La fiesta ancestral de Castilla-La Mancha donde los diablos conviven con los santos

Situado en la comarca de la Mancha Alta Conquense, Almonacid del Marquesado es un pequeño pueblo que actúa como mirador natural sobre un paisaje de cereales, olivares y girasoles. Pero cada mes de febrero, los tonos ocres del entorno quedan eclipsados por una explosión de color, sonido y movimiento: La Endiablada, una de las fiestas más singulares y antiguas de Castilla-La Mancha, declarada Fiesta de Interés Turístico Regional y Bien de Interés Cultural Inmaterial.

Durante varios días, el estruendo de los cencerros, los trajes confeccionados a mano y una coreografía ritual que mezcla fe, memoria colectiva y celebración convierten las calles del pueblo en un escenario donde lo pagano y lo cristiano conviven sin contradicción, dando forma a una tradición viva que ha llegado hasta hoy a través de la transmisión oral.

Sincretismo ancestral

La Endiablada se celebra del 1 al 5 de febrero, coincidiendo con las festividades de la Virgen de la Candelaria y San Blas, patrón de la localidad. Su origen exacto se pierde en el tiempo, pero diversos estudios sobre patrimonio inmaterial la señalan como un claro ejemplo de sincretismo religioso, donde antiguos rituales de protección, fertilidad y purificación se integraron con el calendario cristiano.

Según el Portal del Patrimonio Cultural Inmaterial del Ministerio de Cultura, La Endiablada combina elementos precristianos (como el uso del ruido para ahuyentar males) con ceremonias litúrgicas propias del catolicismo, manteniendo un equilibrio que explica su pervivencia durante siglos.

La tradición popular local relata que, en la festividad de la Candelaria, los pastores de la zona, al no disponer de vestimentas solemnes para acudir al templo, colgaron de sus espaldas los cencerros del ganado para expresar alegría y devoción. En torno a San Blas, el estruendo se interpreta como un acto protector, reforzando el carácter milagroso del santo y su vínculo con la salud.

Un ejército de diablos

Los grandes protagonistas de la fiesta son los diablos, organizados bajo la Hermandad de San Blas. Se trata de un grupo de hombres que, bajo la dirección del diablo mayor, recorren el pueblo saltando y haciendo sonar enormes cencerros sujetos a un arnés de cuero que puede superar los 20 kilos de peso.

Cada traje es único y se prepara durante todo el año. Incluye chaqueta y pantalón de estampados llamativos, un tocado de cartón forrado de tela (gorros florales para la Candelaria y mitras rojas el día de San Blas), decorado con espejos y estampas religiosas. En la mano, los diablos portan la porra, un bastón tallado que marca su espacio ritual.

La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha destaca el valor etnográfico de estos atuendos como parte esencial del patrimonio vivo de la región.

El estruendo de la fe

La fiesta comienza el 1 de febrero, durante las vísperas. Al caer la tarde, los diablos ajustan sus trajes y recorren las calles visitando a las autoridades, a los hermanos mayores y al párroco, ofreciendo el tradicional puñao, un convite popular de garbanzos tostados y frutos secos que simboliza hospitalidad y convivencia.

El 2 de febrero, día de la Candelaria, tiene lugar el lavatorio del Santo, un rito cargado de simbolismo que recuerda el cuidado del niño Jesús. Es también el momento de las danzantas, ocho jóvenes que, bajo la dirección de la mestra, bailan frente a la imagen de la Virgen con delicadeza y precisión, mientras los diablos saltan y danzan de espaldas a la procesión, mirándola fijamente.

La tradición, la vencedora

El 3 de febrero, día grande dedicado a San Blas, comienza con uno de los momentos más emotivos: la visita de los diablos al cementerio para rendir homenaje a los hermanos fallecidos. Allí rezan ante sus tumbas, simbolizando que la tradición no se rompe con la muerte.

Durante los actos religiosos, las danzantas recitan los dichos, versos tradicionales que narran la vida del santo y piden protección para el pueblo. Durante su recitado, los diablos permanecen en silencio absoluto y sin mitras, mostrando al hombre detrás del disfraz. Al finalizar cada estrofa, el silencio se rompe con un estallido unánime de cencerros y gritos que hace vibrar los muros de la iglesia.

Investigaciones sobre fiestas rituales en la España rural, como las recogidas por la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares (CSIC), subrayan el papel de celebraciones como La Endiablada en la cohesión social y la transmisión intergeneracional de la identidad cultural.

Un viaje al corazón de la tradición

Hoy, La Endiablada no solo es una manifestación religiosa o festiva, sino también un poderoso atractivo cultural y turístico. El reconocimiento institucional como Bien de Interés Cultural Inmaterial refuerza su valor como experiencia auténtica para el viajero que busca algo más que paisajes: busca historias vivas.

Visitar Almonacid del Marquesado en febrero es asistir a un diálogo ancestral entre ruido y silencio, fe y celebración, memoria y presente. Un viaje donde los diablos no representan el mal, sino la fuerza colectiva de una comunidad que, año tras año, vuelve a hacer sonar sus cencerros para recordar quién es y de dónde viene.