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¿Qué nos jugamos en estas elecciones?

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El fundador de Inditex, Amancio Ortega.

El fundador de Inditex, Amancio Ortega.

Esta pregunta se la están haciendo muchos. Y no se puede decir que haya una única respuesta. Dependiendo de los intereses que cada uno considere como propios tendrá unas expectativas dentro de un marco de posibilidades. A veces es complicado delimitar cuál es ese marco de posibilidades. Es fácil caer en el pesimismo pero también en visiones ingenuas, o en visiones a secas. En ese caso, lo más fácil es identificar cuáles son los intereses del contrario, qué marco de posibilidades tiene y cuáles son sus expectativas. Y desde la negación, pasar a la enunciación.

Los intereses de Florentino Pérez, Amancio Ortega, Juan Luís Cebrián o la familia Botín no son los de los trabajadores que viven gracias a la venta de su fuerza de trabajo o a unas exiguas prestaciones sociales. Los intereses de Florentino y cía. pasan por aumentar sus beneficios haciendo negocio con los servicios que todavía prestan las distintas administraciones del Estado (sanidad, educación, pensiones, dependencia, etc.) y desregulando más si cabe el mercado laboral, véase depreciando más la fuerza de trabajo.

Para sobrevivir, un trabajador tendrá que generar más riqueza para su empleador y tendrá que gastar más de su salario en recibir servicios que hoy todavía presta el Estado. Esa contradicción, nada novedosa, se va a agudizar en la próxima legislatura con la contrarreforma constitucional anunciada. El régimen español tiene que regenerarse para seguir reproduciendo la desigualdad social y la Constitución actual se queda corta. Si no se regenera, colapsa. Por eso se dice que en la próxima legislatura se dirime la reforma (o regeneración) frente a la ruptura. Creo que las condiciones determinan pocas posibilidades para la ruptura del régimen. No obstante, sí se puede frustrar la "regeneración". Y después ya veremos.

En estos años de crisis, hemos mirado con atención la respuesta social y política a la dictadura del capital financiero que, mediante planes de ajuste y austeridad, ha empobrecido el sur de Europa. La victoria de Syriza hizo ver que el bipartidismo, sostenedor de las políticas neoliberales, podía ser derrotado en sus distintas variantes nacionales. Después de Grecia tendría que venir España. No entro a valorar el papel actual de Syriza pero sí el hecho de que el caso griego guarda parecidos con España pero, muy especialmente, diferencias. De esas diferencias emana el marco de posibilidades que Florentino y cía. sí tienen en España, en perjuicio de la mayoría social.  En Grecia ha habido crisis económica, institucional, social y política. Todo esto nos suena. ¿Dónde está la diferencia? En la intensidad de las mismas y en sus efectos. La depauperación de las capas medias descompuso la base electoral socialdemócrata. El Estado tampoco pudo responder a la crisis, maniatado por la UE y ahogado por las deudas. En España ha habido crisis económica, institucional, social y política. Sin embargo, la crisis institucional y política que podía haberse agudizado con el relevo de Juan Carlos I pasó sin pena ni gloria y las tensiones han sido canalizadas a las contradicciones del modelo autonómico. La "España que se rompe" no se mide en términos de renta entre españoles sino en la confrontación nacionalista. La base electoral socialdemócrata tampoco se ha descompuesto. No ha habido pasokización del PSOE, a pesar de sus escisiones y descenso electoral.

A estas elecciones llegamos con dos condicionantes que restringen el marco de posibilidades para la ruptura del régimen y allanan el terreno a la regeneración del mismo. La primera es la desmovilización social, no hay más que ver su reflujo, certificado con las marchas de la dignidad. La tensión en la calle se ha trasladado a la tensión en los platós televisivos. Desahógate y empodérate viendo como dejan a Inda en ridículo un sábado por la noche; total, no tienes dinero para salir de copas. Se mira al bufón de la corte mientras el rey sigue tranquilo en el trono. Aunque sea una perogrullada, no por ello es menos oportuna: sin movilización social no es posible el cambio político. Y eso lo saben bien quienes quieren que todo cambie para que todo siga igual.

