Un gato, un dragón y una dama: las estatuas de Barcelona que vigilan sus tres ramblas

Barcelona tiene tres Ramblas y tres estatuas que las observan sin moverse. No son monumentos heroicos ni grandes símbolos oficiales, pero llevan décadas presenciando cómo cambia —o no— la ciudad que pasa a sus pies. Un gato de bronce en el Raval, un dragón oriental en la Rambla de las Flores y una figura femenina en el Born funcionan como hitos silenciosos de tres Barcelonas muy distintas, separadas apenas por unos minutos de paseo.

El gato que marca el límite del Raval

El Gato de Botero no es solo una escultura monumental. Es una frontera. Marca el punto exacto en el que la Rambla del Raval deja de parecer una postal urbana y se adentra en un barrio incómodo, contradictorio y profundamente vivo. Porque, ¿qué sería de nuestra Barcelona sin su Raval? El Gato de Botero fue puesto aquí por alguna razón que desconozco. Ese gran gato gordo y gigantesco pretendía ser lo que a Nueva York el toro de Wall Street. No obstante, la intención se quedó solo en un huero propósito que esperaba grandes cambios para un barrio que tiene grandes rasgos, mas no el del avance.

A su alrededor, persianas cerradas, comercios humildes, grafitis que oscilan entre el arte y el abandono. El gato mira hacia el norte, hacia la Barcelona que se promociona, pero da la espalda a los negocios que sostienen el día a día del barrio. Ahí está la ciudad que no sale en las guías. El Gato de Botero mira hacia el norte, donde el ayuntamiento ha empezado a plantar hoteles y restaurantes, pero da la espalda a los negocios que realmente son el alma vibrante de este barrio (y su motivo de estigma por parte de ciertos sectores): Bocateria Halal Istanbul KebabAl-Awan alimentaciónBobo Döner KebabCarnicería Islámica BilalCafetería Atlas TetuaniAl-Andalus KebabTawhid frutas y verdurasMaharaja restaurante. La diversidad se disipa en la rambla del Raval una vez pasas la estatua de Botero. 

El bajo coste de sus pisos ha convertido el barrio en un gueto islámico para inmigrantes que vienen a esta ciudad en busca de una mejor vida. Las noticias y la política han conseguido el resto: el miedo, su sinsentido y el temor al escuchar una lengua que no es propia. Como Xavier Aldekoa reconoce en Hijos del Nilo, “lo más perverso del miedo es que busca excusas. Y a veces las encuentra”.

El gato permanece inmóvil, como si entendiera que aquí no se trata de intervenir, sino de observar. Su presencia nunca consiguió convertirse en el icono revitalizador que algunos imaginaron. Y quizá por eso funciona: porque no embellece, no tapa, no disfraza. Solo está.

El dragón que vigila la Rambla de las Flores

Muy cerca, pero en otro universo, un dragón chino sobresale de la fachada de la Casa Bruno Cuadros. Es el dragón de la Rambla de las Flores, suspendido sobre el paseo más transitado de la ciudad, justo entre Plaza Catalunya y Colón.

Desde ahí, observa una Barcelona en constante movimiento: turistas, familias, bicicletas, prisas, taxis, teatro, comercios que se suceden sin pausa. La Rambla aquí no invita a quedarse, sino a pasar. Es tránsito puro.

A diferencia del Raval, nadie se detiene a mirar con desconfianza. Aquí la diversidad se consume como espectáculo. El dragón no juzga: registra. Esta estatua observa familias, risas, bicis, prisas, parejas y amigas. Ve gente vestida de gala esperando para entrar al teatro. Ve hombres con traje y corbata y mujeres con altos zapatos. Ve también algún mendigos, y en Mare de Déu a beatos. Ve motos y coches, ambulancias, turismo, y taxistas parando en cada espacio.

El dragón ilumina, literalmente, el paseo con el farol que sostiene entre los dientes. No señala un conflicto, sino una postal. No interpela: decora. Y esa es, quizá, la diferencia más clara entre esta Rambla y la anterior.

La dama que observa el Born

La tercera Rambla se despliega en el Born. Allí, una figura femenina de piedra corona la Basílica de Santa María del Mar. No es una escultura cercana ni accesible, pero su presencia impone.

Desde lo alto, observa calles empedradas que arrastran siglos de historia. El Born es un barrio que ha sabido reinventarse sin borrar del todo su pasado. Aquí no hay abandono ni avalancha absoluta: hay una tensión constante entre memoria, vida vecinal y consumo cultural.

La estatua mira con atención. No da la espalda como el gato ni flota como el dragón. Vigila. Es testigo de una transformación que no siempre resulta cómoda, pero que se vive con cierta conciencia de lugar. Los turistas llegan menos ruidosos, los vecinos caminan con familiaridad, los negocios buscan diferenciarse.

A su alrededor, las calles empedradas guardan las huellas de los siglos pasados, testigos mudos de luchas y transformaciones. El Born es un barrio que ha sido objeto de renovación y revitalización en los últimos años, pero que aún conserva su esencia y su carácter bohemio.

Desde aquí, la figura de piedra contempla las tiendas de diseñadores emergentes, los bares de moda y los restaurantes vanguardistas que han surgido en la zona. Fuera el óxido y la aherrumbre. De hecho, si aquí los ves, seguramente sean una expresión artística que no comprendas, fuera del dejado Raval.

La estatua del Raval y el dragón tenían una presencia estática. Inmutables. La cariátide del Born, en su mirada crítica, se convierte en testigo activo de la evolución de su zona, donde el arte y la cultura coexisten con los intereses económicos y la especulación inmobiliaria.

Lo que dicen las estatuas

Podríamos decir que El Gato de Botero en las ramblas del Raval simboliza la opulencia y la presencia imponente en medio de un entorno urbano deteriorado. Su postura serena y su mirada hacia el norte contrastan con la realidad del barrio, evidenciando la desconexión entre el avance y los problemas cotidianos que persisten en Barcelona. Un gueto que asusta.

El dragón chino en las ramblas de las flores es esbelto y evoca una sensación exótica y misteriosa, relacionada con el pasado multicultural de Barcelona y su conexión con otras culturas a través del comercio. Una conexión que lejos de asustar, agrada y se abraza con naturalidad.

La estatua del Born, en cambio, transmite un sentido de resistencia y orgullo local. En contraste con las estatuas anteriores, está situada en un entorno que respira historia y transmite la memoria colectiva del barrio. La estatua del Born personifica la conexión con el pasado y la identidad arraigada en la lucha y los cambios sociales. Asusta, pero de otro modo. Impone. 

Y así, mientras nos alejamos de la última de las ramblas visitadas, se nos deja un mensaje abierto: seguir observando, cuestionándonos, debatiendo y construyendo un futuro que honre el pasado y abrace la diversidad. Porque en las calles de Barcelona siempre habrá historias por descubrir. Y de sus estatuas siempre tendremos lecciones por aprender.