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¿Existe la dieta de la eterna juventud?

17 de septiembre de 2026 22:31 h

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A lo largo de la historia, la humanidad ha perseguido un sueño: vivir más. Desde los alquimistas medievales que buscaban la piedra filosofal hasta los fantoches modernos que prometen “elixires de juventud” en botellas brillantes, la idea de que la alimentación podía ser la llave de la longevidad ha acompañado a la especie humana desde que vio que no comer mataba. En realidad, nuestros antepasados no tenían ni idea de nutrición, y no les quedaba otra que buscar patrones: los pueblos que tenían dietas más variadas, con consumo de frutas, verduras, yogur, pescado o cereales integrales, parecían vivir un poco más y enfermar menos que quienes no seguían esas dietas.

Con el paso del tiempo, los avances científicos transformaron esas intuiciones en conocimiento consiguiendo, además, aumentar nuestra esperanza de vida. Pero ojo: vivir más no significa vivir mejor, ese es el reto al que nos enfrentamos ahora. Ahí es donde la nutrición y los hábitos de vida salen a jugar. Comer durante más años no sirve si esos años vienen acompañados de diabetes, hipertensión o enfermedades cardiovasculares. Hemos pasado de morir por no comer a morir por comer (lo que no deberíamos). De aquí sale la gran pregunta: ¿qué debemos comer, qué hábitos adoptar y, sobre todo, qué errores evitar?

Lo que no tiene sentido

Antes de hablar de lo que funciona, hagamos un repaso a lo que no funciona o directamente es un error. La industria del bienestar (“bien-está” quien gana dinero con ello, no tú) nos ha vendido de todo: desde superalimentos mágicos hasta dietas extremas que prometen détox y rejuvenecimiento. La ciencia, por su parte, ha sido clara: no existen alimentos que hagan milagros. Pero esto vende poco y deja de “bien-estar” quien quiere ganar más dinero mintiendo y lo consiguen con productos como estos.

Suplementos milagrosos. Mete en cápsulas lo que se te ocurra, pon un buen nombre, ¿el precio? Al kg de tinta de impresora o sangre de unicornio, lo que tengas más a mano. Colágeno, antioxidantes o extractos de hierbas, vitaminas, minerales… promete antienvejecimiento, paga a un influencer y listo. Sin embargo, la evidencia científica es débil. La nutrición no funciona en suplementos sino en alimentos.

Los antioxidantes en pastilla no tienen el efecto de los presentes en frutas. Además, muchos compuestos (como el betacaroteno, por ejemplo), no funcionan igual en alimentos que en suplementos. De hecho, como suplemento, en exceso puede ser tóxico. O el omega-3, que en alimentos es estupendo y en suplemento… nada de nada.

Dietas extremas y restrictivas. Dietas muy bajas en calorías o carnívoras totales (aquí ponle un “paleo” como si quisiéramos disimular que en el paleolítico se comían insectos, raíces y alguna que otra carne podrida) pueden parecer atractivas, pero carecen de evidencia robusta a largo plazo. La restricción calórica ligera sí ha mostrado efectos positivos en longevidad en modelos animales y estudios epidemiológicos, pero eliminar grupos enteros de alimentos puede provocar deficiencias y enfermedades. No, la dieta de la alcachofa nunca funcionó.

Détox y zumos milagrosos. Hígado, pulmones y riñones ya hacen su trabajo limpiando nuestro cuerpo. Tomar batiditos verdes con promesas de “limpieza” es, en el mejor de los casos, un placebo caro, una tortura innecesaria y un efecto rebote indeseado. El hígado no es un filtro que haya que cambiar. La nutrición es química. Sí, química.

El mito del “superalimento único”. No hay una fruta, semilla o alga que por sí sola nos haga más longevos. La longevidad viene de la constancia y del hábito de alimentación, no de un ingrediente estrella. Y si hubiera uno, serían las legumbres. Pero claro, las “bayas de noséquién” tienen más marketing que unas lentejas. Vaya usted a saber por qué. “El secreto de la longevidad en su tarro de alubias”, quién lo diría.

