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Cómo la Iglesia se convirtió en el apoyo de la dictadura de Franco: los bailes eran pecado y se multaba por blasfemar

Portada de 'El águila y la sotana'

Miguel Ángel Villena

14 de marzo de 2026 22:36 h

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Durante el medio siglo de la Restauración y, más tarde, durante la breve dictadura del general Primo de Rivera (1923-1930), la Iglesia católica gozó de una larga lista de privilegios tanto en el terreno económico como en lo social y lo moral. Se trataba de un poder sobre los cuerpos y las almas que había acumulado durante siglos y que, en ningún caso, estaba dispuesta a perder. Por ello, la jerarquía y la mayoría del clero se opusieron con uñas y dientes, con boicoteos y movilizaciones, con amenazas y conspiraciones, al régimen de la Segunda República que consagró en la Constitución de 1931 el laicismo en la sociedad española y la separación de la Iglesia y el Estado.

Este conflicto sirve de punto de partida al historiador Julián Chaves para abordar la historia de la Iglesia durante el primer franquismo (1936-1945) en su ensayo El águila y la sotana (Ático de los Libros), donde relata el férreo control social que el llamado nacionalcatolicismo ejerció de la mano del franquismo. “La Iglesia tuvo muchos privilegios durante la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera”, señala este catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura. “Por ello, las reformas y avances de la República en materia educativa, de reforma agraria o de impulso de derechos y libertades fueron una amenaza para el statu quo eclesiástico. La Iglesia perdió, pues, mucha influencia social y moral, al tiempo que veía limitados sus presupuestos y las ayudas públicas a lo estrictamente necesario”.

El historiador, especialista en la España del siglo XX y autor también de una historia del maquis entre otras obras, añade que la gran mayoría de la cúpula eclesiástica mostró una muy enérgica resistencia frente a gobernantes y leyes republicanas. Cabría, por ejemplo, recordar la pérdida de influencia de la Iglesia y las órdenes religiosas en el sistema educativo ante el empeño del régimen republicano por fortalecer la escuela pública, lo que derivaba en continuos enfrentamientos entre los párrocos y los maestros en multitud de pueblos y de barrios.

La jerarquía no tuvo tampoco ningún empacho en manipular algunas intervenciones de líderes republicanos como cuando arremetió contra el jefe del Gobierno, Manuel Azaña, que proclamó en el Congreso en octubre de 1931 su famosa frase de “España ha dejado de ser católica” en una alusión al laicismo de las leyes y no a ninguna persecución contra los católicos. Lo cierto es que durante los cinco años de etapa republicana en paz, la Iglesia no dejó de conspirar y de amenazar a la República, bien con el apoyo a partidos católicos como la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) o bien con un respaldo casi incondicional a militares golpistas.

Por ello, no resulta de extrañar que, en los primeros compases de la guerra, los obispos, salvo mínimas excepciones, ya calificaran de cruzada el levantamiento contra la República y, por supuesto, bendijeran los esfuerzos bélicos del bando franquista. Hasta tal punto resultó notable la identificación de Ejército golpista con la Iglesia que el escritor José María Pemán, uno de los ideólogos del franquismo, dejó esta arenga en plena guerra civil: “El humo del incienso y el humo del cañón, que sube hasta las plantas de Dios, son una misma voluntad vertical de afirmar una fe y sobre ella salvar un mundo y restaurar una civilización”.

Persecución de la Iglesia en zona republicana

La investigación de Julián Chaves descubre algunos aspectos poco conocidos o resaltados en esta materia como la represión de los obispos, sacerdotes, frailes y monjas en la retaguardia republicana durante la guerra. El catedrático utiliza en su libro un memorándum de enero de 1937 impulsado por el ministro Manuel Irujo, del PNV, que enumeraba las víctimas por motivos religiosos en la zona leal al Gobierno, en especial durante los primeros meses del conflicto. “Los religiosos”, señala Chaves en una charla con elDiario.es, “fueron objetivos preferentes de las milicias incontroladas de anarquistas y, en menor medida, de comunistas que en el verano de 1936 hicieron la guerra por su cuenta y escaparon al control gubernamental. Digamos que en ese periodo del orden revolucionario se impuso al Estado republicano”.

