Gisèle Pelicot, la mujer violada por su marido junto a decenas de hombres: “Quiero ir a verle y preguntarle por qué”
Cuando regresó a casa después de estar en la comisaría de policía de Carpentras, Gisèle Pelicot puso una lavadora. Recogió y tendió la ropa del hombre con el que llevaba casada medio siglo, Dominique Pelicot. Acababa de volver de un despacho en el que que se quedó para siempre una parte de su vida cuando el suboficial Laurent Perret le explicó lo que su marido había hecho con ella durante los últimos diez años. Lo primero que el policía le preguntó a Gisèle durante su encuentro fue cómo describiría a Dominique: “Un hombre bueno y amable. Un tipo genial, por eso seguimos juntos”, respondió. Él la avisó acto seguido: “Voy a mostrarle fotos y vídeos que no van a gustarle”.
Así fue como la mujer, convertida en un icono de la lucha contra la violencia sexual, descubrió que la pequeña casa amarilla de persianas azules de la Provenza francesa en la que vivía con él, era en realidad el escenario de los horrores. Un lugar en el que Dominique la drogaba a base de Lorazepam y Zolpidem para que decenas de hombres acudieran a violarla. Ella nunca sospechó nada. “La mujer de la foto no soy yo”, negó instintivamente. Lo cuenta en Un himno a la vida (Lumen), el libro que acaba de publicar para contar su historia y que ha presentado en Madrid este lunes.
Recibida por una larga ovación del público presente en el Instituto Francés de la capital, donde se ha celebrado el acto, Pelicot (Villingen, 1952) ha asegurado que cinco años después, está “mejor” y ha lanzado un mensaje de esperanza: “He podido reconstruirme de las ruinas, pero he necesitado cinco años”, ha respondido a las preguntas de la periodista Montserrat Domínguez. El diálogo ha estado precedido de la lectura de un pasaje del libro a cargo de la actriz Blanca Portillo, que ha elegido una parte de la obra en la que Gisèle relata cómo y por qué decidió que el juicio se celebrara a puerta abierta.
La francesa, que cuando descubrió los hechos, en 2020, tenía 65 años, ha repasado lo que ha supuesto para ella vivir y ser feliz durante tantos años con alguien que no era quién decía ser. “Es terrible pensar que compartí toda mi vida con un hombre que pensaba conocer. Pensaba que sí, que le conocía perfectamente. Nos casamos con 20 años y tuvimos tres hijos y siete nietos. Cuando le veía en mi día a día nunca imaginé eso. Es una manipulación de tal magnitud que es imposible verlo”, ha afirmado.
En la obra, escrita junto a la periodista francesa Judith Perrignon, Gisèle hace un recorrido personal por su vida y relata con detalle cómo sucedió todo desde que descubrió las agresiones sexuales a las que le sometía su marido. Dos meses antes, él mismo le había contado que un guardia de seguridad de un supermercado Leclerc le había pillado grabando a tres mujeres por debajo de la falda. Había acabado en comisaría y le habían confiscado el teléfono y el ordenador. Él se echó a llorar, le dijo que tenía miedo a que le dejara y ella quiso seguir adelante sin saber que en los dispositivos había cientos de fotos y vídeos de las violaciones que ella misma había sufrido.
Su mundo, tal y como lo conocía, se derrumbó y la onda expansiva alcanzó a sus tres hijos. Asegura que descendió a los infiernos. Llevaba tiempo sufriendo problemas de salud debido a las agresiones y la ingesta de medicamentos con los que Dominique la dormía durante horas. Las pérdidas de memoria y dificultades neurológicas se habían convertido en constantes, pero nunca se pudo imaginar por qué. Pensaba que podía tener un tumor cerebral, la misma enfermedad de la que murió su madre cuando ella solo tenía nueve años. Pero el hombre que estaba a su lado, que la acompañaba al médico e intentaba tranquilizarla, era en realidad quién lo estaba provocando.
Sin embargo, Gisèle, consciente del dolor que ha atravesado y la dureza de lo vivido, se resiste a que su pasado se desvanezca y sea una falacia. “He vivido 50 años con el señor Pelictot, necesito pensar que esos 50 años no solo han sido mentiras. Habría muerto”, ha afirmado. “No podemos negar lo que ha pasado porque lo que ha hecho es horroroso, es un dolor profundo y una cicatriz que nunca se va a borrar, pero tengo que aprender a vivir con ello”, ha sostenido ante el auditorio antes de contar que ya no tiene pérdidas de memoria, pero siente que “he perdido diez años”. “He tenido mucha suerte de no tener más complicaciones neurológicas y de que mi corazón siga latiendo”.
