Los neandertales de lo que hoy es Madrid dejaron un rastro de cráneos de reses que plantea nuevas preguntas sobre su comportamiento

El trabajo con restos animales suele revelar mucho más que una dieta o una estrategia de caza. Permite rastrear hábitos y creencias que dejaron su huella en la piedra y en el hueso. En el caso de los neandertales, la presencia repetida de cráneos de reses sugiere algo más que una simple actividad de subsistencia.

Esos restos muestran un patrón: las cabezas aparecen sin mandíbulas ni maxilares, pero con señales de corte que delatan una manipulación precisa. Todo apunta a un tipo de práctica que requería esfuerzo y decisión, repetida en lugares concretos y a lo largo del tiempo. Esa constancia invita a pensar en un gesto cargado de sentido, y el hallazgo en una cueva madrileña ha permitido comprobarlo con una claridad poco habitual.

Un hallazgo en Madrid confirma que aquellos grupos repetían el mismo gesto durante generaciones

Un equipo de investigadores españoles, dirigido por Enrique Baquedano y Juan Luis Arsuaga, publicó en Archaeological and Anthropological Sciences un estudio que detalla cómo la acumulación de cráneos en la Cueva Des-Cubierta, en Pinilla del Valle, no fue un hecho puntual. Según el artículo, los análisis confirman que los neandertales regresaron varias veces al mismo punto para depositar cabezas de grandes herbívoros, en un gesto simbólico que se repitió durante generaciones.

La investigación, liderada por Lucía Villaescusa, aplicó por primera vez técnicas geoestadísticas avanzadas al registro de este yacimiento. Cada fragmento de roca, hueso y herramienta se trató como una coordenada en el espacio, lo que permitió reconstruir cómo se formó el depósito. En total se analizaron más de 3000 fragmentos geológicos y 6000 objetos arqueológicos.

Los resultados mostraron que los restos arqueológicos se concentraban en la zona sur de la galería, mientras las rocas caídas del techo lo hacían en el centro. Esa separación espacial demostró que los derrumbes no habían arrastrado los cráneos de su posición original.

El cono de piedras se formó mientras los neandertales repetían su gesto durante siglos

El patrón de distribución reveló la existencia de un cono de derrubios: una acumulación de piedras procedentes del techo, generada por desprendimientos sucesivos durante un periodo glacial. Este cono creció por fases, dejando huecos entre una y otra, y sirvió de soporte para los depósitos de cráneos y herramientas.

La primera gran caída de rocas habría abierto una claraboya natural por la que los grupos humanos accedían a la galería. Los restos arqueológicos aparecieron justo encima de la base de ese cono, lo que indica que la actividad comenzó después de aquel derrumbe inicial.

Los primeros hallazgos en la Cueva Des-Cubierta mostraron desde el principio algo fuera de lo común. En su Nivel 3, de unos dos metros de espesor, aparecieron al menos 35 cráneos de bisontes, ciervos y rinocerontes. Ninguno conservaba la mandíbula y muchos presentaban cortes limpios realizados con herramientas de piedra. El conjunto no encajaba con un campamento ni con un refugio de animales.

El estudio del refitting óseo ayudó a entender mejor cómo se había formado el depósito. Se identificaron 60 uniones entre 194 fragmentos, y casi todas estaban a menos de 50 centímetros entre sí. Eso indica que los derrumbes fracturaron los cráneos pero no los desplazaron. La conservación fue desigual: los ejemplares mejor preservados se hallaron en la zona central y norte, donde las laderas del cono ofrecían mayor protección, mientras los fragmentados se acumularon en el sur, más expuesto. El único cráneo de rinoceronte casi completo se encontraba en la base del nivel arqueológico, protegido por la primera capa de derrubios.

Las pruebas consolidan la idea de una tradición transmitida entre generaciones

La repetición del gesto de entrar, dejar los cráneos y marcharse, eliminó la idea de un accidente o un vertedero natural. Según La Brújula Verde, los neandertales procesaban las cabezas fuera de la cueva, retirando tejidos blandos y transportándolas después al interior. No hay señales de banquetes ni de actividades domésticas, solo una práctica mantenida en el tiempo.

Esa constancia implica transmisión cultural. Alguien enseñaba que ese lugar era especial y que allí se actuaba de una manera precisa. El registro de la Cueva Des-Cubierta, con sus fases de derrumbe y sus depósitos sucesivos, conserva la huella material de esa enseñanza. Los grupos volvían con el tiempo al mismo lugar y repetían el gesto con cuidado, dejando cada vez nuevas pruebas de una costumbre que formaba parte de su vida.