Lo que sí favorece la longevidad: ciencia y sentido común

La buena noticia es que la ciencia ha identificado patrones de alimentación y hábitos de vida que sí se relacionan con una vida más larga y saludable. Ya los griegos nos daban una pista (con lo que nos gustan las cosas milenarias y de esto ni caso). Dieta, viene de “díaita”, que no significaba solo centrarse en los alimentos, sino en una forma integral de vivir. El término engloba la alimentación, pero también el ejercicio físico, el descanso, la higiene y los hábitos cotidianos. Hipócrates y otros médicos entendían la dieta como una herramienta para mantener el equilibrio del cuerpo y prevenir la enfermedad. Y desde ahí, la evidencia posterior ha estado siempre de su lado.

Dietas basadas en plantas, pero sin extremismos. Los estudios de poblaciones longevas, como los habitantes de Okinawa en Japón o los de Cerdeña en Italia, muestran que las personas que viven más y disfrutan de mejor salud consumen predominantemente alimentos vegetales: frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y frutos secos. No se trata de ser vegano ni mucho menos (eso es una elección que va más allá), sino de priorizar los alimentos frescos y mínimamente procesados.

  • Legumbres: ricas en proteínas de calidad, fibra y micronutrientes. Todo lo bueno, lo tienen.
  • Frutas y verduras: aportan antioxidantes y compuestos bioactivos que ayudan a la reparación celular y regulación metabólica.
  • Frutos secos: aportan grasas saludables (omega-3 y omega-6), vitaminas y minerales, con evidencia de reducción de mortalidad por enfermedad cardiovascular.

Grasas y azúcar, la confusión que llevó a la obesidad. Olvida la idea de que todas las grasas son malas. Presta atención al tipo de grasa que estás tomando y a la combinación con otros malos hábitos. El patrón de alimentación mediterráneo, rico en aceite de oliva, pescado, frutos secos y limitado en carne roja, se asocia con menor mortalidad y a una mejor salud cardiovascular.

El azúcar añadido (se llame como se llame: panela, agave, miel) es uno de los peores enemigos de la longevidad: contribuye a la obesidad, resistencia a la insulina, inflamación crónica y enfermedades metabólicas.

La evidencia científica hace tiempo que nos ha demostrado que eliminar azúcares añadidos es un paso firme hacia la longevidad. Hace unos años, las Autoridades Europeas de Seguridad Alimentaria dejaron claro que no hay cantidad de azúcar por debajo de la cual no haya ningún efecto nocivo, desde la caries a la diabetes según sea la dosis y el tiempo de exposición.

Comer en plato pequeño. Comer en exceso es un error clásico. La restricción calórica ligera, sin locuras, ha demostrado en modelos animales y algunos estudios humanos efectos positivos en longevidad y en la prevención de enfermedades crónicas. Esto no significa pasar hambre, sino ajustar la ingesta a las necesidades reales y evitar esos picoteos constantes que casi siempre son de alimentos ultraprocesados. Qué casualidad, ya ves.

Agua, líquido de la (larga) vida. Aunque el agua no es mágica, la deshidratación crónica aumenta el riesgo de problemas renales y cardiovasculares. Beber agua frecuentemente y mantener una correcta hidratación con frutas, caldos, etc., ayuda a poder mantener los órganos funcionando de manera óptima durante más años.

Movimiento constante y ejercicio regular. No es estrictamente “alimentación”, pero si lo dice Hipócrates y lo ratifica la ciencia, hay que contarlo porque es importante: el ejercicio modera la inflamación, mejora la sensibilidad a la insulina, fortalece huesos y músculos y ayuda a mantener un peso saludable. Caminar 30 minutos al día, hacer fuerza dos-tres veces por semana y mantener actividad física regular es más efectivo que cualquier suplemento antiedad, más barato y además mejora la salud mental.

Microbiota, la longevidad empieza con las bacterias. Si dedicáramos un siglo a cada descubrimiento de salud, el XXI sería para la microbiota. Ahora sabemos que la salud intestinal está directamente relacionada con la longevidad. Los probióticos son microorganismos vivos que ayudan a reforzar y equilibrar la microbiota intestinal (como los que encontramos en el yogur o los fermentados), mientras que los prebióticos actúan como alimento para esas bacterias beneficiosas (como cuando consumimos fibra y legumbres). Su consumo conjunto favorece una mayor diversidad y estabilidad microbiana que se relaciona con un envejecimiento más saludable y una mayor longevidad. Cuanto más sabemos, más comprendemos lo importante que es.

