Del cuaderno de EGB a la literatura compartida: el viaje creativo de Víctor M. Jiménez Andrada
Todo empezó en séptimo de EGB, cuando un profesor de Lengua propuso a la clase escribir una historia a lo largo de todo el curso. La mayoría abandonó el intento con el paso de las semanas. Víctor M. Jiménez Andrada no. Persistió hasta el final, casi en silencio, sin saber que aquella obstinación era ya una forma temprana de literatura. Aquel cuaderno fue su primer libro, aunque entonces no supiera nombrarlo así. Después llegó la adolescencia y con ella la poesía: los primeros enamoramientos, los versos desgarrados, los cuadernos llenos de palabras escritas desde la herida y el asombro.
Desde ese impulso inicial, la escritura ha sido una constante, aunque no siempre acompañada de certezas. Ganar el Premio García de la Huerta en 2014 con Circo supuso algo más que un reconocimiento: fue un gesto de validación externa, una confirmación necesaria. “Uno nunca sabe si lo que escribe sirve para algo o para alguien”, reconoce. Que personas ajenas a su entorno habitual valoraran su trabajo le permitió seguir adelante con un poco menos de duda y un poco más de alivio.
El insomnio llegó después, o quizá siempre estuvo ahí. Versos del insomnio nació de una noche de verano interrumpida por el ruido estridente del camión de la basura. Incapaz de volver a dormir, se levantó y escribió: “Son las tres de la madrugada y el camión de la basura me ha despertado”. A partir de esa frase comenzó a construir un libro que entiende el desvelo como materia poética. Insomnios inevitables, insomnios buscados, noches que se alargan porque algo merece ser pensado o escrito. El libro recorre ese tránsito, convertido además en realidad gracias a una beca de creación literaria de la Junta de Extremadura.
Aunque uno de sus títulos más conocidos se titule Son malos tiempos para los amantes, Víctor M. Jiménez Andrada discrepa del diagnóstico real. Cree que el amor —en todas sus formas— es lo único que puede salvarnos en una época turbia. No es la fragilidad humana lo que le incomoda, sino la soberbia de quienes se creen inmortales, casi divinos, y actúan sin límites, pisando la libertad ajena. Basta, dice, con observar el panorama político internacional. Frente a eso, reivindica la poesía y el amor como herramientas de resistencia y de futuro.
Esa mirada crítica se volvió explícita en Malos tiempos para ser sinceros, quizá su poemario más político y reivindicativo. Publicarlo gratuitamente en formato digital forma parte de un proceso profundo de revisión de toda su obra, buena parte de ella inédita, con un objetivo claro: compartirla sin barreras desde su espacio web. El poema central del libro surge de un juego aparentemente inocente —“Para ser sinceros / corren malos tiempos / para ser sinceros”— que quiso cargar de intención. De ahí nació también una canción, en colaboración con el cantautor Manuel Cobos, y un conjunto de poemas que fue creciendo a fuerza de recitales.
En su poesía asoman realidades concretas, también territoriales. Extremadura aparece como una tierra históricamente maltratada, una región que vuelve a quedarse a la cola en financiación mientras nadie parece alzar la voz. No habla desde el nacionalismo, sino desde la justicia.“ Por eso duele especialmente ver cómo se destinan presupuestos escandalosos a grandes eventos culturales como la Bienal Vargas LLosa mientras la cultura local sobrevive de forma precaria, sostenida por iniciativas privadas y ayudas públicas insuficientes”. Esa contradicción, aunque a veces de forma inconsciente, se filtra también en su obra.
La naturaleza es otro de los pilares de su escritura. No como decorado, sino como fuerza viva que nos recuerda nuestro lugar. En El opúsculo del caminante la relación es casi una comunión. La poesía, como todo el arte, es para él un vehículo para reivindicar que el ser humano forma parte de esa naturaleza que debe respetar y proteger. La arrogancia de creernos dueños absolutos del mundo se desmorona con algo tan pequeño como un virus, pero aun así insistimos en pensar que tenemos el control. El panorama, admite, es desalentador.
Más allá de la poesía, su obra se reparte a partes iguales entre narrativa y verso. Tiene en marcha la revisión de una novela escrita hace más de diez años, ya en manos de lectores beta, que verá la luz en 2026 en formato digital y gratuito. A eso se suman tres libros de microrrelatos —Breve catálogo de esencias y venenos, La increíble fuerza de la pulga y Tornillería surtida, el más reciente— y dos volúmenes de cuentos: Comidas para llevar y Morirme para esto. Cuando cierre la etapa de la novela, comenzará a ordenar cuentos inéditos con la idea de darles una nueva forma de conjunto.
Ese compromiso con la literatura como espacio compartido se materializa también en Letras Cascabeleras, una editorial independiente que lleva casi catorce años de vida. Un proyecto autogestionado, sin ayudas públicas, que ha sabido sostenerse y, sobre todo, crear comunidad. “Siempre hablo en plural”, explica, porque Letras Cascabeleras es también María Durán, su presidenta, y Vicente Rodríguez Lázaro, escritor y amigo. En 2027 la editorial iniciará una nueva etapa en manos de otro equipo encabezado por la escritora Cora Ibáñez, mientras sus fundadores preparan ya un nuevo proyecto cultural para la temporada 2026/2027.
Y quizá ahí esté la clave de todo: en entender la literatura no como un gesto individual, sino como una forma de permanencia compartida. Escribir para no dormirse ante la injusticia, para no callar cuando el ruido del mundo aprieta, para quedarse siendo consciente de que se está. Aunque cambien los nombres, aunque lleguen los relevos, aunque el tiempo avance. Porque mientras haya palabras que se escriban desde la conciencia y se compartan sin miedo, la cultura seguirá encontrando la manera de respirar, de resistir y de disfrutar.
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