¿Por qué la Luna se está encogiendo y qué implica eso para las futuras bases lunares?
Comenzar de nuevo en otro mundo exige resolver primero lo básico. Las bases lunares como hipotético futuro de la raza humana tendrían que ofrecer aire respirable, protección frente a la radiación y un sistema estable de energía que funcione sin interrupciones, porque fuera de la Tierra no hay margen para fallos largos.
También necesitarían refugios capaces de soportar cambios bruscos de temperatura y sacudidas del terreno, además de agua reciclada y alimentos producidos en espacios cerrados. La logística no se limitaría a levantar módulos habitables, ya que habría que garantizar comunicaciones fiables y rutas seguras para aterrizar y despegar. Todo eso obliga a conocer con detalle el suelo que pisarán los astronautas y a medir hasta qué punto ese terreno puede moverse bajo sus pies.
Un estudio revela que el satélite reduce su tamaño y agrieta su superficie
Esa exigencia técnica encaja con un dato reciente sobre el propio satélite, ya que un estudio publicado en The Planetary Science Journal ha confirmado que la Luna se está encogiendo y que ese proceso genera fallas capaces de provocar temblores que afectan a la superficie.
Según VICE, el satélite ha perdido unos 50 metros de radio en los últimos 200 millones de años, una contracción lenta pero real que somete a tensión su corteza. El trabajo identifica estructuras jóvenes formadas por esa compresión y apunta a que la actividad sísmica lunar seguirá presente mientras el interior continúe enfriándose. Esa conclusión introduce un factor en cualquier plan de asentamiento humano.
El equipo elaboró el primer mapa global completo de pequeñas crestas en los mares lunares, unas formaciones lineales que hasta ahora no se habían catalogado de forma sistemática. Los investigadores localizaron 1.114 nuevas estructuras en la cara visible, lo que eleva el total conocido a 2.634 segmentos distribuidos por las llanuras oscuras de origen volcánico.
La edad media de esas crestas ronda los 124 millones de años, mientras que los grandes escarpes asociados a fallas de empuje en las tierras altas se sitúan en torno a 105 millones. En una cronología de 4.500 millones de años, esas cifras indican que se trata de relieves recientes dentro de la historia lunar.
Los datos muestran además que muchas de esas crestas y los escarpes mayores se conectan físicamente justo en la transición entre las regiones claras elevadas y los mares basálticos, de modo que ambos tipos de relieve responden al mismo proceso de compresión global.
A medida que el interior se enfría y se contrae, la corteza rígida no puede deslizarse como ocurre en la Tierra, así que se fractura y se empuja hacia arriba en determinados puntos. Ese reajuste genera tensiones internas que se liberan en forma de sismos, un fenómeno que ya se conocía desde la época de las misiones Apolo gracias a los instrumentos que quedaron instalados en la superficie en los años setenta.
Tom Watters, científico emérito del Center for Earth and Planetary Studies, explicó en un comunicado que “la detección de crestas jóvenes y pequeñas en los mares y el descubrimiento de su causa completa una imagen global de una Luna dinámica que se contrae”. Por su parte, Cole Nypaver, geólogo posdoctoral en el mismo centro, añadió que “es la primera vez que se documenta la presencia extendida de estructuras similares en los mares lunares”. Ambos subrayan que la identificación detallada de estas fallas amplía el número de posibles focos sísmicos repartidos por la superficie.
El programa Artemis ajusta sus planes mientras incorpora estos datos geológicos
Las misiones Apolo ya registraron temblores que llegaron a prolongarse hasta diez minutos, una duración llamativa si se compara con muchos terremotos terrestres. Aunque en general los sismos lunares presentan menor intensidad que los de la Tierra, algunos alcanzaron magnitudes que obligarían a extremar precauciones en futuras instalaciones habitadas. Esa realidad convierte el mapa de fallas en una herramienta operativa para decidir dónde situar módulos, antenas y plataformas de aterrizaje.
El programa Artemis de la NASA prevé llevar astronautas de nuevo a la superficie antes de que termine la década, pese a los retrasos que han afectado al calendario, y Artemis II aspira a enviar tripulación alrededor de la Luna para explorar regiones no visitadas por humanos.
Nypaver señaló que “estamos en un momento muy emocionante para la ciencia y la exploración lunar”, y afirmó que “una mejor comprensión de la tectónica y de la actividad sísmica beneficiará directamente la seguridad y el éxito científico de esas misiones”.
La planificación de futuras bases depende en parte de esa información geológica, porque elegir un emplazamiento sin evaluar las tensiones del terreno implicaría asumir riesgos innecesarios en un entorno donde cualquier fallo estructural puede tener consecuencias inmediatas sobre la vida de los ocupantes.