Cuando la física nos emocionó con una partícula que no entendíamos

Una imagen del bosón de Higgs elaborada por el CERN.

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Aquel día de julio de 2012 me arranqué a aplaudir ante una pantalla y durante un buen rato solo interrumpí mi aplauso para enjugarme las lágrimas. La escena no tendría nada de extraño —lloro con películas, conciertos y con la fiesta de fin de curso de la escuela infantil—, de no ser porque estaba trabajando en la redacción de mi medio, sentada frente a la pantalla del ordenador con los auriculares puestos. Me di cuenta de que la gente que pasaba a mi lado me miraba de reojo con esa expresión de “está mal, la pobre”. Mi amigo G. se acercó y me preguntó qué me pasaba. Yo, sin despegar los ojos del monitor, le respondí: “Pues tío, el bosón de Higgs, ¿es que no lo estás viendo?”, y seguí trabajando. Teníamos por delante una cobertura histórica.

Segundos antes, el entonces director del CERN, el laboratorio de física de partículas en la frontera franco-suiza que buscaba el bosón, acababa de poner el colofón perfecto a la presentación de resultados. Rolf Dieter-Heuer fue una gran figura en el anuncio del higgs, grande como líder y también por su presencia; su aspecto de hechicero de barba blanca, de conocedor de los misterios de la materia, era imponente. Cuando los portavoces de los dos equipos implicados (ATLAS y CMS) terminaron de exponer sus logros, el alemán se dirigió al público con las palabras mágicas: “Creo que lo tenemos, ¿estáis de acuerdo?”. Aquella frase pronunciada sin florituras, con voz grave y segura, resonó en el auditorio abarrotado de colegas de profesión y liberó la emoción contenida de los miles de personas que lo veíamos en directo. Habían encontrado el bosón de Higgs. Por fin.

Que los físicos y físicas del CERN allí presentes se volvieran locos de alegría tenía todo el sentido del mundo. Esperaban ese momento con incertidumbre. Miles de investigadores estaban implicados en el hallazgo de la pieza más deseada y elusiva, la que completaba el puzle del modelo estándar —que no es más ni menos que el marco en el que describimos el comportamiento de las partículas más elementales que componen todo lo que existe—.

También tenía sentido que a mí se me pusieran los vellos como escarpias e incluso que echara unas lagrimitas, porque soy periodista de ciencia y llevaba años cubriendo la caza del higgs, sumado a que estudié Física teórica en mis tiempos mozos y, además, me gusta un drama. Lo que ya no tenía todo el sentido del mundo, o al menos no cuadraba con la intuición, era la excitación que el descubrimiento provocó en el resto de la gente. Fue extraordinario que las portadas de todos los periódicos abrieran al día siguiente con una partícula elemental y que 5.000 informativos de televisión se hicieran eco de un hito que, en realidad, solo estaban entendiendo un puñado de personas. Porque reconozcámoslo, por mucho que nos interese la ciencia, lo del higgs no afecta para nada a la vida diaria de la inmensa mayoría de los habitantes de la Tierra. Ni siquiera a la mía, más allá del trabajo y del placer intelectual que me provoca.

En realidad, no era la única vez que todos los medios abrían con un logro espectacular de la ciencia y la tecnología. Sucedió, por ejemplo, cuando en 1969 el Apollo 11 llegó a la Luna y por primera vez en la historia de la humanidad una persona plantó el pie sobre un suelo ajeno a nuestro planeta; pero aquello se veía con los ojos y se entendía con el sentido común, el de la física clásica, que es el que construimos desde que nacemos a través de nuestra relación con los objetos macroscópicos. 

No, esto era otra cosa. Estábamos hablando de una física que escapa a nuestros sentidos y de teorías que nadie necesita conocer para ser un adulto funcional que paga sus impuestos y camina por la vida sin saltarse los semáforos. ¿A quién demonios podía importarle tanto una partícula elemental? ¿Qué pasó para que se convirtiera en un bombazo informativo? 

