El curioso museo de este pequeño pueblo de Ávila que alberga miles de juguetes de hojalata

La sierra de Gredos, concretamente en el pintoresco municipio de Candeleda, alberga un tesoro que despierta la nostalgia de propios y extraños al llegar a su Plaza Mayor. La emblemática Casa de las Flores, construida en 1862, recibe a los visitantes con sus ocho balconadas repletas de macetas, un edificio que no solo destaca por su fachada neomudéjar única en la localidad, sino por albergar en su interior un universo de fantasía que ha cautivado a miles de personas. Cruzar su umbral es adentrarse en un espacio donde el tiempo parece haberse detenido entre láminas de acero y mecanismos de cuerda perfectamente conservados por sus propietarios. Se trata del Museo del juguete de hojalata, que se ha convertido en un punto de referencia cultural ineludible en la provincia de Ávila, atrayendo a familias que buscan una experiencia educativa y emocional.

La combinación de arquitectura tradicional y una colección privada de valor incalculable convierte cada rincón en una parada obligatoria para cualquier viajero. Es aquí donde la historia de la infancia recobra vida a través de miles de piezas que narran la evolución de la sociedad. Este rincón abulense es mucho más que una simple exposición, es un homenaje a la ilusión y al ingenio de los antiguos artesanos. El alma de este proyecto es Paco Gil, cuya pasión por el coleccionismo comenzó en su juventud buscando soportes para sus libros en viejas tiendas madrileñas. Lo que empezó con la adquisición de planchas y radios antiguas se transformó, con el paso de las décadas, en una de las colecciones de juguetes más impresionantes de España. 

Y es que hoy en día, este museo cuenta con más de 3.000 piezas distribuidas meticulosamente en doce salas a lo largo de tres plantas. El recorrido está diseñado para ser un viaje al corazón de la niñez, sirviendo como puente intergeneracional entre abuelos, padres e hijos, una auténtica cámara del tiempo donde el visitante olvida el presente para reencontrarse con sus recuerdos más antiguos. Cada juguete expuesto ha sido seleccionado y gestionado con cuidado, rescatando objetos que muchas familias descartaron por el paso de la tecnología moderna. De hecho, nada funciona con pilas, sino con pura mecánica. Esta dedicación personal ha permitido que piezas únicas sobrevivan al olvido y sigan contando sus historias a las nuevas generaciones que lo visitan.

La exposición se organiza en cuatro grandes bloques temáticos que guían al visitante por diferentes etapas y procedencias del juguete de hojalata. El primer sector, titulado Infancia de hojalata, presenta una asombrosa colección de vehículos y figuras que superan los cien años de antigüedad. Aviones de hélice, barcos de vapor, trenes detallados y coches de época emulan el mundo de los mayores de principios del siglo veinte. Estas piezas no solo son objetos de juego, sino auténticos testimonios biográficos de una era donde la durabilidad y el detalle eran primordiales. 

Muchas de estas joyas mecánicas fueron fabricadas en la mítica localidad de Ibi, en Alicante, por casas tan famosas como Payá o Rico. Los visitantes pueden observar cómo estos juguetes imitaban la realidad técnica de su tiempo, desde los primeros modelos de Ford hasta locomotoras históricas. El brillo del metal y la precisión de los engranajes de acero capturan la atención de los niños, quienes descubren una forma de diversión física. Caminar entre estas vitrinas es entender la sofisticación que alcanzaron los primeros fabricantes españoles en un mercado que apenas comenzaba a expandirse.

Continuando el recorrido, la sección dedicada a los Juguetes del mundo ofrece una perspectiva internacional sobre la evolución de la industria de la hojalata. En esta parte del museo, el visitante viaja hasta Alemania, pasando por Rusia, China, Rumanía e incluso destinos como Madagascar o la India. Es muy interesante comparar las técnicas de fabricación, como la alta calidad de los tractores checoslovacos frente a la ligereza de los modelos coreanos. Los modelos de algunos países, como los rusos, suelen exponerse junto a sus cajas originales, un elemento que duplica el valor para cualquier gran coleccionista. Encontramos curiosidades como lanzaderas espaciales fabricadas a partir de latas de conserva recicladas tras las carestías de las grandes guerras mundiales. Esta diversidad geográfica permite entender cómo cada cultura plasmaba sus propios avances tecnológicos y modas estéticas en los juguetes de sus niños. 

