Día Mundial de Visegrád: la gran ciudad medieval europea que ya no existe

Hay ciudades que no desaparecen del todo: se encogen. Pierden población, poder y ruido, pero conservan la memoria. Visegrád es una de ellas. Hoy es una localidad tranquila de apenas 2.000 habitantes, pero durante la Edad Media fue una de las ciudades más influyentes de Europa Central. Capital de reino, sede de alianzas internacionales y guardiana de la corona húngara. Una ciudad clave que, tal y como fue, ya no existe.

De fortaleza estratégica a capital medieval

Situada a unos 40 kilómetros al norte de Budapest, en la orilla derecha del Danubio, Visegrád creció allí donde el río dibuja uno de sus meandros más cerrados. Un enclave perfecto para controlar rutas comerciales y movimientos militares. No es casualidad que el rey Béla IV ordenara levantar aquí una gran fortaleza tras la invasión tártara del siglo XIII.

El castillo —junto a la Torre de Salomón y otras estructuras defensivas— no fue solo una obra militar. Fue la base de un proyecto político. En el siglo XIV, bajo el reinado de Carlos Roberto de Anjou, Visegrád se convirtió en capital del Reino de Hungría. La corte se trasladó allí. También la Santa Corona, el símbolo máximo del poder real.

El día que Visegrád marcó la política europea

En 1335, Visegrád acogió una cumbre que hoy suena sorprendentemente moderna. Los reyes de Hungría, Bohemia y Polonia se reunieron para sellar alianzas políticas y comerciales frente a la expansión de los Habsburgo, junto al líder de la Orden Teutónica. Aquella reunión dio nombre, siglos después, al llamado Grupo de Visegrád, que sigue existiendo hoy como alianza política entre Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia.

Durante un tiempo, Visegrád fue sinónimo de diplomacia, poder y estrategia continental. Una ciudad pequeña con una influencia enorme.

Intrigas, coronas robadas y un prisionero llamado Drácula

La historia de Visegrád no solo es política; también es puro relato medieval. En 1440, una doncella al servicio de Isabel de Luxemburgo robó la Santa Corona del castillo para coronar al hijo recién nacido de la reina. La escondió cosida dentro de una almohada de terciopelo rojo y logró sacarla de la fortaleza sin ser descubierta.

Pocos años después, entre 1462 y 1474, otro personaje pasaría por sus muros: Vlad Tepes, el voivoda de Valaquia que inspiró el mito de Drácula, estuvo preso en la Torre de Salomón. Hoy, ese episodio forma parte del imaginario histórico del lugar.

El declive y el silencio

Con el paso de los siglos, la capital se trasladó, las rutas cambiaron y el castillo fue abandonado. Visegrád perdió su centralidad política y quedó reducida a una villa más del Danubio. Durante siglos, la fortaleza se deterioró hasta que en 1934 el hallazgo de una cripta reactivó el interés arqueológico y comenzaron las reconstrucciones.

La gran ciudad medieval ya había desaparecido. Lo que quedó fue el esqueleto: murallas, torres, ruinas del palacio real y un paisaje que todavía explica por qué todo ocurrió aquí.

Visitar Visegrád hoy no es tanto pasear por una ciudad como leer un mapa del poder medieval. El castillo domina el valle y permite comprender su función estratégica. El Palacio Real recuerda la vida cortesana y el esplendor renacentista del reinado de Matías Corvino. La Torre de Salomón concentra los episodios más oscuros y legendarios.

En las colinas cercanas, incluso aparecen restos de un campamento romano del siglo IV, prueba de que este lugar llevaba siglos siendo clave antes de la Edad Media.

Una ciudad que ya no existe, pero tampoco se fue

Visegrád no desapareció como Pompeya ni quedó sepultada bajo el agua. Simplemente dejó de ser lo que fue. Y eso la hace aún más interesante. Es el ejemplo perfecto de cómo Europa está llena de capitales olvidadas, de centros de poder que hoy son pueblos silenciosos.

En el Día Mundial de Visegrád, la pregunta no es qué fue esta ciudad, sino cuántas más como ella existen: lugares pequeños que, durante un instante de la historia, sostuvieron el destino de todo un continente.