Pescar en Gaza entre el miedo, la necesidad y el amor a una profesión
A lo largo de la franja de Gaza, la costa azul del Mediterráneo se extiende aproximadamente entre 40 y 41 kilómetros, desde Beit Lahia, en el norte, hasta Rafah, en el sur. Para Gaza es su ventana al mundo, el lugar donde un enclave tan densamente poblado parece poder respirar.
Antes de octubre de 2023, pequeñas embarcaciones pesqueras salían a primera hora de la mañana, apareciendo desde la orilla como diminutas manchas oscuras dispersas sobre la superficie del agua. Otros pescadores permanecían en la arena, reparando sus redes y observando el horizonte. El olor de la sal se mezclaba con el de los peces y las embarcaciones desgastadas por el tiempo, mientras los gritos de las gaviotas se fundían con el constante rugido de las olas.
Sin embargo, el mar siempre ha llevado consigo una dura contradicción. Parece ilimitado, extendiéndose libremente hacia el horizonte, mientras los pescadores de Gaza saben que las aguas a las que se les permite acceder están lejos de ser infinitas: están restringidas a zonas de pesca que, antes de la guerra, generalmente se extendían entre seis y doce millas náuticas desde la costa.
Cada mañana, Saeed Al-Shantaf, de 35 años, un palestino nacido y criado en Gaza, cuyos orígenes familiares se remontan a la antigua ciudad palestina de Yafa, ahora Tel-Aviv, regresa al mar. A veces hay poco que pescar. A veces es demasiado peligroso alejarse de la costa. Aun así, va. “Tengo que venir todos los días y saludar al mar por la mañana”, dice el pescador de 32 años. “Si me quedo en casa, mi corazón no está tranquilo”.
Saeed conoce este mar desde que era niño. Empezó a pescar cuando tenía 11 años. Su padre y su abuelo, incluso las generaciones anteriores, eran pescadores. Para su familia, la pesca nunca fue simplemente un trabajo. Era una forma de vida que pasaba de padres a hijos. “Somos pescadores. Vamos del mar a nuestras casas y de nuestras casas al mar”.
Hoy, ese sencillo trayecto se ha convertido en una de las partes más peligrosas de su vida. Antes de salir de casa por la mañana, Saeed le dice a su esposa algo que ningún padre que se marcha a trabajar debería tener que decir: “Cuida de los niños. No sé si volveré”. Después se dirige hacia el mar.
El Mediterráneo sigue extendiéndose frente a los pescadores de Gaza, azul y familiar. Pero para muchos de ellos, el mar que durante generaciones proporcionó alimento e ingresos a sus familias se ha vuelto prácticamente inaccesible. Zakaria Bakr, responsable de la Unión General de Trabajadores de la Pesca y la Producción Marina, afirma que los pescadores no pueden acceder libremente al mar y que quienes intentan entrar en el agua lo hacen asumiendo un riesgo enorme. Las consecuencias pueden observarse en todo el sector pesquero de Gaza. Según Bakr, más del 95% del sector ha sido destruido desde octubre de 2023, incluidas las embarcaciones, los motores, los almacenes de los pescadores, los talleres y las instalaciones para la construcción de barcos. También fueron destruidas cuatro fábricas de hielo que abastecían al sector pesquero. Antes de esa fecha, los pescadores de Gaza producían entre 15 a 20 toneladas de pescado al día, afirma Bakr.
Ahora producen apenas entre 10 y 15 toneladas en un mes entero. Más de 4.500 pescadores están desempleados, mientras que solo unos 600 o 700 de los aproximadamente 5.000 pescadores siguen trabajando en el mar. Pero las estadísticas solo cuentan una parte de la historia.
A lo largo del puerto dañado, los pescadores intentan reconstruir pedazos de sus antiguas vidas con cualquier cosa que encuentran. Recuperan redes de entre los escombros. Unen piezas de antiguos equipos de pesca. Reparan pequeñas embarcaciones dañadas y vuelven a empujarlas al agua. Las embarcaciones con motor han sido sustituidas en gran medida por simples botes impulsados con remos. Para hombres que antes navegaban varios kilómetros mar adentro, es como haber sido empujados al pasado.
“Hemos vuelto a los años sesenta y setenta”, afirma Nidal Al-Daour, de 40 años, un refugiado de Palestina procedente de la aldea ocupada de Hiribya. Antes del 7 de octubre, trabajaba a bordo de un arrastrero de aproximadamente 25 metros de largo y cinco metros y medio de ancho. Recuerda salir al mar en embarcaciones motorizadas, aunque las aguas de pesca ya estaban restringidas.
Hoy, permanece principalmente en tierra.
Según Bakr, antes de octubre de 2023 existían aproximadamente 96 grandes embarcaciones pesqueras en Gaza. Prácticamente ninguna ha sobrevivido. Alrededor de 800 embarcaciones están sumergidas en la cuenca del puerto.
La destrucción no solo ha cambiado la forma en que trabajan los pescadores, sino también la posibilidad de que sus familias puedan comer. Nidal lo expresa de una manera más sencilla: “Vas a la casa de un pescador y descubres que no tiene comida. Tiene que pedir dinero prestado simplemente para poder comer”.
Incluso si los pescadores pudieran regresar de repente al mar libremente, muchos seguirían sin disponer de los barcos, motores y equipos necesarios para trabajar.
La pesca: dependencia y una forma de vida
Muchos pescadores como Saeed siguen regresando al mar. Él asegura que conoce el peligro. Ha perdido a compañeros. Recuerda haber sido tiroteado cuando salía del puerto y haber saltado al agua mientras la pequeña embarcación en la que viajaba resultaba dañada. Pero la pesca es la única profesión que conoce. “Si intentara ir a trabajar a otro sitio, no sabría hacer nada. La pesca es el único trabajo que conozco”.
Antes de adentrarse en el agua reza y recuerda el peso de su profesión: padres que intentan regresar con suficiente dinero para la cena, familias esperando en la orilla y generaciones de pescadores tratando de aferrarse a una vida construida alrededor del Mediterráneo.
Lo que pide Saeed no es complicado, desea barcos en buen estado, redes o motores. También acceso seguro a las zonas de pesca y la posibilidad de salir de casa por la mañana sin preguntarse si regresarán. “Dadnos espacio para vivir y seguridad para que podamos salir y regresar”.
Por ahora, sigue visitando la costa cada mañana. Puede que los barcos hayan desaparecido, puede que las redes estén desgarradas y que el mar se haya vuelto peligroso, pero él sigue yendo a saludarlo.