Un aspecto distintivo de este museo es su integración con objetos de otra época, funcionando casi como un pequeño museo etnográfico. Aquí se exhiben utensilios comunes de finales del siglo XIX y principios del XX que a menudo sirvieron de inspiración para los juguetes. Máquinas de escribir rudimentarias, gramófonos de 1880, planchas de carbón y radios de galena comparten espacio con las miniaturas que los imitaban. El visitante puede descubrir el origen de términos populares como la “perra gorda” o entender por qué a los enchufes múltiples los llamamos “ladrones”. Esta parte de la colección ayuda a contextualizar la vida cotidiana de nuestros antepasados, ofreciendo una visión pedagógica sobre la evolución del hogar. Es sorprendente ver cocinillas de juguete que utilizaban agua y fuego real o casas de muñecas con un nivel de detalle arquitectónico abrumador. También se muestran elementos curiosos como candiles de carburo o barreños reparados con lañas. 

El proceso de elaboración de estas piezas es un arte artesanal que transformaba simples láminas de acero en auténticos sueños mecánicos con movimiento. Todo comenzaba con un diseño a escala y un prototipo tallado en madera para crear los patrones que luego se imprimirían en el metal. La técnica de la litografía permitía aplicar colores y motivos directamente sobre la chapa, dotando de un realismo asombroso a cada modelo producido. Posteriormente, mediante prensas y cizallas, se obtenían las formas definitivas que se ensamblaban a mano doblando pequeñas pestañas metálicas con alicates. 

El alma de cada juguete residía en su motor de cuerda, un sistema complejo de engranajes y resortes que permitía su funcionamiento. En España, esta industria alcanzó su cenit antes de que la competencia extranjera y los nuevos materiales cambiaran las reglas del mercado juguetero. Resulta revelador saber que desde 1984 ya no se fabrica ningún juguete de hojalata en nuestro país, lo que aumenta el valor histórico de la colección. El museo se encarga de explicar estas técnicas para que el visitante valore el esfuerzo humano detrás de cada coche, avión o muñeco.

Se puede tocar

La cuarta sección del museo, denominada Colección de Enrique y Nieves, abarca un periodo más reciente que va desde 1940 hasta la actualidad. En este espacio se guardan los juguetes de los hijos de los fundadores junto a piezas que marcaron a varias generaciones de posguerra. Es posible encontrar desde los clásicos Clicks de Playmobil y figuras de Disney hasta los famosos Juegos Reunidos o la muñeca Mariquita Pérez. La recopilación llega incluso hasta la época del Tamagochi, pero también hay espacio para elementos escolares antiguos, como enciclopedias, cartillas de racionamiento y pupitres de madera que recrean las aulas del siglo pasado. Esta sección permite que incluso los visitantes más jóvenes encuentren juguetes que sus padres utilizaron, como canicas, chapas o jugadores de fútbol de sobremesa, facilitando el diálogo entre diferentes edades. 

Lo que hace que este museo de Ávila sea verdaderamente especial para los niños es su carácter interactivo y la posibilidad de jugar. A diferencia de otros museos donde solo se permite mirar, aquí los más pequeños pueden montarse en grandes coches de pedales. Equipados con cascos de cuero de época, los niños disfrutan circulando por las salas y sintiendo la mecánica de juguetes que no dependen de pantallas. Esta experiencia táctil les permite conectar de forma directa con el pasado y entender cómo se divertían sus abuelos sin tecnología electrónica. El museo también permite que los visitantes se fotografíen en un pupitre de mediados del siglo XX, convirtiéndose en alumnos de otra era. Estas actividades fomentan una participación activa que convierte la visita en una fiesta para los sentidos y una aventura educativa inolvidable.