Hábitos sociales. Si algo tenemos claro, es que en la ciencia sobre longevidad la alimentación es sólo una pieza del puzzle. El apoyo social, la gestión del estrés, la actividad cognitiva y la satisfacción personal impactan directamente en nuestra esperanza de vida. Comer solo frente a la televisión, aunque la comida sea saludable, no tiene el mismo efecto que compartir la comida con amigos o familia.

Hábitos que… acortan la vida

Ahora que sabemos qué es lo que funciona, es necesario hablar de los errores que solemos cometer y que pueden empeorar nuestro envejecimiento (en el mejor de los casos):

Ultraprocesados. Alto contenido en grasas insanas, azúcar y sal, baja calidad nutricional. El consumo frecuente está asociado a las enfermedades cardiovasculares, la diabetes tipo 2 y la obesidad.

Alcohol. Incluso en cantidades moderadas ha mostrado efectos negativos sobre ciertos marcadores de salud a largo plazo, especialmente en el hígado y en el riesgo de cáncer. De nuevo: no hay dosis segura de alcohol. Ocurre lo mismo con otras drogas como el tabaco, pero al menos con ellas no hay dudas de que no son un alimento.

No dormir lo suficiente. La alimentación y el descanso siempre van de la mano. Comer mal y dormir poco es una combinación explosiva que acelera el envejecimiento, la inflamación y el riesgo cardiovascular.

La importancia de la seguridad alimentaria en la longevidad

La seguridad alimentaria ha sido un pilar fundamental para la mejora de la esperanza de vida. Gracias a la pasteurización, la refrigeración, el control de contaminantes y la normativa sobre higiene, hemos reducido enfermedades infecciosas que en siglos pasados acortaban la vida de manera dramática. Comer bien no sirve de nada si el alimento está contaminado. Ejemplo son la salmonelosis o la listeriosis: aunque tu dieta esté siendo impecable, una infección alimentaria grave puede impactar en la mortalidad y calidad de vida. La nutrición y la seguridad alimentaria son dos caras de la misma moneda: sin higiene y control de contaminantes, la longevidad se reduce, aunque la dieta sea perfecta.

A día de hoy, comemos más seguro que en toda la historia de la humanidad (ahora el reto es elegir lo sano).

Alimentación al servicio de la longevidad

En realidad, la longevidad es un mosaico donde cada pieza del dibujo importa: nutrición, actividad física, relaciones sociales, sueño, manejo del estrés y seguridad alimentaria. Los “secretos” que realmente sí funcionan no son mágicos, se conocen desde hace décadas y están respaldados por evidencia científica robusta.

Evitar los malos hábitos es tan importante como elegir bien lo que comemos. La ciencia nos dice que “solo” necesitamos coherencia y sentido común.

Alimentarse bien no es ni debería ser cuestión de modas. En realidad, comer es como el propio acto de vivir: paso a paso, constante y seguro para llegar lejos y mientras, disfrutar del camino todo lo que se pueda.

Libros que te pueden ayudar

‘Rejuvenece comiendo’. María José Cachafeiroz. La nutrición influye en el envejecimiento, no solo estético sino fisiológico. Cachafeiro analiza procesos biológicos como inflamación, glicación, microbiota intestinal y restricción calórica/ayuno intermitente.

‘La ciencia de la longevidad’. Dr. José Viña. Explica, basándose en estudios científicos, cómo adoptar hábitos saludables (incluida la nutrición) para ayudar a contrarrestar el envejecimiento y vivir más años con salud.

‘Microbiota. Los microbios de tu organismo’. Ignacio López-Goñi. Divulgación científica accesible y rigurosa sobre la microbiota, es decir, el conjunto de microorganismos que viven en y sobre nuestro cuerpo, especialmente en el intestino.

‘Crecer sin envejecer (o casi)’. Tamara Pazos. Aborda cómo influyen los factores ambientales, sociales, hábitos y estilo de vida en el envejecimiento (alimentación, ejercicio, descanso, relaciones sociales y entorno urbano). Explica por qué envejecemos y cómo podemos influir positivamente en nuestra salud.

‘Más vegetales, menos animales’. Julio Basulto y Juanjo Cáceres. Se apoya en estudios científicos que muestran cómo un mayor consumo de alimentos vegetales y menor de ultraprocesados y productos animales poco saludables se correlaciona con mejor salud y menor mortalidad por enfermedades crónicas.