamos muchos es que también son mecanismos estratégicos más o menos conscientes que nos favorecen y que nos permiten ejercer el poder en la relación. Es una consecuencia de la socialización patriarcal de los hombres pero sí ofrece algo a los hombres”, remarca.

No expresar determinadas cosas, no ser del todo claro, no compartir ese mundo interior o el estado emocional con claridad y frecuencia permite a los hombres sentirse a salvo, no hacerse cargo de sus comportamientos o de las emociones y necesidades ajenas, mantener a su lado a algunas personas, marcar ellos los ritmos, evitar quedar en mal lugar, eludir compromisos y también las consecuencias de sus actos. Morales señala, incluso, que generar incertidumbre o mantener oculta cierta información permite a algunos hombres generar curiosidad, enganche y más disposición por parte de las mujeres para intentar llegar a ellos.

"Cuando nuestra pareja nos señala algo, nos solemos enfurruñar o le quitamos importancia a los que nos señala. Si acabamos a veces reconociendo algo, el proceso interno se da muy rápido, no nos sostenemos en la culpa mucho rato y si las mujeres tienen necesidad de hablar y de procesarlo más enseguida decimos 'ya está bien tía' o 'ya estás con lo mismo' o 'es que no avanzas' en lugar de conectar, de acompañar

“Cuando nuestra pareja nos señala algo, nos solemos enfurruñar o le quitamos importancia a los que nos señala, nos ponemos nosotros en el lugar de víctimas muchas veces, aunque sea medio en broma. Si acabamos a veces reconociendo algo, el proceso interno se da muy rápido, no nos sostenemos en la culpa mucho rato y si las mujeres tienen necesidad de hablar y de procesarlo más enseguida decimos 'ya está bien tía, pasa página, sánalo' o 'ya estás con lo mismo' o 'es que no avanzas' en lugar de conectar, de acompañar el daño causado o lo que siente ella. Exigimos que los procesos pasen rápido cuando la responsabilidad es acompañar ese malestar o esa herida”, prosigue Olmo Morales.

Un trabajo de anticipación

El sociólogo considera que hay cuestiones muy incómodas para los hombres, como la conexión emocional o la conexión con el daño causado, la culpa... “Las sentimos poco y si en cuanto las sentimos queremos salir de ahí corriendo”.

Morales invita a los hombres a hacer un trabajo propio desde la perspectiva del poder: “Tenemos que hacer ese trabajo propio de investigación, y en el vínculo, un trabajo de anticipación. Solo cambiamos, cuando lo cambiamos, lo que nos señaláis, vamos a remolque, rara vez nos anticipamos a hacer el trabajo nosotros, somos muy cómodos y dependientes de vuestros señalamientos cuando deberíamos darnos cuenta nosotros e ir por delante”.

Olga Barroso destaca que cuando las mujeres tienen el deseo de establecer relaciones más íntimas se topan con esos muros emocionales que impiden la entrega y la interdependencia igualitaria: “El amor heterosexual termina por ser el luchar en el que se reproducen la desigualdad, donde el hombre actúa desde la autonomía porque esa es la forma 'correcta' de ser hombre, y la mujer actúa desde el cuidado porque esa es la forma 'correcta' de ser mujer”.

Por eso, no se trata de que no haya mujeres que, individualmente, reproduzcan algunas de estas conductas, sino de la manera en la que las parejas heterosexuales funcionan sistemáticamente. “Vemos ingenieras y matronos, pero si atendemos a la estructura nos damos cuenta de que una profesión sigue masculinizada y la otra feminizada. Lo mismo sucede aquí, es una cuestión estructural. Cuando una diferencia estadística es tan significativa no es algo azaroso, es que hay una diferencia estructural que la mantiene, unas normas de género invisibles”.

Olmo Morales concluye: “Esto no va de hombres malos y mujeres buenas, esto va de otra cosa, de cómo construimos subjetividades, inconscientes, de cómo normalizamos ciertos comportamientos y prácticas... y a partir de ahí hablar de la responsabilidad de reproducir un modelo de desigualdad que nos beneficia como hombres”.