“En total fueron asesinados 6.832 religiosos, entre ellos 13 obispos, lo que significó un 14% de las víctimas en la retaguardia de la zona leal. Conviene subrayar que el Consejo de Ministros rechazó el informe de Irujo que, no obstante, siguió en el Gobierno como ministro en representación del PNV. Tras aquellos terribles meses, la persecución y asesinato de religiosos disminuyó notablemente hasta convertirse en un fenómeno residual”, señala Chaves.

La sociedad española sufrió un retroceso increíble en todos los terrenos. Cualquier avance de modernización fue paralizado y los derechos humanos fueron vulnerados

Julián Chaves Historiador

Cuando Chaves traza la situación social en las regiones que van conquistando los franquistas, la Iglesia ya prefigura lo que será su papel de control social y moral durante las siguientes décadas y, en especial, en la posguerra. Los bailes podían ser un pecado, fiestas irreverentes como los populares carnavales fueron prohibidos y las restricciones a las libertades llegaban a extremos esperpénticos como las multas por blasfemar en público. De hecho, los sacerdotes se erigen en auténticos martillos de herejes, en expresión célebre en la época, frente a cualquier disidencia moral o de costumbres.

“Está claro”, resalta el autor de El águila y la sotana, “que la sociedad española sufrió un retroceso increíble en todos los terrenos. Digamos que cualquier avance de modernización fue paralizado, los derechos humanos fueron vulnerados y la Iglesia se convirtió, sin duda, en una gran colaboradora de la dictadura de Franco en lo que se ha llamado el nacionalcatolicismo”. En apenas año y medio, durante la última fase de la guerra, el bando sublevado suprimió los matrimonios civiles, derogó la ley de divorcio de 1932, restableció la compañía de Jesús y otras órdenes y eximió de contribución territorial a las propiedades de la Iglesia. Es decir, toda una batería de medidas para devolver todo el poder que la jerarquía católica había tenido hasta la proclamación de la República.

El cardenal Gomá, Pío XII y los nazis

El papel del cardenal Isidro Gomá (1869-1940), arzobispo de Toledo y primado de España durante la Guerra Civil, ocupa una atención preferente en el libro de Chaves, que ha buceado en las manifestaciones públicas y en los documentos de un personaje fundamental en la época. Junto al también cardenal Pedro Segura, Gomá representó al sector más conservador e integrista entre los católicos frente a las escasas voces liberales en aquel periodo como Francisco Vidal y Barraquer. Como ya reseñamos, los únicos disidentes católicos del territorio franquista resultaron ser los sacerdotes vascos y nacionalistas, algunos reprimidos e incluso asesinados por las tropas franquistas. Otro protagonista relevante fue el cardenal Eugenio Pacelli, más tarde elegido papa como Pío XII en marzo de 1939, un pontífice muy polémico por sus actitudes frente al franquismo, primero; y frente al nazismo unos años más tarde.

“Gomá llevó las relaciones del episcopado español con Pacelli durante la guerra”, señala el catedrático Chaves, “y encabezó la carta colectiva de los obispos españoles de apoyo a Franco en 1937 que suscribieron todos los prelados, excepto cinco. Por otra parte, el futuro Pío XII cambió de actitud durante ese periodo. De hecho, pasó de mostrarse crítico con el bando nacional y reticente a las alianzas de los franquistas y falangistas con los nazis a expresar entusiasmo por la victoria de Franco y a manifestarse con tibieza frente a la persecución de los judíos”. “Fue un papa muy contradictorio o quizá se derechizó al acceder al pontificado”, apunta.

No obstante, pese a la absoluta sintonía entre el episcopado y la dictadura, los obispos tampoco escaparon a la brutal censura que aplicó el franquismo a cualquier expresión pública un poco crítica en la posguerra. Gomá llegó a sufrir una prohibición gubernativa que le impidió difundir su pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la paz publicada en el boletín del arzobispado en agosto de 1939, recién terminada la guerra. En aquella pastoral filtraba alguna crítica hacia los vencedores y ese incidente lo llevó a enfrentarse con el sector más pronazi del Gobierno franquista encabezado por Ramón Serrano Súñer, cuñado del dictador. El amplio y muy documentado ensayo de Julián Chaves se detiene en 1945 con el final de la Segunda Guerra Mundial, pero este catedrático de Historia Contemporánea no descarta ampliar su investigación sobre las relaciones entre la Iglesia y la dictadura hasta la muerte de Franco. “Se trata de un tema muy interesante y poco estudiado”, concluye.

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