La curiosa historia por la que este precioso palacio extremeño del siglo XV es conocido como “la casa de los trucos”
El Palacio de Galarza, situado en la calle General Ezponda de la ciudad de Cáceres, es un emblemático edificio civil del siglo XV que esconde tras sus muros una de las historias más fascinantes de Extremadura. Su origen se remonta a la época en que el banquero judío y último rabino cacereño, Sergas Cohen, ordenó su edificación fuera del recinto amurallado de la villa. Este singular palacio, que se encuentra a muy pocos metros de la Plaza Mayor, destaca por su imponente arquitectura que ha sabido resistir el paso de los siglos y las sucesivas transformaciones.
Hoy en día, el histórico inmueble funciona como sede de diversas dependencias pertenecientes al obispado de Coria-Cáceres, manteniendo vivo un legado cultural que atrae a numerosos visitantes y curiosos que pasean por la zona. Tras el decreto de expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos, la familia Cohen se vio obligada a vender esta propiedad a Diego González Messía y su esposa María de Ovando. A comienzos del siglo XVI, su nieto Diego Messía de Ovando inició las primeras remodelaciones del palacio, el cual pasaría después a manos de la familia Velázquez Dávila. Finalmente, el inmueble fue adquirido por el influyente obispo don Pedro García de Galarza, quien impulsó una profunda reforma plateresca.
Desde entonces, el edificio tomó su nombre y se convirtió en un símbolo de la influencia de este prelado, que gobernó la diócesis por 24 años, dejando una huella imborrable en el patrimonio local. La fisonomía exterior de este singular palacio destaca por una impresionante torre desmochada que fue construida en el siglo XV y posteriormente integrada en el edificio. En una de sus esquinas se abre una bellísima ventana renacentista con mainel de mármol, capitel corintio y arco de medio punto decorado con refinados relieves de grutescos y el escudo del obispo. Debajo de esta ventana, un balcón de hierro recorre el perímetro de la torre sobre robustos modillones, mientras que en su interior se esconde un bellísimo patio.
Este patio interior destaca por sus arcos escarzanos sostenidos por cinco esbeltas columnas y un antepecho decorado con motivos de grifos, jarrones y elementos vegetales de la época protorrenacentista, que realzan la riqueza artística del palacio. La denominación popular como la Casa de los Trucos proviene de dos explicaciones muy sugerentes. Por un lado, se cuenta que su primer dueño, el banquero judío Sergas Cohen, diseñó en su interior una gran cantidad de habitaciones secretas y pasadizos ocultos para su seguridad personal. Por otro lado, la lingüística aporta una interesante razón histórica, ya que antiguamente la palabra truco se empleaba para designar a las trampillas, las puertas disimuladas o los escapes trucados que existían en las viviendas nobiliarias. De este modo, la presencia de estas ingeniosas estructuras subterráneas y conductos ocultos concedió al edificio este enigmático sobrenombre.
Este misterioso entramado de pasadizos ocultos cobra protagonismo en una intriga de Estado que involucra al mismísimo rey Felipe II. En 1580, el monarca español derrotó a su rival Antonio, Prior de Crato, y fue proclamado rey de Portugal, unificando ambas coronas. Sin embargo, al enterarse de que el Prior tenía un hijo ilegítimo en la villa de Barcelos, el soberano temió que el pueblo luso se levantara en armas en favor de este vástago para derrocar su mandato. Para evitar cualquier levantamiento popular, el rey decidió ordenar a un grupo de experimentados tercios españoles el secuestro inmediato del pequeño heredero portugués para trasladarlo en el más absoluto secreto hasta la villa cacereña.
Usos diversos
Una vez en Cáceres, el rey entregó la custodia del niño al obispo Galarza mediante una carta confidencial de tres mandatos muy rigurosos. El primero exigía que el infante creciera y fuera educado como un noble más entre los sobrinos del prelado; el segundo prohibía revelarle jamás su verdadero origen real portugués; y el tercero ordenaba mantener un celo absoluto para que el pequeño nunca se relacionara con ningún súbdito de Portugal. El niño fue recluido en el palacio, donde pasó sus días oculto de la vista del mundo, sin conocer su propia identidad ni el gran secreto de su origen, alimentando una de las leyendas más fascinantes de toda la región.
Se cuenta tradicionalmente que existía un pasadizo secreto subterráneo que unía el Palacio Episcopal con la Casa de los Trucos, por el cual el rey Felipe II transitaba para observar al pequeño infante sin ser visto por nadie en sus visitas. Tras siglos de misterios y cambios de propietarios que convirtieron el palacio en farmacia, billar, colegio o residencia de las Damas Apostólicas, el obispado de Coria-Cáceres lo recuperó en 1996. Hoy el edificio sirve como la Casa de la Iglesia, acogiendo diversas actividades diocesanas y custodiando entre sus históricas piedras un pasado repleto de secretos, conspiraciones de la corte y leyendas que continúan vivas en el corazón de Cáceres.