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La estrategia mediática de Hitler para conquistar el mundo a base de entrevistas

Hitler usó la propaganda y los medios para extender sus ideas

Miguel Ángel Villena

10 de enero de 2026 22:45 h

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La radio y el cine experimentaron un crecimiento extraordinario en los años veinte y treinta del siglo pasado hasta llegar a millones de personas. De esos dos medios de comunicación de masas se aprovechó el nazismo para adoctrinar a una mayoría de alemanes y, más tarde, en la Segunda Guerra Mundial, a otros países. Un siglo después, la extrema derecha de EEUU y Europa se sirve de las redes sociales para su notable expansión y practica aquel lema de Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda de Adolf Hitler, de que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Hoy se llama posverdad. El ensayo Entrevistando a Hitler (Libros del KO) repasa la relación del dictador con los periodistas extranjeros y las tácticas del aparato de propaganda de los nazis.

A través del análisis de un centenar largo de entrevistas realizadas a Hitler, el periodista e historiador alemán Lutz Hachmeister (1959-2024), uno de los mayores expertos en el periodo nazi, desvela la técnica empleada para llegar al poder. “Se trata de un libro pionero”, dice Pedro Argudo, traductor del libro al español, “en tanto que demuestra la existencia de una estrategia mediática por parte del nazismo para justificar sus principios”. A juicio del catedrático de Historia Contemporánea, Xosé Manoel Nuñez Seixas, Hitler fue un maestro en el uso de la radio para sus fines en un momento en que este medio de comunicación se expandía a todos los sectores de la población.

En paralelo a la radio, el régimen nazi aprovechó también la llegada del cine sonoro y la colaboración de cineastas como Leni Riefenstahl (Olimpia, El triunfo de la voluntad…). “Para una ideología basada en los grandes rituales y en espectaculares puestas en escena”, señala el historiador gallego, “la figura de una cineasta genial como Riefenstahl resultó de gran ayuda”. “Es cierto que podemos comparar el cambio de paradigma comunicativo que significaron la radio, el cine y la publicidad hace un siglo con la posverdad que trata de imponer la extrema derecha actual. No cabe duda de que la irrupción de internet y el auge de las redes ha favorecido el crecimiento de los ultras en todo el mundo, en especial entre las generaciones más jóvenes que no suelen seguir a los medios tradicionales de referencia. Lo más indignante es que aquellos que defienden la difamación o los bulos dicen hacerlo en nombre de la libertad de expresión”, zanja.

Dotado de un don excepcional para la oratoria, Adolf Hitler usaba un mismo discurso ya se tratara de una negociación, una charla o un mitin para multitudes, según explica Hachmeister en su libro publicado recientemente en español. En opinión de Pedro Argudo, buen conocedor de la historia de Alemania, “más que un buen orador, Hitler era alguien que, gracias a la puesta en escena y al lenguaje no verbal, seducía a quienes lo escuchaban”. “Eso sí”, añade, “sin ser nunca rebatido ni cuestionado. Sus gestos, que ensayaba ante el espejo y la verborragia que empleaba eran su estrategia comunicativa”. 

Al igual que otros famosos dictadores, Hitler se podía explayar durante horas en un mitin y comentar los asuntos más peregrinos o cotidianos de tal manera que fascinaba a las masas. Ahora bien, el inmenso poder de seducción del Führer radicaba también en un inmenso aparato de propaganda, una inacabable tela de araña tejida por una legión de periodistas, artistas y funcionarios a las órdenes del partido, con Goebbels a la cabeza. A partir de la Gleichschaltung, el proceso totalitario de control social desde la llegada de los nazis al poder en 1933, el régimen elimina cualquier disidencia y, sobre todo, cualquier expresión pública de crítica y de modo singular la prensa independiente.

Por ello durante los 12 años de gobierno de los nacionalsocialistas desaparece una disidencia condenada a la cárcel, el fusilamiento o el exilio, como ocurrió con grandes nombres de la cultura. No conviene olvidar que los primeros campos de concentración, como Dachau, fueron construidos para encarcelar a los opositores alemanes. Por otra parte, la dictadura nazi supo comprar voluntades entre los intelectuales. “Goebbels, por ejemplo”, explica Nuñez Seixas, un especialista en los regímenes totalitarios de la Europa del siglo XX, “atrajo hacia sus filas a actores, actrices y creadores artísticos que fueron halagados en su vanidad y bien pagados por sus servicios. Por ello un sector de los intelectuales se alineó con el nacionalismo alemán en sectores como el cine, donde la factoría UFA pretendió competir con la industria de Hollywoood”. 

Compra de periodistas

Esta compra de voluntades también afectó a muchos periodistas alemanes, entre 1933 y 1945, que se integraron en la maquinaria de propaganda del nazismo. Ese tipo de captación alcanzó incluso a periodistas antaño de izquierdas, siempre y cuando no fueran judíos. Por tanto, la relación de los informadores alemanes con la dictadura fue de absoluta sumisión y de ahí que las entrevistas con corresponsales extranjeros resultaran tan significativas de la personalidad y la evolución de Hitler. No obstante, durante la guerra el dictador concedió ya muy pocas entrevistas.

A los anglosajones los utilizó, sobre todo, para venderse como un pacifista antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial

El libro de Hachmeister, Entrevistando a Hitler, analiza este tema según la nacionalidad de los periodistas. Así lo comenta el traductor Pedro Argudo: “A los anglosajones los utilizó, sobre todo, para venderse como un pacifista antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, y tal vez también para evitar que Estados Unidos entrase en el conflicto. A los de países aliados, como Italia y Japón, para reforzar los lazos políticos y transmitir unidad y fortaleza. Por último, a los periodistas franceses, a los que aborrecía, para adormecer a la opinión pública en lo relativo a la Alemania nazi”.

Tanto Núñez Seixas como Argudo se muestran de acuerdo en que el aparato de propaganda nazi seleccionaba con mucho esmero a los corresponsales extranjeros que podían acceder al Führer de tal manera que o bien estaban poco preparados para debatir con Hitler o bien simpatizaban con la ideología nazi pese a proceder a veces de países democráticos. En otros casos los informadores se sentían impresionados y anonadados por unas espectaculares puestas en escena como la residencia de Hitler en los Alpes o los palacios de Berlín.

A la hora de los paralelismos con la actualidad y de las enseñanzas que pueden extraerse de la relación de los nazis con la prensa, Núñez Seixas tiene claro que “los medios no pueden ignorar hoy a la extrema derecha que obtiene el 15% o el 20% de los votos”. “Pero está claro”, matiza el catedrático de la Universidad de Santiago, “que los periodistas están obligados a resaltar las contradicciones, falsedades y las amenazas para la democracia que suponen los líderes ultras. Además, hay que tener en cuenta que los partidos ultras, que montan la desinformación, están muy preparados. Y parece que la indignación ha cambiado de lado”. Este profesor universitario, autor de libros como Guaridas del lobo, tiene claro que en el origen de la expansión ultra se halla un tipo como Donald Trump, presidente de Estados Unidos. “Yo saco la rabia de la gente”, fue lema de las campañas de Trump. Un eslogan que ya utilizó Adolf Hitler un siglo antes. Y pasó lo que pasó.

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