El monasterio románico de Aragón que sirvió desde panteón real hasta archivo del reino durante varios siglos
En Villanueva de Sijena, en Huesca, el Real Monasterio de Santa María de Sijena ocupa un lugar propio dentro del patrimonio medieval aragonés. No se trata solo de una construcción religiosa conservada parcialmente, sino de un espacio que durante siglos estuvo ligado a la Corona, a la vida monástica femenina, a la custodia de documentos y a la memoria funeraria de la casa de Aragón.
Su origen se remonta a 1188, cuando la reina Sancha de Castilla, esposa de Alfonso II de Aragón, impulsó la fundación de este cenobio junto al río Alcanadre. El lugar ya contaba con una presencia religiosa anterior vinculada a la Orden de San Juan de Jerusalén, y el nuevo monasterio acabó influyendo en la evolución de Villanueva de Sijena y de su entorno monegrino.
Durante la Edad Media, el monasterio reunió funciones que iban más allá de la vida conventual. Entre sus muros residieron reinas, princesas, infantas y mujeres procedentes de familias nobles. También guardó parte del tesoro real y funcionó como archivo monástico durante los siglos XIII y XIV. Esa acumulación de usos explica la relevancia que alcanzó dentro del reino.
Lo que se visita hoy es el resultado de una historia marcada por pérdidas, daños y restauraciones. Del antiguo complejo se conservan el templo y una pequeña zona del claustro, mientras que muchas dependencias desaparecieron o quedaron alteradas. La Guerra de la Independencia, la desamortización del siglo XIX y el incendio de 1936 cambiaron de forma decisiva la imagen del lugar, aunque todavía quedan elementos suficientes para reconocer su papel histórico.
El monasterio de Sijena
Sijena nació como una fundación real destinada a una comunidad femenina. Desde sus primeros siglos mantuvo una relación estrecha con la monarquía aragonesa, que favoreció la llegada de donaciones, bienes y privilegios. Esa protección lo convirtió en una institución con presencia religiosa, económica y política dentro de su territorio. Su influencia también quedó unida al desarrollo de la localidad, nacida alrededor de una fundación que marcó durante siglos la vida del entorno.
La confianza de la Corona se reflejó en episodios concretos. Pedro II depositó allí las insignias de su coronación, celebrada en Roma en 1204. Jaime I también mantuvo en el monasterio su archivo, y con el paso del tiempo fue necesario habilitar un espacio cerrado sobre la sala capitular para guardar la documentación acumulada. Por eso Sijena aparece asociado tanto al tesoro real como a la conservación de materiales vinculados al gobierno del reino.
El monasterio tuvo además una función funeraria. Su claustro sirvió como lugar de enterramiento de reyes, reinas e infantas de Aragón. Entre las sepulturas relacionadas con el conjunto figuran las de la reina Sancha y Pedro II, considerado el único monarca de la Corona de Aragón enterrado en Aragón. Esa condición refuerza la lectura del edificio como un espacio de memoria dinástica, no solo como un centro religioso.
Monumento Nacional y Bien de Interés Cultural
La protección patrimonial llegó en el siglo XX. En 1923 fue declarado Monumento Nacional por Real Orden de 28 de marzo de la Dirección General de Bellas Artes. Más adelante, en abril de 2002, se completó su declaración como Bien de Interés Cultural. La conservación de sus restos permite seguir leyendo parte de la estructura original del monasterio, pese a los daños acumulados.
El templo está construido en sillar y presenta una sola nave, crucero y cabecera triple. En la parte norte se sitúa el panteón real, mientras que en el lado sur se levanta una torre de planta cuadrada. La portada principal, formada por 14 arquivoltas de medio punto, es uno de los elementos más identificables del conjunto.
El claustro articulaba la vida interna del monasterio y daba acceso a distintas dependencias. En torno a ese espacio se distribuían las estancias monásticas y también el palacio prioral, situado en el sector suroeste del conjunto. Entre las dependencias más destacadas estaba la sala capitular, cubierta con una techumbre mudéjar y decorada con pinturas murales del siglo XIII.
Tras el incendio de agosto de 1936, esas pinturas fueron arrancadas y trasladadas al actual Museu Nacional d’Art de Catalunya, un episodio que forma parte de la historia contemporánea del patrimonio de Sijena. El fuego provocó la ruina de buena parte del inmueble y la pérdida de gran parte de su patrimonio mueble.
Algunas zonas, como la iglesia y el panteón real, lograron conservarse, aunque también sufrieron daños. Desde finales del siglo XX se han desarrollado distintas intervenciones para recuperar espacios, consolidar estructuras y facilitar la visita. Ese proceso permite hoy recorrer una parte del antiguo recinto y entender mejor el alcance que tuvo antes de las pérdidas contemporáneas.
El recorrido por Villanueva de Sijena puede completarse con la casa natal de Miguel Servet, habilitada como espacio de interpretación sobre su vida y su obra. La figura del médico, teólogo y humanista aragonés está ligada a una de sus principales aportaciones científicas: el descubrimiento de la circulación pulmonar de la sangre. Sus escritos religiosos le enfrentaron a autoridades católicas y protestantes, y en 1553 fue ejecutado en Ginebra junto a ejemplares de su obra.