Conocida por su tradicional sonido de campanas, esta localidad sevillana alberga una fechada en 1493

La ciudad sevillana de Utrera es conocida por su extraordinario legado sonoro. Y es que este antiguo municipio andaluz, ubicado a unos treinta kilómetros de Sevilla, es célebre en todo el mundo por la singularidad de su toque de campanas. En lo alto de la parroquia de Santiago el Mayor, uno de sus templos claves, se custodia con esmero una joya histórica que data de 1493, la campana denominada 'San Fernando' y que conmemora el fin de la Reconquista. Esta histórica pieza de bronce es considerada una de las más viejas de nuestra geografía y es el símbolo vivo de una tradición que se ha mantenido durante cinco siglos.

El ancestral lenguaje de los campaneros utreranos, además, recibió su máximo honor en la UNESCO. Su toque manual fue incluido oficialmente en la prestigiosa lista de patrimonio representativa de la riqueza cultural inmaterial de toda la humanidad. Este gran logro internacional fue impulsado firmemente por la comunidad local, que defendió su candidatura con pasión en el comité reunido en Rabat. El embajador de España agradeció el esfuerzo de todos los que cuidan este arte y tradición con siglos de historia, un gran ejemplo de memoria colectiva. El sonido de las campanas es un rasgo inseparable de la propia alma de Utrera.

La ejecución del toque manual utrerano podría ser considerada un deporte de riesgo. La espectacularidad de su técnica radica en cómo juegan con la propia física. Los campaneros deben compensar con su propio cuerpo el gran peso del bronce. Para frenar el repique, se suben a la campana actuando como una balanza humana. En estas maniobras tan arriesgadas, el campanero se juega literalmente la vida ya que llegan a volar momentáneamente suspendidos en el vacío fuera de la torre. Se requiere una destreza casi atlética para dominar moles de hasta mil kilos. El vértigo y la fuerza de gravedad se desafían en cada una de las ejecuciones.

La pervivencia de esta costumbre única se debe a la valentía de sus jóvenes. En la década de los años setenta, la mecanización amenazaba con silenciarla. Las estructuras de madera de las torres crujían por el abandono y el desuso. Fue entonces cuando un grupo decidido se organizó para rescatar los bronces. En Santiago el Mayor se formó la cuadrilla conocida como de 'Los Mochuelos'. Paralelamente, en Santa María de la Mesa nació el grupo de 'Los Quícalos'. Aquel impulso salvador de los años setenta devolvió la vida a los campanarios. Hoy, la Asociación de Campaneros de Utrera canaliza con orgullo este entusiasmo.

La actual Asociación de Campaneros de Utrera está unida por la continuidad. Hoy en día, este colectivo cultural cuenta con cerca de 80 integrantes. De todos ellos, un grupo de aproximadamente cuarenta miembros sigue en activo. Esta valiosa cantera de hombres y de mujeres asegura el futuro de la tradición. Sin embargo, el relevo generacional exige un proceso riguroso y con precaución. Los veteranos de la asociación exigen que los novatos observen durante dos años. Este aprendizaje pausado previene percances por culpa de los nervios de inicio. Así, los aprendices ascienden en rango a medida que dominan campanas mayores.

La jerga interna que utilizan estos campaneros es rica y sumamente especial. Cuando un veterano pronuncia la frase de 'echar una cuerda', inicia el volteo. El término 'saltarla' indica que se dejarán arrastrar por el peso del bronce. Este espectacular salto acrobático les permite ascender con fuerza por el aire. La dificultad de los saltos se divide según el punto de apoyo que alcancen. Los toques varían desde el poyete, el palo, el metal, los brazos o la cabeza. La maniobra más arriesgada de todas ocurre al colocar la campana en balanza. Esta acrobática extrema exige el dominio absoluto de una pieza de mil trescientos kilos.

Medio de difusión

A pesar de la belleza estética, el peligro es un acompañante constante. La historia de los campanarios de Utrera está marcada por algunas tragedias. En el año de 1964, dos jóvenes campaneros perdieron la vida en un accidente. Aquel amargo episodio se repitió trágicamente cuarenta años después, en 2004. En esa ocasión, el veterano José Pérez Cela falleció en la torre de Santa María. Cayó despedido por la inercia de una campana desde unos cuatro metros de alto. Por ello, cada repique requiere una concentración mental y un oído muy educado. Cualquier sonido extraño puede alertar sobre una falla en cuerdas o campanas.

El sonido de las campanas ha servido históricamente como medio de difusión. Las comunidades reconocían códigos precisos para coordinarse ante emergencias. Los repiques avisaban sobre la llegada de tropas enemigas en tiempos de guerra. También alertaban de forma inmediata sobre graves incendios o inundaciones. Había toques fúnebres detallados que indicaban la edad y clase del difunto. Hoy, se invita a los visitantes a las jornadas de puertas abiertas en Santiago. La estrecha escalera de caracol guía a grupos pequeños a contemplar el bronce. Oír este milenario espectáculo deja sin duda una profunda huella en el alma.