Los huesos de elefantes gigantes cuentan algo extraño: caminaron cientos de kilómetros antes de acabar en manos neandertales
Un grupo humano que decide enfrentarse a un animal de varias toneladas necesita algo más que fuerza bruta. Las cacerías complejas contra animales enormes implicaban reunir a varios individuos, coordinar movimientos y asumir riesgos que podían acabar mal en segundos. Para abatir una sola presa de ese tamaño no bastaba con uno o dos cazadores, hacía falta una acción conjunta donde cada participante tenía un papel claro.
Algunos podían dirigir el desplazamiento del animal, otros esperar en puntos estratégicos y otros encargarse del golpe final. Ese tipo de organización exige comunicación, experiencia y conocimiento del terreno, porque un error dejaba al grupo expuesto.
Un estudio reciente reconstruye la vida de grandes proboscídeos antiguos
Ese modo de actuar encaja con un estudio reciente que reconstruye cómo vivían y se movían grandes elefantes del Pleistoceno y cómo eran cazados por neandertales. Un equipo internacional analizó los dientes fosilizados de cuatro ejemplares de Palaeoloxodon antiquus y logró reconstruir sus desplazamientos, su dieta y su sexo.
El trabajo se apoya en técnicas químicas aplicadas al esmalte dental que conserva señales del entorno durante años. Esa información permite relacionar los movimientos de los animales con las decisiones de los grupos humanos que los cazaban.
Para llegar a esos resultados, los investigadores utilizaron análisis de isótopos de estroncio, carbono y oxígeno junto con técnicas de paleoproteómica. El esmalte dental se forma poco a poco y guarda un registro químico que refleja dónde estuvo el animal y qué comió en distintos momentos de su vida.
Elena Armaroli, de la Universidad de Modena y Reggio Emilia, explicó que “gracias a los análisis de isótopos podemos seguir los movimientos de los elefantes casi como si tuviéramos un diario de sus viajes”. Los estudios de estroncio se realizaron en el centro FIERCE de la Universidad Goethe de Frankfurt bajo la dirección de Wolfgang Müller, mientras que los análisis de carbono y oxígeno se llevaron a cabo en el Instituto Max Planck de Química de Maguncia.
Ese mismo enfoque permitió determinar el sexo de los animales mediante proteínas extraídas del esmalte. De los cuatro ejemplares, tres eran machos y uno probablemente hembra. Dos de esos machos presentaban señales químicas que no coincidían con el entorno donde aparecieron sus restos, lo que indica que habían vivido en otros lugares.
Este patrón coincide con lo observado en elefantes actuales, donde los machos se desplazan más y ocupan áreas más amplias. Federico Lugli, de la UNIMORE, indicó que “sus dientes muestran que recorrían distancias muy grandes antes de llegar a Neumark-Nord”.
El yacimiento alemán concentra decenas de animales abatidos por neandertales
El lugar donde aparecieron los restos aporta otra pieza del puzle. Neumark-Nord, en Saxonia-Anhalt, fue una antigua zona lacustre donde se han encontrado más de 70 elefantes abatidos por neandertales durante el último periodo interglaciar, hace unos 125.000 años. Las excavaciones asociadas a la minería de lignito sacaron a la luz una concentración de fósiles poco habitual en Europa. Esa acumulación permite estudiar no solo a los animales, sino también la forma en que los grupos humanos actuaban en ese entorno.
La distribución de los restos y la edad de los animales indican que no se trataba de encuentros casuales con animales muertos. Armaroli señaló que “todo apunta a una caza organizada en la que incluso presas de gran tamaño eran abatidas de forma planificada”. Esa idea implica cooperación y un reparto de tareas dentro del grupo.
Sabine Gaudzinski-Windheuser, directora de MONREPOS, afirmó que “lo que vemos no es mera supervivencia, sino una población que entendía su entorno y actuaba de forma compleja durante al menos 2.500 años”. En ese paisaje, los neandertales no solo cazaban, también procesaban los cuerpos en distintos puntos, extraían grasa a gran escala y consumían recursos vegetales como avellanas y bellotas.
Los datos de movilidad muestran recorridos de cientos de kilómetros
Los datos sobre movilidad añaden otra capa a esa imagen. Al menos dos de los elefantes analizados habían recorrido hasta 300 kilómetros antes de morir. Ese detalle muestra que los animales no permanecían siempre en la misma zona y que los grupos humanos tenían que adaptarse a esos movimientos.
Thomas Tütken, de la Universidad de Maguncia, explicó que “los datos indican que algunos machos pasaron parte de su juventud fuera de la región, pero no permiten saber si Neumark era un punto de reunión o una población residente”. Para aclararlo, el equipo ha iniciado estudios genéticos que buscan entender cómo se organizaban esos animales y cómo influía eso en las estrategias de caza.
Todo el conjunto encaja en una imagen más amplia. El estudio de los molares no solo revela cómo vivían los elefantes, también dibuja a grupos humanos que sabían organizarse para enfrentarse a animales mucho más grandes que ellos y sacar partido de cada captura en un entorno que utilizaban de forma repetida.