La pintora que desafió el arte y las reglas sociales y fue clave en la Generación del 27
Este 6 de febrero se cumplen 31 años de la muerte de Maruja Mallo, una de las grandes pintoras surrealistas del siglo XX español y figura clave de la Generación del 27. En un momento en el que su legado está más actual que nunca gracias a la exposición del Museo Reina Sofía, Máscara y compás, que se inauguró en octubre de 2025 y está hasta el 16 de marzo de 2026, en la que se revisa la obra de una artista visionaria, que fue una adelantada a su tiempo y durante décadas injustamente relegada.
Integrante de una generación irrepetible en la que convivieron nombres como Rafael Alberti, Salvador Dalí, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Rosa Chacel o María Zambrano, Maruja Mallo fue una de las creadoras más singulares de su tiempo, ya que su pintura rompió fronteras estéticas y conceptuales, al combinar vanguardia, compromiso y una mirada profundamente moderna sobre el mundo y el papel de la mujer.
La vida de Maruja Mallo: Generación del 27, Las Sinsombrero y exilio
Nacida como Ana María Gómez González en Viveiro (Lugo) el 5 de enero de 1902, en el seno de una familia de catorce hermanos y marcada por los constantes traslados laborales de su padre, que trabajaba como funcionario de aduanas. En 1913 la familia se instaló en Avilés, ciudad clave en su formación, pues allí comenzó su aprendizaje artístico y donde también tuvo lugar también su primera exposición en, en la que presentó catorce obras de corte clásico y paisajístico, y con apenas 20 años sería admitida en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, lo que supuso un paso decisivo en la progresión de su trayectoria. Allí, en la capital, entró en contacto con el núcleo creativo de la vanguardia española y conoció a Salvador Dalí, quien la integró en su círculo junto a Federico García Lorca y Luis Buñuel.
Unidos por el interés común en el subconsciente, el pensamiento profundo y las nuevas corrientes europeas, aquellos jóvenes compartieron una intensa efervescencia intelectual. En ese contexto, Maruja Mallo se convirtió también en figura central del grupo de Las Sinsombrero, símbolo de la rebeldía femenina dentro de la Generación del 27. El gesto de quitarse el sombrero en la Puerta del Sol, un hecho que hizo junto a Margarita Manso, Dalí y Lorca, fue mucho más que una provocación, pues representó una ruptura con las normas sociales y el rechazo al rol tradicional asignado a las mujeres.
De hecho, las Sinsombrero articularon, por primera vez en España, una cosmovisión femenina colectiva, moderna y profesional, en la que la mujer aparecía como sujeto activo de la cultura, al que se sumaron creadoras como Rosario de Velasco, Marga Gil Roësset, María Teresa León y la propia María Zambrano, configurando un frente intelectual que cuestionó las bases culturales y sociales de su tiempo.
La Guerra Civil envió al exilio a Maruja Mallo que se instaló primero en Argentina, donde desarrolló una etapa de gran riqueza creativa, al trasladar en su pintura la fascinación por la diversidad, el color y la vitalidad del nuevo continente, incorporando una mirada más amplia sobre la condición humana y el entorno, a la vez que reflexionó sobre la universalidad de las aspiraciones humanas y la interrelación del mundo como un sistema ecológico. En 1961 volvería a España, que entonces todavía se encontraba bajo la dictadura franquista, y aunque lo hizo con temor, pero su vuelta pasó prácticamente desapercibida.
Durante años mantuvo un perfil bajo y comprobó con desazón que su obra había caído en el olvido, pero tras el final de la dictadura, decidió recuperar el espacio perdido y se convirtió en una presencia constante en los círculos culturales madrileños, donde su personalidad excéntrica la transformó en un referente para la generación de la Movida. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por una grave rotura de cadera que la dejó inmovilizada en una residencia geriátrica, y falleció en 1995, una década después del accidente.
La obra de Maruja Mallo: vanguardista y moderna
La obra de Maruja Mallo se caracterizó por una mirada visionaria capaz de captar las inquietudes de su tiempo y proyectarlas hacia el futuro. En sus pinturas atravesó la idea de la universalidad de las aspiraciones humanas, situando al individuo más allá de las diferencias económicas, raciales o de género, proponiendo además una concepción del mundo como un sistema interrelacionado, casi ecológico, en el que naturaleza, cuerpo y sociedad dialogan de forma constante. Para ella, el arte no se limitaba a representar la realidad, sino que consideraba que actuaba como una herramienta reveladora, capaz de descubrir dimensiones ocultas y cuestionar las certezas establecidas.
Esta ambición conceptual se traduce en un lenguaje que difumina los límites entre lo popular y lo vanguardista, así como entre estética y política. Durante su exilio en Argentina tras la Guerra Civil española, su obra se vio atravesada por la fascinación ante la belleza, la vitalidad y la diversidad del nuevo continente, lo que enriqueció su imaginario visual y reforzó una mirada abierta y plural, en la que lo local y lo universal conviven, lo que también ha consolidado su producción artística como profundamente moderna.