Se han escrito millones de páginas sobre la “partícula de Dios” —expresión nacida de un libro del Nobel de Física Leon Lederman—, no solo en obras de divulgación y piezas periodísticas; sino también en investigaciones académicas sobre comunicación de la ciencia y su percepción social. La puesta en escena fue tan sencilla como efectiva. Tras el anuncio, el anciano Peter Higgs, de pie, conmovido al escuchar que su bosón existía realmente, recibía la ovación de generaciones de jóvenes físicos y físicas del CERN. “Me parece increíble que esto haya pasado mientras aún sigo vivo”, dijo, lloroso. Se convirtió en el personaje literario del héroe tardío. Habían pasado 50 años desde que él —y otros, porque la ciencia no se hace en soledad— predijeran la existencia de esa partícula clave y por fin en 2012, gracias a la colaboración internacional en una de las instalaciones más faraónicas que se hayan construido en nombre del conocimiento, su hipótesis se confirmó. Y lo más importante: él estaba allí para disfrutarlo. Díganme ustedes quién puede resistirse a un señor de 83 años que llora, arropado por su comunidad, al saber que su sueño se ha cumplido. Yo, no. 

Diría que los responsables de comunicación del CERN hicieron arte de magia con una materia prima tan sumamente importante como incomprensible; pero en realidad lo que hicieron fue un trabajo excepcional con una estrategia clara: generar la máxima expectación posible y emocionar al público. 

Así crearon un precedente en la profesión que otros han tratado de imitar. Dos años más tarde, un equipo de cosmólogos estadounidenses anunció otro petardazo: el experimento BICEP2 habría detectado las ondas gravitacionales procedentes de los primeros ecos del Big Bang. De confirmarse, los físicos rozarían con los dedos el sueño de una teoría unificada que llevan persiguiendo desde la primera mitad del siglo XX. En ese caso, el cosmólogo precursor de la teoría, Andréi Linde, estaba en su casa de Stanford con su esposa cuando un joven investigador llamó a su puerta, le dio la noticia del hallazgo, Linde lloró, su mujer lloró y los tres brindaron con champán mientras toda la escena se grababa en vídeo. ¿Les suena? La frase de Linde en chándal, un poco desorientado por la noticia, fue lapidaria: “Espero que no sea un engaño. Siempre he vivido con esta sensación. ¿Y si me estoy engañando? ¿Y si creo en esto solo porque es bello?”. A mí se me quedó grabada y me dio pena cuando meses después se probó que la detección había sido un error, que no habían encontrado nada de lo anunciado. Ahí nos dimos cuenta de que la emoción está muy bien, pero tampoco es bonito molestar a físicos de pelo blanco para convertir su emoción en espectáculo, sobre todo antes de tener el pescado vendido.

El 4 de julio de 2012 sabíamos que estábamos asistiendo a un anuncio excepcional, lo que no calculábamos era la lección de narrativa que sacaríamos de esa experiencia. El éxito del bosón fue una hazaña mediática reforzada por recursos como la emoción, la expectación, la épica del descubrimiento y las metáforas. Por cierto, quizá recuerden todos esos artículos de divulgación con titulares del tipo “algo muy difícil explicado a tu abuela”. De aquello surgió una reflexión que caló con los años: podemos pasar esa página y dejar de utilizar la figura de las señoras mayores como referente de ignorancia. De hecho, para informar sobre ciencia no da buen resultado tratar a la gente de ignorante, porque ignorantes somos todos hasta que necesitamos saber sobre algo, ya sea por placer o por supervivencia. ¿O acaso la gente hablaba en los bares sobre PCR, antígenos, anticuerpos y eficacia de las vacunas antes de la pandemia?

Para mí, lo mejor del higgs, aparte de la adrenalina de esos días de trabajo, fue constatar que para lograr que el público valore y disfrute la ciencia no es necesario hacérsela entender hasta sus últimos detalles. No pasa nada si uno no sabe de física de partículas. Lo que sí es esencial, y en eso consiste nuestro reto como periodistas, es transmitir que la ciencia genera conocimiento útil y emocionante; que tanto sus procesos como sus resultados forman parte de la cultura humana; y que debe ser financiada, aunque a veces no sepamos para qué servirá en el futuro. 

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