‘La ladrona de libros’, el fenómeno que abrió la veda de la ficción comercial sobre el Holocausto cumple 20 años
En la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, Liesel, una niña de nueve años, es dada en adopción porque su madre ya no puede protegerla. En su nuevo hogar la esperan una madre de fuerte temperamento, un padre con alma de artista, un joven judío que escribe relatos y un nuevo mejor amigo valiente y leal. Ella, por su parte, desarrolla una curiosa afición: robar libros. Es así como comienza su vínculo con las palabras y la lectura, que se convierten en su refugio cuando la contienda se intensifica y todo pende de un hilo.
Ese es el argumento de La ladrona de libros (2005; Lumen, 2007, trad. Laura Martín de Dios), la quinta novela del escritor australiano Markus Zusak (Sídney, 1975) y su carta de presentación internacional, que lo catapultó a las listas de más vendidos en diferentes países. En los años previos a la crisis económica, las cifras de ventas eran más elevadas, las campañas de promoción confiaban en los canales analógicos (escaparates, periódico, listas de ventas) y aún no se había producido la eclosión de editoriales independientes, por lo que el mercado estaba en menos manos y las apuestas, más concentradas.
Con todo, algo debía tener un libro para destacar; en eso no hemos cambiado tanto. La ladrona de libros lo tenía, lo tiene todavía, porque basta darse un rodeo por las redes de los lectores para comprobar que, incluso antes de esta reedición, se ha abierto un nuevo camino entre las generaciones jóvenes (de hecho, probablemente no existiría la edición especial de no ser por este resurgir espontáneo). Como El secreto (Donna Tartt, 1992) o Tan poca vida (Hanya Yanagihara, 2015), la novela de Markus Zusak se ha vuelto a leer gracias a los grandes creadores de tendencias contemporáneos, que no dudan en bucear en el pasado reciente en detrimento de las novedades recién salidas de la imprenta.
¿Y qué tiene La ladrona de libros para sobresalir? En primer lugar, una voz narrativa de lo más original: una personificación de la Muerte, que habla de tú a tú al lector mientras sigue las andanzas de la protagonista. En cualquier obra literaria que se precie, el punto de vista y el estilo lo son todo (no importa el qué, sino el cómo), y aquí el autor tiene la inteligencia de evitar tanto el tradicional narrador protagonista como la tercera persona omnisciente. El discurso de la Muerte resulta, además, seductor, invita a seguir leyendo, crea tensión, divierte con su brío y da otro aire a los hechos con su trascendencia.

Y, por supuesto, tiene sentido del humor, humor con un punto macabro, ma non troppo, porque de lo contrario no ocuparía las baldas del mainstream o cultura dominante, sino que estaría relegado al rincón del tan a menudo infravalorado “género”. Grotesco, pero a la vez tierno, realista, conmovedor; el equilibrio justo para emocionar al lector sin caer en el cliché ni en el melodrama. Es atrevido al decantarse por un narrador juguetón para contar una historia enmarcada en una guerra, y sabe sacarle partido al plantear, siempre con sutileza, esas preguntas sobre el final que acechan sobre todo a quien vive al límite.
La historia también tiene grandes aciertos: si bien algunos temas, como la presencia de un judío escondido en el sótano o la resistencia de los alemanes contrarios al régimen que, sin embargo, deben alistarse por obligación, se han tratado ya en numerosas obras, hay un motivo que marca la diferencia: los robos de libros, siempre en momentos clave de la evolución vital de la protagonista, y al mismo tiempo impredecibles, lo mismo que el tipo de libros que se va a encontrar.
Hay un mensaje poderoso en el hecho de poner los libros, las palabras y las historias en el centro de una novela situada en la Alemania nazi, cuando se llevaron a cabo quemas de libros, por no hablar de la persecución a los escritores y artistas en general, muchos de ellos asesinados en campos de concentración o forzados a exiliarse. Nadie mejor que una niña, símbolo por antonomasia de la inocencia, para erigirse en “salvadora” de ese espíritu humanístico, libre y subversivo que estaba siendo arrollado por la fuerza bruta.
Para muchos lectores, además, resulta grato que una novela hable de su afición; lo que en inglés se denomina bookish book, o libro sobre libros. Ahora se ha abusado tanto de este recurso que ya no llama la atención, pero tuvieron su momento de auge, del que La ladrona de libros formó parte, junto con otros éxitos como La sombra del viento (Carlos Ruiz Zafón, 2001), El cuento número trece (Diane Setterfield, 2006), La elegancia del erizo (Muriel Barbery, 2006) o Firmin (Sam Savage, 2006), entre otros.
También hay que prestar atención a su edad recomendada: en España lo publicó Lumen, una editorial con un catálogo orientado al público adulto, mientras que en otros países la catalogaron como juvenil, sea por la edad de la protagonista, que vive su coming-of-age, argumento habitual de la literatura dirigida a esta franja de edad, y/o por la frescura de la voz narrativa. En la segunda vida que está disfrutando en la actualidad, salta a la vista que la capacidad para conectar con los jóvenes está ahí, lo que permite considerarla una novela crossover, esto es, apta para todos los públicos, disfrutable tanto por un adolescente de quince años como un adulto.
