Esta es la leyenda que aguarda el castillo que es considerado como uno de los mejores conservados de toda esta provincia
En Villanañe, dentro del valle de Valdegovía, se alza una estructura imponente que desafía el paso de los siglos. La torre-palacio de los Varona no es solo un edificio histórico, sino que para muchos expertos se trata del conjunto fortificado mejor conservado de toda la provincia de Álava, destacándose por su arquitectura militar del siglo XIV. Desde su posición estratégica, esta joya patrimonial domina las tierras circundantes, permitiendo a los visitantes imaginar una época donde la vigilancia de los caminos entre Castilla y la costa era vital. Su silueta de piedra, recientemente restaurada, sigue proyectando un aire de nobleza y misterio que cautiva a quienes se acercan a descubrir sus secretos hoy en día. Esta joya patrimonial, catalogada como Monumento Nacional, es un testimonio vivo de la resiliencia de un linaje que ha sabido proteger sus muros contra el olvido.
El complejo arquitectónico se divide armoniosamente en dos partes diferenciadas: la torre de ajustada sillería y el palacio que se le adosó posteriormente para comodidad familiar. Rodeado por un foso de agua que todavía se conserva en gran parte, el edificio mantiene intactos sus elementos defensivos originales, como los matacanes, las almenas y las estrechas saeteras. Cruzar sus puentes es como atravesar un umbral temporal que nos traslada directamente a la Edad Media, cuando la seguridad era la prioridad absoluta de sus moradores. La torre, rematada por elegantes garitones en sus ángulos, sirvió originalmente para controlar las rutas comerciales del pescado y la sal, convirtiéndose en un baluarte fundamental. Su evolución desde una simple estructura de madera hasta la majestuosa torre de piedra del siglo XV refleja la creciente importancia de la familia en la región.
El palacio anexo, construido en el siglo XVI, añadió un aire de sofisticación y confort a la vida de los nobles que allí residían. Este equilibrio entre lo bélico y lo residencial otorga al conjunto una estética única y profundamente evocadora para el viajero. Sin embargo, lo que realmente otorga un carácter legendario a estos muros es la historia de María Pérez, una valiente doncella que vivió hacia el año 1080. En tiempos del Cid Campeador, la península se encontraba sumida en constantes conflictos entre los reinos cristianos de Castilla y Aragón. María, decidida a no quedarse atrás mientras sus hermanos Álvar y Gómez partían a la guerra por el bando de Doña Urraca, tomó una determinación que cambiaría su destino para siempre.
Desafiando las normas sociales de su época, María se vistió con una armadura completa, ocultó su rostro bajo una celada y se unió a las huestes castellanas para defender su estandarte familiar. Su destreza en el manejo de las armas, entrenada desde la juventud en la torre, le permitió cabalgar junto a los caballeros sin que nadie sospechara su verdadera identidad femenina. Esta decisión heroica no solo demostró su lealtad filial, sino que sentó las bases de una de las leyendas más fascinantes de toda la historia alavesa.
La leyenda cuenta que, tras una dura batalla en los campos de Soria, María se encontró sola en la penumbra del atardecer cuando se topó con un guerrero enemigo. Sin saber que se enfrentaba al mismísimo Alfonso el Batallador, rey de Aragón, la joven luchó con un valor extraordinario hasta que su espada se partió en el fragor del combate. A pesar de la desventaja, logró vencer a su oponente y hacerlo prisionero, demostrando una destreza que dejó atónitos a sus compañeros de armas cuando llegó el alba. Fue en ese momento de triunfo cuando su verdadera identidad fue revelada ante el monarca castellano, quien quedó profundamente impresionado por la gran hazaña de la mujer guerrera. La captura de un rey por una dama disfrazada de soldado se convirtió rápidamente en un relato de asombro que recorrió todas las cortes cristianas de la época. Este encuentro fortuito en la oscuridad transformó a una noble doncella en una figura mítica, cuya valentía superaba con creces la de muchos caballeros de renombre.
