Los “ángeles del hogar” que sacudieron los cimientos de un país
Si a los 30 no te has casado y tenido hijos, eres un fracaso como mujer. Eso es lo que te llena como hembra“. ”Si [...] el hogar no tuviese ya razón de ser, a las mujeres les quedarían muy pocas y tristes comisiones que ejercer sobre la tierra“. Estas frases podrían ser parte del pasado, pero solo una lo es. La segunda fue escrita en una revista de la Sección Femenina de la Falange en 1939. La primera es un comentario que alguien dejó en el pasado mes de octubre en el vídeo de una joven.
Pero entre una afirmación y otra permanecen casi nueve décadas de una lucha cuya importancia y dificultad, explica Mary Nash, catedrática emérita de Historia Contemporánea, parece que aún no ha sido del todo reconocida. “Y, si se piensa que conseguirlo fue tan fácil, pues evidentemente tan fácil es eliminar esos logros”, señala, visiblemente preocupada por la deriva antifeminista.
Justa Montero, activista feminista desde los 70, rememora esos años: “Los hombres venían de una socialización basada en el poder absoluto sobre nosotras, porque se lo daba la propia ley y la ideología nacionalcatólica”. Pese a lo que creen algunos, las conquistas no llegaron por generación espontánea con la Transición. “Hubo batallas durísimas”.
El franquismo cercenó la “primera ola”, que había comenzado a desarrollarse a finales del siglo XIX y principios del XX con la lucha de mujeres como Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán. Aquellas ideas –y otras muchas– se cristalizaron durante la II República: “A nivel jurídico [la Constitución de 1931] era ejemplar para su época. Considera a la mujer como sujeto político y social, con agencia propia”, explica Nash. Trajo avances como el voto femenino (gracias a Clara Campoamor) y el derecho a ser elegidas como representantes políticas; el divorcio; la igualdad ante la ley sin distinción de sexo (que propició cuestiones como la despenalización del adulterio femenino); o la tolerancia a la información y venta (muy restringida) de anticonceptivos.
Pero apenas se tradujo en cambios sociales. No dio tiempo. “La dictadura supuso un regreso al código civil y a posiciones ideológicas y prácticas de finales del XIX”, apunta Rosa María Capel, catedrática de Historia Moderna. “Vuelve al modelo de la eterna menor de edad, del ángel del hogar, la mujer piadosa y bajo tutela masculina”, explica Nash.
Lo personal es político
Pese a que el ideario feminista continuó –desarticulado– en la clandestinidad, no fue hasta dos semanas después de la muerte del dictador Franco cuando, con décadas de evidente retraso respecto a otros países, logra irrumpir con fuerza en España. Las jornadas celebradas –semi clandestinamente–por el primer Año Internacional de la Mujer marcaron un punto de inflexión.
Comenzaron a darse cuenta de que sus frustraciones no eran un fracaso personal, sino colectivo, sistémico. “Los temas claves en esos primeros años eran la sexualidad, el empleo y la familia. Exigimos métodos anticonceptivos, el derecho al aborto, empezamos a denunciar la violencia sexual y vimos que teníamos derecho a algo más que la maternidad: al deseo y al placer”, cuenta Montero.
Entre 1975 y 1978 se elimina la licencia marital, el delito de adulterio y amancebamiento, y se despenaliza la venta y propaganda de anticonceptivos (aunque continuaron siendo poco accesibles hasta finales de los 80).
Pese a esos primeros logros, la Transición fue, en cierta medida, frustrante para ellas, pues veían desinterés por parte de sus compañeros hacia sus reivindicaciones. La Ley de Amnistía del 77, que en principio no abordaba los “delitos específicos femeninos” (aborto, prostitución…), y la Constitución del 78, fueron dos momentos en los que notaron que “las grandes formulaciones” las estaban “dejando a un lado”, según la activista Montero.
La presión de las mujeres obligó a que la redacción final de la Carta Magna incluyera en el artículo 14: “[...] sin que pueda prevalecer discriminación alguna por […] sexo […]”. No obstante, dejó fuera otras referencias fundamentales (control de la natalidad, aborto…).
En 1979, debido a esta desilusión con las organizaciones políticas, intensificada por el hecho de que ellas apenas representaban el 5% de los escaños del Congreso, las diferentes corrientes se distanciaron. Muchas empezaron a apostar de forma decidida por un feminismo alejado de la militancia en los partidos. Otras se quedan. “Se vivió con pena, pero yo creo que esa escisión llevó a un debate que enriqueció al feminismo”, opina Capel. Paralelamente, los sindicatos comenzaron a diseñar secretarías específicas.
En 1981 se aprueba la Ley del Divorcio. “Supuso un revulsivo porque cuestionaba la idea nacionalcatólica. Fue muy polémica”, explica la activista. Y en 1982 se celebra el juicio por aborto a las ‘11 de Basauri’, que marca un antes y un después en la lucha por la interrupción voluntaria del embarazo. “Las movilizaciones se mantuvieron durante años y en ellas nos encontramos todas en las calles”.
En 1983 se crea el Instituto de la Mujer, que lanza la primera campaña contra los malos tratos (“No llores, habla”). En 1985, finalmente se logra la primera Ley del Aborto (por tres supuestos definidos por la ley).