Por tener una referencia, libros como Matar a un ruiseñor (Harper Lee, 1960), Un árbol crece en Brooklyn (Betty Smith, 1943), Las cenizas de Ángela (Frank McCourt, 1996), Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea (Annabel Pitcher, 2011) o la citada La sombra del viento (Carlos Ruiz Zafón, 2001) serían ejemplos de literatura crossover. La “ventaja”, en argumentos de venta, de esta etiqueta es el hecho de que un adulto, salvo que también sea lector asiduo de juvenil, no se acercaría a una novela “juvenil” a secas; en cambio, un adolescente sí que leería sin prejuicios una obra “adulta”. El crossover no acota el perfil del lector, sino que lo amplía.
'La ladrona de libros', por mucho análisis que se haga, funciona porque cumple en lo esencial: despertar emociones al público, fascinarlo con sus personajes, hacerle “vivir” su historia
El argumento destaca asimismo por la idea de “robar”: en un contexto de una violencia atroz, con una población acostumbrada a convivir con el miedo, las pautas de referencia de lo que está bien o no se desdibujan. De pronto, tomar algo que no es propio no tiene por qué constituir un delito; puede ser, de hecho, un acto de salvación, incluso denota el arrojo de atreverse a desafiar al régimen. Quien lo hace, además, es una niña, lo que por sí mismo inspira compasión, bonanza, perdón. El planteamiento de una obra siempre es más atractivo cuando se pone algo en jaque, cuando propone algo infrecuente en el día a día; ahí está la magia de vivir, a través de la ficción, lo que se haría motu proprio.
Por lo demás, la novela cumple con los estándares de la narrativa popular: estilo ameno y fácil de leer, amplios espacios en las páginas a pesar de su extensión (en torno a unas quinientas páginas), capacidad para entretener al lector, construcción de una historia y unos personajes sólidos, que condensan todo tipo de vivencias, desde las peripecias del día a día a los grandes acontecimientos históricos. Se tratan temas tan universales como la pérdida, el primer amor, la amistad, la familia, la discriminación, el miedo, la guerra o el poder, que siguen dando pie a la conversación en los clubes de lectura, que siguen (lo más importante) conmoviendo al lector.
Porque La ladrona de libros, por mucho análisis que se haga, funciona sobre todo y en última instancia porque cumple en lo esencial, a saber, despertar emociones al público, subyugarlo, fascinarlo con sus personajes, hacerle “vivir” su historia y no solo mirarla. Es asimismo un libro que “enseña” –y perdón por el horrible didactismo que sugiere la palabra– algo, que invita a reflexionar al recrear tan bien, con tanta sutileza, las entrañas del régimen nazi y de la Segunda Guerra Mundial en el terreno práctico de la vida diaria de una familia humilde. Las vivencias de Liesel y los suyos son como las de tantos otros de sus coetáneos; lo que hace su relato único es el ingenio, la emoción de la narración.
La cubierta, el trabajo de promoción y la fecha de lanzamiento –en España, septiembre de 2007, con vistas a la campaña de Navidad– también contribuyeron al éxito: era una de esas novelas que ocupan los escaparates de las librerías, y tienen un stand propio en las grandes superficies. Además, se benefició del hecho de que entonces en el mercado no abundaba la ficción sobre el Holocausto: el hecho de ambientar una novela en plena Segunda Guerra Mundial, en un pueblo de la Alemania nazi, no era algo tan manido, ni siquiera se consideraba un reclamo comercial porque los best-sellers precedentes, de La sombra del viento a El código Da Vinci (Dan Brown, 2003), iban por otros derroteros.
Quizá no sea descabellado, a propósito, sugerir que fue La ladrona de libros la obra que abrió la veda de la narrativa sobre el nazismo. En aquel tiempo, existían los testimonios de Anne Frank y Primo Levi, entre otros, pero no era usual que un escritor joven (Zusak la publicó con treinta años), sin vínculos con el asunto, se interesara hasta el extremo de dedicarle una novela. Pronto llegaría esa pieza de pornografía emocional que es El niño con el pijama de rayas (John Boyne, 2006), y, no mucho más tarde, la retahíla de libros con “de Auschwitz” (o Ravensbrück, o el campo de concentración que se precie) como guinda.
Entre estos hay ficción y testimonios, libros más dignos que otros, pero en general han llegado a un punto en el que, por exceso, pueden dar la impresión de trivializar el tema: La bailarina de Auschwitz, La bibliotecaria de Auschwitz, La paloma de Ravensbrück, El violín de Auschwitz, El violinista de Mathausen, La enfermera de Auschwitz… El novelista Arturo Pérez-Reverte ironizaba así en 2019: “Iba a escribir una novela sobre Auschwitz, pero ya no quedan personajes libres”. El Memorial de Auschwitz le afeó el comentario por considerarlo “una burla irrespetuosa a la memoria de esas personas”, a lo que el autor replicó que tan solo se burlaba “de lo mucho que, por modas literarias comerciales, se manosea un asunto que debería tratarse con más rigor y respeto”.
Es probable que los escritores se tomen en serio la materia, pero ¿qué dicen los informes de marketing de las editoriales? A estas alturas, salta a la vista que esa coletilla funciona como argumento de venta. Hasta qué punto se pueden justificar las publicaciones bajo el pretexto de reivindicar la memoria histórica, y hasta qué punto minimizan su relevancia al convertir el Holocausto en un cliché, es un debate abierto a los lectores. Al menos, La ladrona de libros ha superado la prueba del tiempo, por lo que demuestra que, más allá de la mercadotecnia, tiene algo que la hace especial, que sigue mereciendo la pena.
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