Dolor por la muerte de una mascota: ¿puede ser igual de intenso que cuando fallece una persona?

Muchos no se imaginan la vida sin el ronroneo de su gato. Tampoco sin el cariño y la lealtad de su perro, que les acompaña fielmente durante toda su vida. El hueco que ocupan en la familia es tal que el dolor por la muerte de una mascota puede ser tan profundo y angustioso como el de una persona, según muestra una nueva investigación liderada por la Universidad de Missouri (Estados Unidos).

El estudio, titulado No se permiten mascotas: evidencia de que el trastorno de duelo prolongado puede ocurrir después de la muerte de una mascota y publicado en la revista Plos One, encontró que las personas pueden experimentar niveles clínicamente significativos de trastorno de duelo prolongado (DGP) después de la muerte de una mascota. Lo mismo que ocurre en el caso de una persona. 

Pero, ¿qué síntomas muestra una persona con DGP? Los científicos han señalado dos “principales”: añoranza por el difunto y preocupación por él y un conjunto de síntomas “asociados”, que incluyen dolor emocional intenso, sentimientos de culpa o tristeza y dificultad para aceptar la muerte.

Angustia por la muerte de una mascota

Para llegar a esa conclusión, se realizó una encuesta a 975 adultos en el Reino Unido. A partir de ahí, las respuestas de los participantes confirmaron lo que los investigadores sospecharon: las personas desarrollan un fuerte apego por sus mascotas y experimentan altos niveles de duelo tras su fallecimiento.

Un tercio (32,6 %) de los encuestados experimentó la muerte de una mascota querida y casi todos también experimentaron la muerte de un ser humano. De estas personas, el 21,0 % eligieron la muerte de su mascota como la más angustiosa

Además, el 7,5% de las personas que habían perdido mascotas cumplían los criterios de diagnóstico para PGD. Esta proporción fue similar a la de quienes perdieron a un amigo cercano (7,8 %), un familiar como un abuelo (8,3 %), un hermano (8,9 %) e incluso su pareja (9,1 %). Solo la muerte de un padre (11,2 %) y, en particular, la de un hijo (21,3 %) fueron significativamente mayores en porcentaje.

“Si las personas pueden desarrollar niveles clínicamente significativos de duelo tras la muerte de una mascota, entonces es esencial que esto se reconozca en la literatura científica para que los profesionales de la salud mental puedan comunicarse con el público de manera apropiada y precisa, y las personas que necesitan y desean atención clínica tengan la oportunidad de acceder a ella”, sostiene el autor del estudio, el profesor del Departamento de Psicología de la Universidad de Missouri, Philip Hyland. 

Hyland va más allá y considera que las directrices del DGP deberían ampliarse para incluir también a las mascotas: “Considerando la evidencia de que las personas perciben el duelo por la muerte de una mascota como menos legítimo que el duelo por la muerte de una persona, y que muchas personas que sufren la pérdida de su mascota se sienten avergonzadas y aisladas como resultado, la decisión de excluir la pérdida de una mascota del criterio de duelo para el DGP puede considerarse no solo científicamente errónea, sino también cruel”.