Cara A y cara B
La búsqueda para intentar entender lo que ha ocurrido y dotar de significado a su vida atraviesa todo el relato, durante el cual Gisèle se resiste a ser “solo” una víctima de violencia sexual y afronta la dureza de intentar comprender cómo el hombre al que amaba ha sido capaz de hacerle algo así. Según ha contado, un psiquiatra le explicó durante el juicio que su exmarido era una persona “con dos caras”: una cara A, una faceta “de persona normal” y una cara B, de “perversión” y “sometimiento”. Preguntada por si lo considera “un monstruo”, la francesa ha respondido que no: “No diría que es un monstruo. Entiendo que debe ser muy difícil entenderlo, pero los monstruos están en nuestra imaginación. Es un ser humano que ha cometido actos monstruosos”.
La mujer sostiene en el libro y así lo ha trasladado en la presentación que le gustaría hablar directamente con el “señor Pelicot” –como le llama en todas sus intervenciones–: “Tengo la intención de ir a verle porque durante el juicio, cuando me dirigía a él, lo hacía al presidente del tribunal. No quería mirarlo porque era mucha carga emocional y temía no poder. Pero quiero hablar con él, ahora soy una mujer fuerte y me he reinventado. Él estará en una posición de más debilidad. Quiero preguntarle por qué, por qué nos ha traicionado, por qué nos ha hecho tanto daño. Y espero que él tenga la honestidad de contestarme”.
A lo largo del libro, Gisèle relata cómo vivió el proceso judicial celebrado en los tribunales de Aviñón por el que 51 hombres fueron condenados por violarla, entre ellos Dominique Pelicot, sobre el que recae una condena de 20 años de cárcel. Muchos de los condenados, de diferentes edades y profesiones –el más joven tenía 22 años y el más mayor 72–, usaron como argumento de defensa en el juicio que ella consentía, que pensaban que no estaban violándola. Aunque al principio Gisèle había decidido que el juicio se celebrara a puerta cerrada, finalmente optó por hacer lo contrario contradiciendo las indicaciones habituales de los tribunales para proteger a las víctimas.
“No lo habría conseguido sin ellas”
Durante el diálogo con Montserrat Domínguez, ambas han abordado la defensa de los acusados y la francesa ha contado cómo solo una abogada, la de Dominique, “vino a saludarme el primer día y tuvo la elegancia de no humillarme”. La mujer ha calificado de “terrible” haber tenido que escuchar cómo los condenados decían durante el juicio “que yo había dado mi consentimiento. No, ellos venían con toda conciencia a violar a una mujer inconsciente”, ha dicho. Sobre la actuación de sus mujeres y otros familiares, que negaban que eso pudiera ser posible, Gisèle ha afirmado entender lo “difícil que es” reconocer que “una vive con un hombre así. ”Yo he tenido mucha dificultad de aceptar lo que me ha hecho el señor Pelicot. Necesité seis horas desde que volví de comisaría para pronunciar la palabra violación“.
A lo largo del acto, ha dado las gracias en varias ocasiones a todas las mujeres que a nivel global la apoyaron durante el juicio. Sin ellas nunca lo habría conseguido, me habría costado mucho aguantar porque hubo momentos muy complicados con el tribunal, pero cuando salía, eso me tranquilizaba y calmaba. Gracias por darme toda esta fuerza“, ha apuntado entre aplausos.
La mujer ha explicado que ha escrito el libro para mandar “un mensaje de esperanza” para “todas las víctimas de violencia sexual” pese al dolor y la tristeza–que asegura no compartir con mucha gente–. “Lo he perdido todo, pero he conseguido renacer de mis cenizas”, ha afirmado momentos antes de explicar por qué ha mantenido el apellido Pelicot, el de él, en su nombre: “No para tener un vínculo con él, sino para los miembros de mi familia. Mis nietos llevan este nombre”. La francesa cree que conservarlo es “una manera de reequilibrar las cosas” y, en este sentido, ha contado que sus nietas “están orgullosas de mí” porque hablan de ella en el colegio. “Creo que le he dado la vuelta a la situación y he podido dar mi historia como ejemplo. Mis nietos podrán llevar este apellido y pensar que la vergüenza ha cambiado de bando”.