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El Lyceum Club, la asociación solo para mujeres que adelantó “el reloj de España” hasta que Franco lo frenó

Marta Borraz

27 de mayo de 2026 22:39 h

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Cuando las tropas franquistas entraron en Madrid en 1939, una de las órdenes del todopoderoso ministro de la Gobernación, el cuñadísimo Ramón Serrano Suñer, fue incautar el número 44 de la calle San Marcos de la capital. Allí se instalaría después el Círculo Cultural Medina, un punto de encuentro para las mujeres de la Sección Femenina de Falange, el partido único del régimen. Pero aquella orden escondía algo más que una de las habituales requisas de la dictadura: antes del golpe de Estado las paredes de aquel edificio habían albergado el Lyceum Club Femenino, un refugio intelectual sin precedentes que permitió a las mujeres ser mucho más que dóciles amas de casa y buenas esposas.

Escritoras, artistas, maestras, dramaturgas e intelectuales se dieron cita desde 1926 en la asociación, en la que llegaron a estar inscritas más de 500 socias. Entre ellas, hubo destacadas pioneras como María de Maeztu, las (años después) diputadas Clara Campoamor y Victoria Kent o las escritoras Elena Fortún, María Lejárraga o María Teresa León, una de las Sinsombrero, que llegó a decir que el Lyceum llegaba para “adelantar el reloj de España”. A través de la red de apoyo mutuo y la organización de eventos, conferencias, exposiciones y obras sociales, las socias pudieron instruirse, intercambiar ideas e impulsar sus carreras profesionales desde un espacio propio.

El Lyceum fue truncado por la sublevación militar contra la República y cayó en el olvido durante décadas. Cien años después de su fundación –que se cumple este 4 de noviembre– afloran los libros e iniciativas que recuerdan su legado, entre ellas la del Ministerio de Cultura, que ha impulsado una programación especial durante todo 2026. “El Lyceum tuvo una enorme importancia. Fue un espacio llevado solo por mujeres para su educación cultural, intelectual, social y política. El objetivo era luchar por su ciudadanía plena y el centenario nos descubre esa valentía y voluntad colectiva y muchos referentes individuales”, apunta la comisaria del centenario, Tània Balló.

El origen de la pionera organización estaba en la red de Lyceums creados en diferentes ciudades europeas, el primero en Londres en 1904. En España, ya venía gestándose desde principios de 1926 por varias de sus fundadoras, mujeres que coincidían en tertulias y asociaciones y también vinculadas a la experiencia pedagógica de la Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Señoritas. Fue allí, de hecho, donde se realizaron las reuniones preparatorias, con María de Maeztu, Pilar Zubiaurre, María Martos, Isabel Oyarzábal o Zenobia Camprubí. María de Maeztu se convertiría en la primera presidenta del club y la abogada Victoria Kent, que impulsaría en la República un innovador proyecto para humanizar las prisiones, sería vicepresidenta.

El Lyceum “permitió a las mujeres desarrollarse de una manera radicalmente distinta a lo que se venía viendo a finales del siglo XIX”, con una idea de “mujer moderna que pudiera enunciarse a sí misma” gracias a los intercambios sociales, culturales y redes de colaboración que se dieron en el club, explica la historiadora del arte Mónica Monmeneu, que ha realizado su tesis doctoral sobre el tema. Esto permitió que muchas de ellas despuntaran y apuntalaran sus carreras profesionales. Fue el caso de la escritora Elena Fortún, que encontró en el Lyceum “un espacio de compañeras y referentes lesbianas que le ayudarán e impulsarán” para empezar a escribir los libros de Celia.

Las conferencias y diversos tipos de actividades fueron constantes durante la década de vida de la asociación, que tuvo su primera sede en el edificio de las Siete Chimeneas de la capital, actual ubicación del Ministerio de Cultura. En sus estatutos se definieron como aconfesionales y no adscritas a ninguna afiliación política. En el Lyceum había mujeres de izquierdas y de derechas, monárquicas y republicanas y de muy distintas creencias religiosas o sin ellas. También convivieron socias de diferentes generaciones que tenían un claro perfil de clase media y alta, eran profesionales y debían cumplir con una conducta moral alejada de “vidas amorosas poco convencionales” para ser aceptadas.

Fueron rasgos que se articularon sobre todo en la primera época del club, explica Rocío González Naranjo, autora de Marisabidillas, frívolas y peligrosas. El Lyceum Club Femenino de Madrid (Hoja de Lata). “Lo que buscaban era validar lo que estaban haciendo y en una sociedad machista como esa intentaron dar una buena imagen para ser aceptadas. Fue una estrategia que no les sirvió de mucho porque fueron igualmente muy atacadas”, sostiene la experta, que apunta además a que, en la práctica, en la asociación hubo un abanico mucho mayor de miembros, desde madres solteras a mujeres lesbianas o separadas “en un momento en el que no existía el divorcio”.

