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Jueves Santo sangriento

El lanzamiento de la mayor bomba no nuclear de EEUU sobre Afganistán, causando muertes cuya cantidad se ignora, amenaza la paz global. Y aquí seguimos como si nada… porque nos pilló de Semana Santa.

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Muere un soldado de EEUU en una operación contra el EI en Afganistán

Imagen reciente de Afganistán, diana de la bomba lanzada por EEUU. EFE

Ya pensaba que en esta primera columna post Semana Santa hablaría de cómo la brutal muerte de alguien en sus 40, la exministra Carme Chacón, impacta. Porque rompe el espejismo de eternidad en que las miserables batallas de poder quieren tener sentido. Entonces, rescataron en Almería una patera naufragada. Tres de sus ocupantes murieron, entre ellos una madre y su hija de 10 años, que quedó atrapada bajo la balsa. Pero el Jueves Santo el mundo conoció que EEUU había lanzado una bomba brutal entre Afganistán y Paquistán. ¿Hay que añadir más? 

Me niego, por principio, a usar el tan manido como falso apelativo de "La madre de todas las bombas". No sólo no me sumaré a esa publicidad de poder testosterónico que anima cada acto y mensaje del siniestro Trump, sino que veo obsceno atribuir a lo maternal, principio creador, dador de vida, amor y cuidado, el afán destructivo.

Desconocemos, y dice muchos de estos tiempos y es gravísimo, las consecuencias del ataque arbitrario, injustificado y violador de los principios del derecho internacional y la convivencia en organismos multilaterales como la ONU. No sabemos la cantidad de muertos que ha causado, ni si eran yihadistas, talibanes o sus víctimas. Pero tanto la potencia del artefacto como el hecho que sí ha trascendido que el control del lanzamiento sólo se hace al principio permiten augurar que se ha causado una devastación y un dolor enormes. Genera un vértigo brutal. Seguramente lo busca.

Trump ya anunció al tomar posesión que quería lograr que América volviera a ganar guerras. Para ello hay que provocarlas. Dijo que impulsaría la industria militar y que los países aliados gastarán más en seguridad y España acaba de aumentar un 30% la partida de Defensa, duplicando el gasto en armamento del 20 al 40%. ¿Alguien duda de a qué país lo compraremos?

Hago mías las palabras de Julio Anguita cuando le mataron a su hijo en la guerra de Irak: " Malditas sean las guerras y los canallas que las apoyan". Y las aplico a hoy: "Maldita sea la política de la Era Trump –el presidente es sólo un eslabón– y malditos los cobardes que obedecen babosos para que se masacre a hermanos nuestros inocentes mientras ellos visten luto cofrade a la vez que mancillan el Evangelio". ¡Esa ministra de Defensa de mantillas y banderas a media asta! ¡ Ese exministro de Defensa, que venía de la industria del armamento y ahora ejerce, en Washington, de enlace con los soldados imperiales! ¡Que los aullidos de los niños, hombres, mujeres, ancianos destrozados os impidan el sueño! ¡Que si hoy los acalláis con somníferos, os venzan en la demencia!

Lo que está pasando es atroz y lo sabemos. Nada bueno cabía esperar de un Trump, ni de un Putin, ni de un Erdogan, ni de un régimen dictatorial como el chino. Pero, ¿dónde están esos líderes políticos, demócratas convencidos, mentes con sentido de Estado y responsabilidad que impulsen una respuesta ya?

¿A qué espera la reacción social, el despertar y la coordinación inteligente de esos científicos que se queman las pestañas en los laboratorios para estirar un año la longevidad, para detectar vida microscópica en otro sistema solar? ¿Cuándo entenderemos que va con nosotros? Que los misiles que EEUU lanza a Siria salen de nuestra base de Rota –como podrían hacerlo de Morón– y podemos ser víctimas de un accidente u objetivo de una respuesta al ataque.

Estamos metidos de lleno. Fingiendo que la vida sigue, tranquila y apacible. Unos porque se autoengañan. Otros, por no transmitir el pánico a nuestros hijos. Pero en madrugadas como las de esta sangrienta Semana Santa, la atea que soy, con fe irredenta en la palabra, recuerda –en la cama, a donde llegan las marchas– la gran historia de redención. Y reza su plegaria laica para que el verbo fructifique, y la especie crea de una vez que es posible, no se resigne como tantas al poder del más bestia y articule, con talento, la alterativa al baño de muerte que nos cerca y se acerca.

"Mamá –pregunta la hija–, ¿es verdad que va a estallar la III Guerra Mundial?".

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