¿Qué convirtió la sucesión española en una de las guerras más sangrientas del siglo XVIII?
Un ujier cerró las puertas del Alcázar mientras los mensajeros corrían hacia los aposentos reales. La noticia de la muerte de Carlos II empezó a pasar de boca en boca entre cortesanos, criados y embajadores que llevaban meses pendientes del estado del monarca. Nadie podía señalar a un heredero nacido de la sangre del rey y cada conversación terminaba en la misma disputa sobre el futuro de la Corona.
Algunos funcionarios revisaron documentos y sellos antes del amanecer, temiendo que cualquier retraso abriera nuevas peleas dentro de palacio. Fuera de Madrid, otras cortes europeas ya calculaban qué podía ganar cada dinastía con el vacío dejado por el último Habsburgo español. Noviembre de 1700 convirtió una sucesión dinástica en el arranque de una guerra que alteró el equilibrio político del continente.
Felipe de Anjou recibió la Corona tras largas presiones
La guerra de Sucesión española enfrentó entre 1701 y 1714 a las principales potencias europeas por el control de la Monarquía Hispánica. Según History Encyclopedia, el conflicto arrancó tras la muerte sin descendencia de Carlos II y acabó con Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, confirmado como Felipe V de España.
Frente al candidato borbónico apareció el archiduque Carlos de Austria, respaldado por la Gran Alianza formada por Inglaterra, la República Holandesa y el Sacro Imperio Romano Germánico. La disputa se extendió por Europa, América y el Mediterráneo mientras cada potencia intentaba impedir que su rival reuniera demasiado poder.
Antes de la guerra, Luis XIV y Guillermo III habían intentado evitar un choque continental mediante acuerdos secretos. El Primer Tratado de Partición apostó por José Fernando de Baviera como heredero de consenso, aunque su muerte obligó a negociar otra salida.
En el Segundo Tratado de Partición, Francia y las potencias aliadas llegaron incluso a plantear el reparto de territorios españoles entre distintas coronas europeas. La nobleza española reaccionó con hostilidad ante esa posibilidad y presionó a Carlos II para dejar intacta la monarquía. Poco antes de morir, el rey nombró heredero a Felipe de Anjou con la intención de impedir el desmembramiento territorial del imperio.
Felipe V dividió Europa y abrió la guerra continental
La proclamación de Felipe V alarmó a las cortes europeas. Francia veía la ocasión de ampliar su influencia continental mediante la llegada de un Borbón al trono español, mientras Austria defendía la continuidad de la Casa de Habsburgo. Inglaterra y Holanda rechazaban tanto la supremacía francesa como el regreso del dominio dinástico austríaco y defendían una política de equilibrio entre potencias.
Dentro de la Monarquía Hispánica también aparecieron divisiones. Castilla respaldó mayoritariamente a Felipe V con la esperanza de reforzar una estructura política más unificada, mientras gran parte de Aragón apoyó al archiduque Carlos por temor a perder sus fueros e instituciones propias.
Luis XIV decidió mover primero sus tropas en 1701 y envió ejércitos a los Países Bajos españoles y al norte de Italia. Los franceses ocuparon plazas importantes y amenazaron la Barrera Holandesa, una cadena de fortalezas creada para proteger las Provincias Unidas.
El emperador Leopoldo respondió enviando al príncipe Eugenio de Saboya, que frenó a los franceses en Italia, mientras John Churchill, duque de Marlborough, organizaba un ejército multinacional en los Países Bajos. History Encyclopedia recoge que Marlborough buscaba una batalla decisiva contra Francia, aunque los oficiales holandeses preferían avanzar mediante asedios y capturas de fortalezas.
Marlborough derrotó a Francia durante la batalla de Blenheim
La guerra cambió de ritmo en 1704. Marlborough recorrió unos 400 kilómetros para unirse al príncipe Eugenio y detener el avance franco-bávaro hacia Viena. Winston Churchill, primer ministro británico muchos años después y descendiente del duque, describió aquella marcha como “una oruga escarlata” que avanzaba por Europa arrastrando la guerra consigo.
La batalla de Höchstädt, conocida también como Blenheim, terminó con una derrota severa para Francia y Baviera. Los aliados causaron miles de bajas y capturaron a numerosos soldados enemigos, incluido un comandante francés. Aquella victoria salvó Viena, apartó a Baviera del conflicto y destruyó la fama de invencibilidad de los ejércitos de Luis XIV.
El conflicto siguió creciendo durante los años siguientes. El archiduque Carlos desembarcó en Lisboa en 1704 para abrir un frente en la península ibérica y una fuerza anglo-holandesa arrebató Gibraltar a los españoles. Francia intentó recuperarlo por mar y provocó la batalla naval de Málaga, aunque ninguna flota consiguió imponerse con claridad.
En Flandes, Marlborough obtuvo otra victoria importante en Ramillies en 1706, mientras el príncipe Eugenio rompía el asedio francés sobre Turín. Pese a esos reveses, Felipe V mantuvo apoyos suficientes dentro de España y la guerra empezó a desgastar a todos los contendientes.
Luis XIV rechazó expulsar a Felipe V del trono
La batalla de Malplaquet, en septiembre de 1709, mostró hasta qué punto el conflicto había agotado a Europa. Los aliados vencieron, aunque perdieron cerca de 22.000 hombres en ataques frontales contra las posiciones francesas. El príncipe Eugenio resultó herido y el ejército de Luis XIV logró retirarse sin quedar destruido.
Mientras crecían las bajas y el cansancio político, las conversaciones de paz se rompieron cuando los aliados exigieron que Francia ayudara a expulsar del trono español al propio Felipe V. Luis XIV, su abuelo, rechazó esa condición y la guerra continuó.
Todo cambió en 1711 con la muerte del emperador José I. El archiduque Carlos heredó el título imperial y británicos y holandeses empezaron a temer una unión entre Austria y España parecida a la que habían intentado evitar con Francia.
El Tratado de Utrecht confirmó a Felipe V en España
Las negociaciones desembocaron en el Congreso de Utrecht y, finalmente, en el Tratado de Utrecht de 1713 y los acuerdos de Rastatt y Baden de 1714. Felipe V conservó el trono español, aunque renunció a sus derechos sobre Francia. Gran Bretaña salió reforzada con Gibraltar, Menorca y privilegios comerciales en América, mientras Austria recibió territorios italianos y los Países Bajos españoles.
Francia logró colocar a un Borbón en Madrid y aquella dinastía continúa en el trono español más de tres siglos después, aunque la guerra dejó al reino francés con el tesoro exhausto y al borde de la quiebra.