La fascinante y viajera vida de la malagueña Anita Delgado: de modesta bailarina a maharaní en la India

Alberto Gómez

22 de abril de 2026 11:31 h

Ana María Delgado Briones nació el 8 de febrero de 1890 en Málaga, en el seno de una familia humilde que regentaba el café La Castaña. Su infancia estuvo marcada por la timidez y unas clases de declamación destinadas a corregir su tartamudeo mientras aprendía a recitar coplas populares. Sin embargo, la precaria situación económica obligó a sus padres a cerrar el negocio familiar y buscar un futuro mejor en la capital. Fue en Madrid donde la joven malagueña, junto a su hermana Victoria, inició su formación artística bajo la guía de maestros locales. Aquellas niñas malagueñas pronto se transformarían en “Las Hermanas Camelias”, un dúo de variedades que buscaba su lugar en los escenarios madrileños. Nada hacía presagiar entonces que el destino de Anita daría un giro de 180 grados hacia un reino lejano y exótico.

Y es que la vida de Ana María o Anita Delgado estaba a punto de cruzarse con la de un soberano oriental en una España de grandes celebraciones reales. Aquella modesta bailarina pronto se vería envuelta en una historia de amor que traspasaría fronteras y culturas milenarias. Concretamente, el año 1906 fue decisivo cuando Madrid se engalanó para la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg. Entre la multitud de dignatarios internacionales se encontraba Jagatjit Singh, el maharajá de Kapurthala, quien quedó hipnotizado al ver a Anita. El encuentro se produjo en el Central Kursaal, un teatro de variedades donde las hermanas trabajaban como teloneras de figuras como Mata-Hari. Aquel recinto era frecuentado por intelectuales como Valle-Inclán y Julio Romero de Torres, testigos del flechazo del príncipe indio.

A pesar de la fascinación de Singh, aquella mujer de tan solo 16 años rechazó inicialmente sus pretensiones ante la incredulidad de su propia familia. El maharajá abandonó la ciudad tras el atentado de la calle Mayor, pero no desistió en su empeño de conquistarla. La correspondencia entre ambos comenzó entonces, marcando el inicio de una de las historias de amor más románticas de la época. Ella pronto entendería que su vida no volvería a ser la misma tras aquel encuentro fortuito en la capital. Las primeras cartas de la joven bailarina eran sencillas y algo pueriles, lo que llevó a sus amigos intelectuales a intervenir directamente. Ramón María del Valle-Inclán, temiendo que la caligrafía de Anita arruinara su futuro, redactó él mismo las misivas de respuesta. El maharajá se enamoró, sin saberlo, de la prosa de las mejores letras españolas, aceptando finalmente las condiciones para el enlace. 

El acuerdo incluía que Anita fuera educada en París por institutrices para adquirir los modales necesarios de una futura princesa. Durante su estancia francesa, aprendió idiomas, protocolo, equitación y música, moldeándose a la imagen que el soberano indio deseaba. El matrimonio civil se celebró en la capital francesa antes de emprender el gran viaje hacia el corazón del Punjab. Aquella modesta artista malagueña dejaba atrás su tierra para convertirse oficialmente en la maharaní Prem Kaur. Su transformación de bailarina a nobleza fue un proceso de intenso estudio y adaptación a un mundo nuevo.

La llegada a la India en 1908 fue un despliegue de majestuosidad sin precedentes, culminando con una boda por el rito sij. Anita, montada sobre un elefante lujosamente adornado, fue recibida con celebraciones que duraron diez días en la lejana Kapurthala. Su marido, un hombre de educación refinada, había mandado construir un palacio inspirado en Versalles para su nueva esposa. Allí, la joven malagueña se encontró rodeada de un lujo inimaginable, con 500 sirvientes y 12 mansiones a su disposición. A pesar de la cultura local, ella se impuso como una princesa moderna que vestía a la europea y practicaba deportes. Pintaba acuarelas, cazaba, jugaba al tenis y bebía champán, convirtiéndose en un motivo de escándalo para la sociedad tradicional. Su libertad personal fue respetada por Singh, quien siempre la consideró su esposa favorita dentro de la corte. 

Anita demostró una gran apertura mental al adaptarse a un país con una cultura tan diferente a la propia. En 1908 nació su único hijo, el príncipe Ajit Singh, a quien Anita se encargó de transmitir la lengua y cultura españolas. La vida en la “cárcel dorada” de la India no impidió que la maharaní demostrara una gran fortaleza y compromiso social. Durante la Primera Guerra Mundial, se trasladó a Londres para realizar trabajos de voluntariado en diversos hospitales franco-británicos. En su palacio indio, organizó la confección de uniformes para los soldados sijs que luchaban en el frente europeo. Estas acciones le valieron diplomas de reconocimiento de la Cruz Roja y del gobierno de Francia por su generosidad. 

Además de sus labores humanitarias, Anita fue una prolífica escritora que dejó constancia de sus vivencias en diversos diarios y cartas. Su libro “Impresiones de mis viajes a las Indias” documenta sus expediciones diplomáticas y su constante asombro ante el país. Esta obra revela su faceta intelectual y su mirada curiosa sobre la realidad social que la rodeaba. Sin embargo, la felicidad del matrimonio comenzó a resquebrajarse hacia 1920, cuando una grave dolencia de corazón obligó a Anita a retirarse. Pasó largas temporadas recuperándose en el clima más suave de Cachemira, alejada de las intrigas de la corte de Kapurthala. Esta ausencia fue aprovechada por otras mujeres que captaron la atención del maharajá, fracturando definitivamente la relación de la pareja. 

Tras 18 años de convivencia, y esperando a que su hijo fuera mayor de edad, decidieron separarse en 1925. El acuerdo de separación fue extraordinariamente generoso, garantizándole una pensión vitalicia, la nacionalidad india y el título de maharaní. Aunque nunca llegaron a divorciarse formalmente, Anita regresó a Europa para recuperar su independencia y las riendas de su vida. Instaló su residencia principal en una lujosa mansión en París, donde continuó brillando como una figura cosmopolita. Su partida marcó el fin de una era dorada, pero el inicio de su libertad personal.

Final en Madrid

De regreso en el viejo continente, la princesa malagueña vivió una existencia nómada entre París, Madrid y su querida Málaga. En su etapa parisina, organizaba recepciones y mantenía contacto con las personalidades más ilustres de la sociedad internacional. Sin embargo, los conflictos bélicos marcaron su itinerario, obligándola a refugiarse en Bretaña durante la Guerra Civil. Posteriormente, pasó la Segunda Guerra Mundial en Portugal. A pesar de la distancia física, la noticia de la muerte de Jagatjit Singh en 1949 le afectó profundamente, guardando luto por el hombre que la coronó. Fue entonces cuando decidió establecerse definitivamente en Madrid, rodeada de sus recuerdos y sus valiosas joyas. Aquella mujer viajera nunca olvidó las tierras lejanas que una vez fueron su hogar y su destino.

En la capital de España, Anita Delgado no dejó de ser una mujer valiente y alegre que atraía el interés de todos. Su belleza magnética y su historia de película la convirtieron en protagonista de diversos idilios y amistades artísticas. Se le atribuyó un romance con el famoso torero Juan Belmonte. Su legado artístico y personal fue custodiado por su sobrina Victoria, quien promovió la redacción de su biografía oficial. Hoy en día, su colección de joyas, que incluye la famosa esmeralda en forma de luna, se exhibe en museos internacionales. Su vida sigue siendo fuente de inspiración para libros y documentales que rescatan su extraordinaria trayectoria. Fue una mujer que supo vivir intensamente cada capítulo de su fascinante biografía.