El segundo condicionante es la capacidad del régimen de capturar a sus pretendidos antagonistas. La aceptación de la OTAN, la renuncia a la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía privatizados por Felipe González y Aznar, el apoyo al último plan de ajuste griego o la renuncia a la reivindicación republicana han calado en la fuerza política que pretendía erigirse sobre la debacle del PSOE. Podemos ha virado tanto que ya no da miedo a quienes debían temer una caída del PSOE. Eso no significa que las diferencias entre ambos no sean muchas, sobre todo en cuestiones de segundo nivel. Pero en lo que respecta a los pilares del régimen (OTAN, UE y monarquía) se mueve entre una estoica aceptación, tibia crítica o, directamente, renuncia expresa a su cuestionamiento, según el caso. La gravedad de esto estriba en las consecuencias a largo plazo para la reproducción del régimen que pretende regenerarse. Aceptar esa tríada, OTAN-UE-Monarquía, no construye un electorado para un nuevo país, sino que amplía la influencia del viejo bipartidismo entre grupos sociales golpeados por la crisis que serían proclives en la actual coyuntura a la ruptura.

Estos dos condicionantes, desmovilización social y escoramiento al centro de las propuestas políticas "del cambio", aumentan las expectativas de Florentino y cía de llevar adelante en la próxima legislatura una contrarreforma constitucional, entre cuyos objetivos está una modificación de la ley electoral de corte presidencialista que anule las opciones de la izquierda para entrar en los parlamentos. Tal y como ya sucede en otros países de referencia.

No obstante, queda mucho por decir. El modelo social y laboral que la crisis ha impuesto por la vía de los hechos y del artículo 135 genera una precariedad estructural entre las capas populares y, muy especialmente, en las generaciones jóvenes. La búsqueda de estabilidad política (y electoral) va a chocar con una inestabilidad social permanente. El miedo al desempleo, a la exclusión serán (como ya son) consustanciales a la vida de la mayoría de la gente. Las condiciones de seguridad vital que proporcionaba el maltrecho estado del bienestar a las mal llamadas clases medias no va a volver. La seguridad vital (pan, techo y trabajo) solo la garantiza el nuevo país por el que apuestan la izquierda y los grupos sociales golpeados por la crisis que quieren romper con el régimen del 78. ¿Se puede abrir paso un nuevo país sin movilización social y con la izquierda transformadora fuera de los parlamentos? Evidentemente, no.  ¿Está determinado este funesto desenlace? Tampoco.

España va a sufrir duramente el impacto del frenazo económico en China y en los países emergentes. Las otrora locomotoras de la economía mundial ya no tienen combustible. Cómo va a afectar a la UE (la economía de Alemania se sustenta en sus exportaciones) está por ver. Lo que es seguro es que la desprotección social de los trabajadores en una nueva crisis es mayor que hace pocos años, una vez se han desmontado los resortes del Estado. Estados endeudados, con pocos ingresos (no se quieren tocar las rentas del capital) y maniatados por directivas europeas.

La única vía para los trabajadores va a ser la movilización social. La próxima legislatura va a ser la del conflicto social.  Tampoco está decidida la composición del próximo parlamento. Un parlamento al que deberán llegar las voces del conflicto social. En la próxima legislatura un grupo parlamentario fuerte de Izquierda Unida-Unidad Popular puede ser clave para frustrar la hoja de ruta neoliberal que tan bien han aplicado hasta ahora. No parece haber duda de que el PP o el PSOE formará gobierno con mayor o menor apoyo de otras fuerzas, lo que sí está por ver es el peso de la izquierda transformadora, de Izquierda Unida, en el próximo parlamento y cómo, en alianza con la calle, se rompe la aritmética parlamentaria. La hoja de ruta neoliberal se enfrenta a dos riesgos en la próxima legislatura: el peso electoral de la izquierda y la movilización social.  Sobre esas bases ha de desarrollarse la unidad popular, con izquierda transformadora y con movilización social. Una unidad popular frente a la tríada del régimen del 78 (OTAN, UE y monarquía) que requiere de sujetos políticos a la altura de la nueva fase que se está abriendo. Para ello IU tiene que dar más pasos en la línea de ser apropiada por quienes sufren la precariedad. Por eso IU se ha de adaptar a formas que permitan su instrumentalización por las víctimas de la crisis. Convertirse en herramienta de transformación social de un sujeto político que la desborde.

 

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