La lucha también fue apoyada desde diferentes profesiones: las abogadas comenzaron a denunciar las arbitrariedades en la interpretación y aplicación de la Ley del Aborto, las médicas promovieron la creación de centros de planificación familiar, etc.
A las puertas de los años 90 comienza la tercera etapa del movimiento. El feminismo académico toma vuelo y lleva a cabo una labor crítica en los diversos campos de estudio. Trata de recuperar (y de continuar) las aportaciones de la otra mitad de la población.
“Otra de las cosas más importantes fue la institucionalización del feminismo. Fue un impulso desde abajo para que quedaran estructuras políticas que defendieran los derechos de las mujeres”, explica Nash.
Entonces, las reivindicaciones ya estaban comenzando a tener una fuerte filtración en las realidades privadas. Las mujeres se rebelaban ante el trato desigual de profesores, padres, compañeros. No obstante, persistía la figura de “mujer-ama de casa”: En 1986 solo el 28% de las mujeres en edad de trabajar eran población activa.
En 1997 asesinan a Ana Orantes, un hecho que lo cambia todo. Las feministas despliegan toda una serie de movilizaciones para impulsar medidas políticas. Consiguen el primer plan contra la violencia doméstica, se incluye como delito la violencia psíquica, y se introducen la orden de alejamiento y la protección a la excónyuge.
Con el nuevo siglo se empiezan a contabilizar los crímenes machistas y llega la Ley Integral de Violencia de Género (2004), con la que se inicia la consolidación de la atención específica y se reconoce que es estructural.
En 2007-2008 llega la Ley de Igualdad y el Ministerio. Se trata de pasar de la igualdad formal a la real, obligando a las administraciones y a las empresas a adoptar planes de igualdad, y se empieza a poner el foco en el objetivo de ir equilibrando los permisos de paternidad y maternidad.
En 2010 se logra la Ley del Aborto por plazos, una de las conquistas más costosas. “Lo más polémico siempre ha sido principalmente todo lo relativo a la sexualidad”, asegura Montero. A partir de este año irrumpe un nuevo escenario que impulsa el movimiento hasta convertirlo, en palabras de Beatriz Ranea, doctora en Sociología, en “un tsunami”: las redes sociales. Pero lo que realmente determinó ese “tsunami” fueron los años 2016-2017, en los que se produjo la desaparición de Diana Quer (cuyo cuerpo fue localizado un año después), el caso La Manada y la mediatización de la historia de Juana Rivas. “Fue una acumulación de brutalidades. La respuesta social se cataliza el 8 de marzo de 2018, con la primera huelga feminista de España”, señala Montero.
Es una ola cuyo alarido ha estado centralizado, sobre todo, en las violencias sexuales y el consentimiento, en la justicia y en los cuidados. Las nuevas generaciones han continuado el camino que allanaron las compañeras más veteranas, y no es para menos: en 2024 una mujer fue asesinada cada 7,6 días en España, y una de cada siete (mayores de 16 años) reporta haber sufrido violencia física o sexual de alguna pareja/expareja.
Además, corrientes como la interseccional y la LGTBIQ+, que venían desarrollándose en el país desde los años 80-90, han llegado para quedarse. “Independientemente de si somos autóctonas, migradas, lesbianas, heterosexuales, trans, de clase social baja, de si tenemos discapacidad o no, la socialización en el miedo a la violencia nos atraviesa a todas”, afirma la socióloga.
Sin embargo, “el concepto de ‘identidad de género’ ha sido –y sigue siendo– otro de los temas más polémicos”, resalta Montero. Debido a este debate, que explotó definitivamente con la “Ley Trans y LGTB” de 2023, las corrientes se han polarizado como nunca.
“La prostitución, por ejemplo, genera disenso, pero hemos conseguido llegar a confluir en otras cuestiones. Sin embargo, la cuestión actual es si incluir o no a las mujeres trans dentro de la agenda feminista. Cuando estoy más optimista pienso que conseguiremos salir de esto. Cuando no, que es irreconciliable”, expresa Ranea.
A todas les preocupa esta fragmentación. Especialmente, por el escenario actual del auge de la extrema derecha y a que el respaldo al feminismo ha caído en los hombres jóvenes 15 puntos desde 2019, situándose en el 40,9%. “Los jóvenes se están comiendo una imagen idealizada de lo que eran esos tiempos, y, quizá porque lo viví, no lo puedo entender”, lamenta Capel.
Ahora, por un lado, explican, es necesario que las diversas corrientes se involucren decididamente en la tarea de lograr “tender puentes” entre sí y, por otro, en abordar la cuestión de que el nuevo ideal de “masculinidad” no ha evolucionado al ritmo al que lo ha hecho el de “feminidad”, y ello ha dejado un “vacío” que está llenando la extrema derecha.
¿Cómo involucrar aún más a los hombres en este camino hacia sociedades más igualitarias? “En épocas previas la confrontación era una herramienta válida, pero creo que ahora las estrategias de acercamiento tienen que diversificarse”, responde Ranea. “Otro de los retos tiene que ver con reconocer la amenaza pero sin situarnos simplemente a la defensiva. No dejar a nadie atrás y seguir avanzando”, propone la activista. “Es algo urgente porque tiene que ver también con el auge de ideas autoritarias y con el peligro de los sistemas democráticos, pero si algo nos ha enseñado el feminismo es que somos ampliamente capaces de luchar contra gigantes”, concluye la socióloga.