Las críticas llegaron desde todos los frentes. El título del libro de González Naranjo evidencia algunos de los insultos que recibieron las mujeres del Lyceum a través de la prensa. Desde la revista La Esfera se atacó la imagen de mujer “redicha y petulante” que leía a Kant o Hegel mientras “su marido empuja el carrito del bebé o limpia los cacharros de la cocina”. El ataque por transgredir los roles de género se sumó a otro habitual: el motivado por ser un espacio únicamente para mujeres y vetar a los hombres, que no podían ser socios.

La oposición más organizada fue la de la Iglesia Católica, que desplegó una campaña de desprestigio a partir de la creación en 1927 de la llamada Casa del Niño, una especie de guardería laica para hijos e hijas de mujeres trabajadoras que fue vista como una amenaza al monopolio religioso del cuidado infantil. Artículos en publicaciones católicas firmados por Lorvent, el canónigo de la Archicofradía Corazón de María, llegaron a acusar a las socias de “locas y descontentas” o “féminas excéntricas y desequilibradas” mientras que el cardenal primado Pedro Segura prohibió a las mujeres católicas asociarse. El punto álgido llegó con la publicación de la Circular de la Unión de Damas Españolas, un manifiesto que acusaba al Lyceum de destruir la sociedad y la familia.

Cada vez más posicionadas

Aunque los estatutos del club marcaban su carácter apolítico y las integrantes lo tenían muy presente, la realidad es que con el paso del tiempo, la asociación fue adquiriendo un cariz cada vez más político, sobre todo a partir de la proclamación de la Segunda República en 1931. Un año después, todas las mujeres que integraban la Junta eran republicanas. “Seguían conviviendo mujeres de todo tipo y, de hecho, al final de la Guerra Civil hubo algunas que apoyaron el régimen, pero el discurso político se va endureciendo y, cuando se proclama la República, es innegable que el núcleo más central de las socias se posiciona”, sostiene Balló.

El nuevo régimen trajo consigo una efervescencia de las asociaciones feministas y de izquierdas, se logró el voto femenino y comenzó una conquista de derechos que favoreció ese posicionamiento. Todo ello cristalizó también en el tipo de conferencias que acogía el Lyceum: si bien al principio fueron varios los hombres que acudieron a dar charlas, entre ellos Serrano Suñer –el mismo que luego les incautaría la sede–, a medida que avanzan los años 30, “ya no tienen tanto interés en validarse o dar una imagen concreta”, sino que empiezan cada vez más a dar ellas mismas conferencias, invitar a referentes internacionales y organizar actividades politizadas. “Hablaron del divorcio, de la abolición de la prostitución, de derechos laborales y políticos... cosas que antes no estaban presentes”, apunta González Naranjo.

Con sus contradicciones y disensos internos –que los hubo– el Lyceum se convirtió así en un espacio de referencia al que las investigadoras han ido rescatando del olvido franquista gracias a documentos dispersos en archivos, las memorias de sus integrantes y su legado material, custodiado por sus descendientes. Pero, todavía a día de hoy, se trata de una búsqueda viva. De hecho, la investigación vinculada al centenario ha logrado aumentar la lista de socias del Lyceum, que partía de un censo conocido de unas 402 hasta las 513. Ha sido gracias a la libreta descubierta en el archivo familiar de Pilar Zubiaurre y a las memorias del Comité del Libro para el Ciego, otro de los proyectos sociales del club. Por el camino, explica Ballò, también se ha encontrado un carnet de socia con el número 721, lo que hace pensar que pueden ser todavía más las mujeres afiliadas.

La última actividad oficial del Lyceum fue la entrega de premios del primer concurso de poesía del club, que ganaría un joven Gabriel Celaya. Faltaban solo unos días para que los sublevados dieran el golpe de Estado que hizo estallar la Guerra Civil y que paralizó la actividad cultural del Lyceum. Mónica Monmeneu asegura que “hay constancia” de que estuvo abierto durante la contienda y algunos documentos indican que en la biblioteca, que contaba con más de 3.000 ejemplares, había personas durmiendo. Se sabe, además, que la asociación organizó repartos de alimentos y ropa en el frente republicano. Después, el local pasaría a manos de las falangistas y muchas de las socias del Lyceum acabarían en el exilio.