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La Ciudad contra el Estado

La hipótesis municipalista que ha puesto a las ciudades en el centro de las estrategias de gobierno y tranformación social podría ser leída como un nuevo Renacimiento de las Ciudades-Estado. Sin embargo, los procesos abiertos permiten someter a crítica la noción misma de "Ciudad-Estado" y sustituirla por otra, no sólo con mayor capacidad explicativa, sino también de mayor alcance político: "la Ciudad contra el Estado"

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La propuesta implícita en las candidaturas municipales de confluencia ciudadana que han accedido a gobernar los ayuntamientos de algunas de las ciudades más importantes del territorio español supone un importante desplazamiento en lo que a las formas de gobierno se refiere. Al situar a la ciudad en el centro de la estrategia de intervención y al reivindicarla como el lugar desde el que hacer política se ponen en entredicho otros ámbitos de gobierno, como pueden ser las Comunidades Autónomas y, sobre todo, la Nación. 

Sin embargo, antes de celebrar este desplazamiento, conviente evaluar hasta qué punto y bajo qué condiciones este movimiento juega en favor o en contra de la racionalidad neoliberal que se dice estar tratando de enfrentar. El desplazamiento que situa a la ciudad en el centro no resulta necesariamente en un proceso de emancipación ni de profundización democrática, mucho menos aún de ruptura con las dinámicas de acumulación por desposesión. El movimiento municipalista se enfrenta a dos peligros que le son intrínsecos y que debe conjurar: 1. La sobrecodificación estatal de la ciudad y 2. La captura capitalista. 

Para conjurar el primero de estos peligros hay que distinguir dos líneas de composición diferentes, que si bien pueden ser simultáneas e, incluso, en muchos casos encontrarse articuladas, no por ello deben ser confundidas. La línea de composición de la forma-ciudad no coincide con la línea de composición de la forma-estado. Uno y otro proceso son diferentes. Hasta el punto de que algunos investigadores han llegado a diferenciar entre dos modelos urbanos dependiendo de si la ciudad se encuentra o no capturada bajo el Estado. Así, habría un sistema palatino, en el que la ciudad sería una excrecencia del palacio o del templo, y un sistema ciudadano, en el que el palacio o el templo no serían más que un punto de concreción de la ciudad como conjunto de procesos periféricos. Por decirlo con las metáforas hoy en día en voga, habría un modelo construido de arriba a abajo, con un núcleo irradiador, y, frente a éste, un modelo construido de abajo a arriba en el que el centro sería sólo el efecto de entrecruzamientos.

En el marco histórico-político en el que nos encontramos esto se traduciría en dos dinámicas políticas del todo diferentes. Una primera en la que el ayuntamiento funciona como centro desde el que emanan las propuestas políticas y de participación ciudadana, y, por tanto, alrededor del cual se organiza la vida urbana; una segunda, en la cual son los procesos periféricos los que priman, sin por ello dejar de articular un punto de concreción secundario como lugar de autogobierno.

En cualquier caso, mientras que el modelo palatino responde a la integración de la ciudad en el mosaico del Estado, compuesto de múltiples ciudades asociadas  organizadas en torno a una capital, el modelo ciudadano responde a un esquema de red en el que cada ciudad constituye un nudo en el interior de una malla distribuida,  una zona caracterizada por un diferencial que la especifica respecto del resto de sus iguales, respecto del resto de ciudades con las que se encuentra conectada.

En definitiva, la ciudad nunca existe de manera aislada, sino siempre asociada a otras ciudades. Ahora bien, esta asociación puede ser horizontal y en red, dando lugar a un modelo urbano ciudadano; o bien puede ser vertical y en mosaico, dando lugar a un modelo palatino, con una capital como eje veretebrador, efecto todo ello de la captura por parte del Estado.

En este sentido, ha de ser puesta entre paréntesis la noción de "Ciudad-Estado" manejada por los historiadores. En la Antigüedad los fenicios, los griegos o los cartagineses producen redes de ciudades cuya organización no responde ni se refiere a la forma-estado si no es, precisamente, para conjurarla. Lo mismo ocurriría con la red de ciudades italianas a partir del siglo XI, o con las ciudades hanseáticas, sin funcionarios ni ejército. Estas redes de ciudades no son tanto Ciudades-Estado como Ciudades contra el Estado, en la medida misma en que su articulación les permite inhibir la captura en el mosaico de Estado.

La cuestión más inmediata ahora es cómo componer un tejido de ciudades rebeldes capaces de conjurar la captura estatal. Sin entrar a discutir si el Estado es un producto endógeno o exógeno de la red urbana, es necesario poner de relieve que el Estado siempre está presente como virtualidad de la red, como su peligro y su más inmediata posibilidad. La red siempre está a punto de convertirse en mosaico, aunque ello suponga su destrucción. Y es sólo a través de mecanismos de anticipación e inhibición de la forma-estado que se pueden desplegar las dinámicas de autogobierno ciudadano.

Como bien apuntara Braudel, en el conflicto entre Ciudad y Estado, casi siempre gana el Estado: "el Estado ha disciplinado a las ciudades, violentamente o no, con un ensañamiento instintivo, donde quiera que miremos a través de Europa". Hoy, que el Estado ya no es exactamente el Estado-Nación, sino una composición de instancias supranacionales compuesta, entre otros, por la Comision Europea, el FMI y el BCE, en las cuales se concentra actualmente la soberanía, las ciudades han de articularse para renovar los mecanismos de inhibición y conjura. Para ello no parece que haya otra vía que la supresión de todo monopolio en lo que se refiere a la toma de decisiones y, por tanto, la implementación de procedimientos de redistribución del poder político.

Pablo Lópiz Cantó

@plopiz

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