La psicóloga Paula Patrón explica por qué hay gente que lo deja todo para más tarde: “No es solo pereza o falta de ganas”
Tenemos una fecha límite para entregar una tarea. Y todavía faltan bastantes días, por lo que nos lo tomamos con calma. Sin embargo, la noche antes, el trabajo aún no está terminado. Lo hemos ido aplazando día tras día y al final lo acabamos a última hora. Lo hemos terminado, sí, pero en el último momento. ¿Por qué? Todos lo hemos experimentado alguna vez y hemos sido víctimas de este círculo vicioso que nada tiene que ver con la pereza. Entre el 15% y el 20% de los adultos admiten procrastinar de forma crónica. ¿Qué es exactamente la procrastinación y, lo que es más importante, por qué lo hacemos si sabemos que tendrá consecuencias negativas?
La procrastinación suele verse como un signo de pereza o de una mala gestión del tiempo. Sin embargo, tiene muchos más matices. “La procrastinación no es simplemente pereza ni falta de ganas. Hablamos de la tendencia a posponer tareas importantes aun sabiendo que hacerlo puede tener consecuencias negativas”, afirma Paula G. Patrón, psicóloga. En ocasiones también podríamos estar buscando distracciones de manera intencionada para posponer las tareas.
Se trata de un comportamiento que no siempre implica evitar el trabajo por completo, sino en priorizar la comodidad a corto plazo sobre los objetivos a largo plazo. La procrastinación se disfraza muchas veces de ‘solo cinco minutos más’ y a menudo va de la mano de la culpa. Queremos hacer algo, incluso lo planeamos, pero cuando llega el momento, lo esquivamos.
Más allá de la pereza
Lo curioso de la procrastinación es que no se trata de un problema de productividad, sino más bien en aspectos emocionales y hábitos y procesos cognitivos, ya que implica una interacción compleja entre los centros emocional y racional del cerebro. Es una forma de evitar la incomodidad: cuando una tarea nos da miedo, nos agobia o nos resulta desagradable, nuestro cerebro busca un alivio rápido haciendo algo que nos resulte más seguro: no hacerla. En el momento, nos sentimos bien, pero es solo algo pasajero.
Como reconoce Patrón, “suele estar más relacionada con la gestión emocional que con la voluntad: evitamos aquello que nos genera malestar, incertidumbre, miedo al fracaso o exceso de autoexigencia. En realidad, el cerebro busca aliviar una incomodidad presente sustituyéndola por otra tarea más fácil o gratificante, aunque ese alivio sea solo momentáneo y después aparezca culpa o estrés acumulado”.
¿Cómo podemos saber que estamos procrastinando? Esto se puede explicar si teníamos intención de completar las tareas que ahora estamos posponiendo, si las retrasamos sin ninguna necesidad particular, si nadie nos insta a retrasar el proceso, o si somos conscientes de que nuestro comportamiento puede tener consecuencias negativas.
Por qué procrastinamos: cómo influyen los rasgos de personalidad
Aunque en un primer momento podemos pensar que procrastinamos porque es lo fácil, los estudios han demostrado que este comportamiento se debe a una falta de autorregulación o a una dificultad para controlarse. La procrastinación se usa como una forma de abordar la regulación del estado de ánimo a corto plazo. Las personas que procrastinan suelen hacerlo para evitar sentimientos negativos como la frustración, la ansiedad o la inseguridad.
En esta investigación, en la que se exploró cómo las personas priorizan la regulación del estado de ánimo a corto plazo al procrastinar, los expertos concluyeron que la causa principal es nuestro estado emocional. En esencia, la procrastinación tiene más que ver con la gestión del estado de ánimo que con la gestión del tiempo o la pereza. Una idea lógica y coherente si consideramos lo irracional que es la procrastinación en su esencia.
Por tanto, el hábito de procrastinar es principalmente emocional: cuando algo nos parece aburrido, abrumador o con probabilidades de salir mal, la evitamos. Esto nos proporciona alivio a corto plazo, que nos hace sentir bien en el momento, pero tiene un efecto a largo plazo.
También es verdad que algunas personas son más propensas a procrastinar y esto se refleja en los rasgos de personalidad. Esto podría explicar quizás por qué les pasa más a unas personas que a otras, porque influyen varios factores. Para Patrón, “el perfeccionismo, la autoexigencia elevada, la dificultad para regular emociones o el estrés sostenido hacen que algunas personas pospongan más que otras”. Por tanto, estaríamos frente a un tipo de perfil de persona que “no es que sea ‘vaga’ sino que tiende a evitar tareas que siente como demasiado exigentes o evaluables”, matiza Patrón.
Además de la personalidad, también tiene que ver “el aprendizaje de hábitos de organización, experiencias previas y el contexto vital: cuando la mente está saturada, el cerebro prioriza recompensas inmediatas frente a esfuerzos a largo plazo”, afirma Patrón.
Qué procrastinamos más y cómo dejar de hacerlo
Aunque pueda parecer lo contrario, y como reconoce Patrón, no solemos dejar para más tarde tareas poco importantes, sino “justo lo que más importa: proyectos profesionales, estudios, decisiones personales, trámites complejos o conversaciones difíciles”. Para Patrón, “cuanto mayor es la carga emocional o la responsabilidad asociada a una tarea, más fácil es que aparezca la evitación. No procrastinamos tanto lo irrelevante como aquello que pone en juego nuestra identidad, nuestras expectativas o el miedo a no estar a la altura”.
Ya hemos visto que la procrastinación puede manifestarse de distintas formas en cada persona. Quizás es por el miedo al fracaso, por perfeccionismo o por la fatiga de tomar decisiones. Sea cual sea el motivo, el primer paso para cambiarlo es comprender por qué sucede, es decir, qué solemos evitar, cuándo ocurre, qué pensamientos tenemos para empezar a ver la situación tal como es. Entender las causas es el primer paso para romper el ciclo, ya que, como hemos visto, rara vez se debe a la pereza. Al identificar los desencadenantes, podemos desarrollar estrategias prácticas para controlar el tiempo y cumplir con las obligaciones.
“Más que esperar a tener la motivación perfecta suele ser más útil cambiar la relación con el inicio: dividir la tarea en pasos pequeños y concretos, empezar aunque solo sean cinco minutos y sustituir la idea de ‘hacerlo perfecto’ por ‘hacerlo suficiente’”, recomienda Patrón. La experta también aconseja:
- Establecer límites de tiempo realistas
- Reducir distracciones
- Practicar cierta autocompasión para disminuir la presión interna
“Cuando la procrastinación se vuelve persistente, en terapia trabajamos la raíz emocional de la evitación, ayudando a desarrollar herramientas de regulación y planificación más sostenibles a largo plazo”, concluye Patrón.
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