¿Por qué Pompeya se llenó de cultivos tras el terremoto del 62 d.C. y dejó edificios en ruinas?
Las ruinas enterradas bajo ceniza no fueron el primer golpe que sufrió Pompeya. La ciudad quedó destruida en el año 79 d.C. por la erupción del Vesubio, un episodio que cubrió calles, casas y cuerpos bajo capas de material volcánico que fijaron el lugar en el tiempo.
Antes de ese final, Pompeya ya había vivido un desastre que cambió su funcionamiento, el terremoto del año 62 d.C., que derribó edificios y dejó zonas enteras dañadas durante años. Ese primer episodio no acabó con la ciudad, pero sí obligó a sus habitantes a reaccionar de forma inmediata y a buscar nuevas formas de usar el espacio urbano, una adaptación que quedó visible en los cambios que siguieron a aquel temblor.
Un estudio detecta 35 huertos tras el temblor
Un estudio de Jessica Venner, investigadora de la University of Oxford, documenta la aparición o ampliación de 35 jardines agrícolas tras el terremoto del año 62, según recoge la propia universidad, y explica que estos espacios no surgieron por intervención pública, sino por iniciativa de propietarios privados que buscaban obtener ingresos rápidos.
El trabajo muestra cómo estos terrenos sustituyeron edificios dañados y se convirtieron en explotaciones agrícolas dentro de la ciudad. Esta transformación permitió mantener la actividad económica mientras persistían los daños estructurales, y al mismo tiempo generó alimentos y empleo en un momento de recuperación.
Décadas antes de este análisis, Wilhelmina Jashemski ya había detectado cambios similares en algunas excavaciones. La arqueóloga encontró un caso en el que un edificio derribado fue sustituido por un espacio plantado con vides jóvenes y otros cultivos, acompañado de una cisterna y restos arquitectónicos reutilizados. También identificó otros ejemplos aislados, aunque no llegó a establecer un patrón general. Aquellos hallazgos apuntaban a un cambio en el uso del suelo urbano, pero faltaba una visión completa del fenómeno.
Ese mapa completo lo aporta el estudio reciente, que combina datos arquitectónicos con restos botánicos para identificar estos espacios productivos. La investigadora localiza 35 jardines que surgieron o crecieron en los 17 años posteriores al terremoto, y establece que se trataba de explotaciones pensadas para obtener rendimiento económico. No eran huertos domésticos sin más, sino superficies organizadas con infraestructuras hidráulicas y distribución planificada del terreno para asegurar cosechas.
El tipo de cultivo y su relación con la calle muestran decisiones concretas de los propietarios. Los viñedos suelen contar con acceso directo desde la vía pública, lo que facilita el trabajo y permite atraer clientes o compradores. En cambio, los espacios dedicados a árboles frutales, flores o productos con mayor valor de mercado se mantienen cerrados, con entradas bloqueadas para proteger la producción. Esta diferencia señala una gestión pensada para equilibrar visibilidad y seguridad según el tipo de producto.
Las leyes romanas facilitaron derribos y nuevos usos del suelo
Las normas legales del momento ayudan a entender por qué se produjo este cambio. Dos decretos del Senado romano permitían demoler edificios dañados sin incurrir en sanción, siempre que ya estuvieran en ruinas.
El terremoto dejó muchas construcciones en ese estado, lo que abrió la posibilidad de vender materiales útiles y destinar el terreno a otro uso. Esta opción resultaba más rápida y menos costosa que levantar nuevas viviendas, por lo que muchos propietarios optaron por dedicar esos espacios a la agricultura.
La transformación se concentró sobre todo en el sureste de la ciudad, en las regiones I y II, donde se documentan 24 de los 35 jardines. Estas zonas habían sido agrícolas antes de su urbanización en siglos anteriores y, tras el terremoto, recuperaron en parte esa función. En algunos casos se demolieron varias propiedades para crear parcelas más amplias, lo que permitió organizar cultivos de mayor escala y mejorar su rentabilidad.
Algunos casos muestran cultivos ligados a negocios y grandes fincas
Algunos ejemplos muestran hasta qué punto se desarrolló este modelo. En la Caupona de Euxinus, un establecimiento con servicio de comida, el propietario plantó 34 vides jóvenes en un jardín asociado al negocio, donde los clientes podían comer bajo una pérgola.
Otro caso destaca por su tamaño, la Casa de la Nave Europa, con un terreno de unos 1.850 metros cuadrados donde se identificaron 416 huecos de raíces. Allí crecían vides, árboles frutales y cultivos que se sucedían a lo largo del año, con un sistema de riego que distribuía el agua desde el atrio mediante canales y depósitos.
La ciudad reorganizó su economía tras el desastre
El terremoto que originó estos cambios ya había sido descrito en la Antigüedad. Séneca, en Cuestiones naturales, explicó que la ciudad “se vino abajo” y que la región sufrió una devastación amplia, con edificios derrumbados y daños generalizados.
El filósofo situó el seísmo en invierno y subrayó que la zona no estaba acostumbrada a este tipo de episodios, lo que aumentó su efecto. Durante años se ha discutido si Pompeya llegó a recuperarse por completo de ese impacto o si permaneció debilitada hasta la erupción final.
Los datos actuales apuntan a una respuesta activa más que a un declive. La ciudad no volvió a su estado anterior, pero reorganizó su economía y su espacio urbano mediante decisiones tomadas por particulares.
Esa adaptación permitió mantener la actividad y mejorar el acceso a alimentos, algo que también se refleja en los restos humanos analizados, que muestran niveles de nutrición relativamente altos en los últimos años. Pompeya no desapareció tras el terremoto, sino que cambió su forma de funcionar antes de quedar sepultada por el volcán.