Al descubrir que aquel soldado victorioso era en realidad una mujer, el rey Alfonso pronunció unas palabras que han quedado grabadas en la historia familiar para siempre: “Habéis obrado, no como débil mujer, sino como fuerte varón”. Por esta razón, el monarca ordenó que ella y todos sus descendientes llevaran en adelante el apellido Varona en lugar del original Pérez. Además, en reconocimiento a su valor, le concedió el honor de usar las armas de Aragón en su escudo, compuesto por cuatro barras sangrientas sobre fondo de oro. Este cambio de apellido marcó el inicio de un linaje que ha mantenido su orgullo y su nombre de forma ininterrumpida a través de las centurias. La transformación del nombre familiar no fue solo un acto de protocolo real, sino el nacimiento de una identidad ligada indisolublemente al valor y la lealtad al trono. Desde aquel día, el apellido Varona ha resonado en el valle de Valdegovía como un sinónimo de nobleza ganada en el campo de batalla.
El escudo heráldico de los Varona presenta una peculiaridad que refuerza la veracidad de la leyenda: las barras aparecen colocadas de forma diagonal en lugar de vertical. Según los estudiosos, esta disposición indica que fueron ganadas como trofeo en el campo de batalla, validando la historia de la captura del rey aragonés por parte de María. Hoy en día, una estatua heráldica de la protagonista, con el yelmo en la mano y la espada en alto, preside el jardín del castillo, recordando a todos su inmortal valentía. Este monumento de piedra no solo representa a una antepasada ilustre, sino que se ha convertido en un símbolo de la igualdad y el coraje femenino en la historia. Alrededor del escudo también se incluyeron ocho espejos por orla, completando una iconografía rica en simbolismo que narra visualmente la gesta de la Varona.
Piezas de incalculable valor
Una de las características más singulares de esta casa-torre es que ha sido habitada por la misma familia desde hace siglos, un hecho prácticamente único en el mundo. Más de 30 señores de Varona han regentado este lugar, y la tradición del mayorazgo ha dictado que el primogénito varón siempre lleve el nombre de Rodrigo. Esta continuidad generacional permite que el castillo no sea un simple museo frío, sino un hogar vivo que respira a través de los recuerdos compartidos. El interior del palacio, además, es un tesoro escondido que guarda piezas de incalculable valor histórico y artístico, conservadas con esmero por la familia a través de los siglos. Destacan especialmente los papeles pintados franceses de 1812, creados a mano en París y considerados entre los mejores de Europa por su colorido y estado. Las estancias están decoradas con suelos de porcelana de Manises que representan escenas del Quijote, así como una impresionante colección de cerámica y arcones tradicionales de gran antigüedad.
En el atrio de entrada, un misterioso rosetón de cantos rodados imita fielmente las dimensiones de la campana mayor de la catedral de Toledo, rodeado por miles de historias locales. Cada mueble de estilo inglés y cada vajilla de la Cartuja de Sevilla cuentan una parte de la evolución de los gustos de la nobleza española a través de los tiempos. La vida cotidiana en el castillo también ha dejado anécdotas curiosas, como la de los habitantes de Villanañe apodados “cantaranas” por su labor de silenciar a los anfibios del foso. Se cuenta que los señores los contrataban para que, durante la siesta, golpearan el agua con varas largas y así evitar el croar de las ranas que interrumpía su descanso. Además, la familia Varona fue pionera en traer la modernidad al valle, siendo su hogar uno de los primeros en contar con energía eléctrica y teléfono en toda la península.
Estos detalles humanizan la grandeza del monumento, mostrándonos una familia que supo evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos sin perder sus raíces ancestrales. La torre funcionaba no solo como defensa, sino como centro neurálgico de la vida social y económica de Valdegovía, donde se tomaban decisiones que afectaban a todo el valle. Visitar la Torre de los Varona es, en definitiva, una experiencia enriquecedora que permite comprender la importancia de preservar nuestro patrimonio histórico y cultural. Esta joya alavesa, abierta al visitante con orgullo, es un puente directo hacia un pasado donde la leyenda y la realidad se funden en un solo abrazo de piedra.