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Alfons Cervera

Escritor valenciano

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 52

Partirles la cara, con todos los respetos

No se habla de otra cosa desde hace meses. Por todas partes, una sola palabra: Constitución. Las alabanzas en boca incluso de quienes la negaron en 1978 porque les parecía demasiado democrática, poco franquista. Tanta gente del PP que hasta entonces había profesado la fe tristísima de la dictadura grita ahora cuando a alguien se le ocurre hablar de que es necesaria una reforma de la Constitución. Entonces no la querían y ahora es como si fuera suya, sólo suya y de nadie más. Dicen que tocarla es imposible. Sin embargo, la tocaron Rajoy y Rodríguez Zapatero para, en una sola noche y en una amañada partida mano a mano como los tahúres del Oeste, entregar nuestro dinero a los famosos hombres de negro que en esa Europa de los privilegiados exigía el pago inmediato de la deuda. La Constitución es suya y la cambian cuando quieren. Por eso, aunque Pedro Sánchez diga a su militancia que su logro ha sido sentar a Rajoy para reformar la Constitución, sabemos que esa reforma no va a ir más allá de cambiar de sitio una coma o de sustituir un adjetivo inútil por otro más inútil todavía.

Lo que nunca se dice es que la Constitución no se cumple en bastantes de sus principales apartados. El derecho a vivir con dignidad, a ser iguales ante la ley y la justicia, a que la lluvia y los chuzos de punta te cojan bajo un techo sólido y no a la intemperie. Más o menos esos derechos están recogidos en la famosa Constitución de las narices. Pero esos derechos no les importan a quienes estos días han reducido esa Carta, pomposamente llamada Magna, sólo a la cuestión territorial. Es como si únicamente existiera eso en la Constitución. Si cuestionas la unidad de España, el gobierno te señalará con el dedo y hará todo lo posible para que la justicia te acuse de sedición y te meta en la cárcel (por cierto: qué rapidez en meter en la cárcel a unos y de cuánta impunidad disfrutan otros para no pisarla nunca). Pero ese mismo gobierno y esa misma justicia no moverán un dedo si te quedas sin casa porque te la han robado los bancos, o si te detienen por ejercer la libertad de expresión sin pertenecer a la extrema derecha, o si te mueres de hambre porque en tu casa toda la familia está en el paro o -como leo en este diario- cada adulto de esa familia sólo tiene trabajo una hora y media al día. Los últimos datos socioeconómicos de la Comunidad Valenciana (y no son los peores de esta España que a algunos les parece tan grande y tan imprescindible) lo dicen: un millón y medio de personas viven (es un decir) en riesgo de pobreza y exclusión social; casi millón y medio viven (también es un decir) con menos del salario mínimo: 638 euros; casi cuatrocientas mil viven (querrán decir mueren) con menos de 384 euros al mes. Aunque hayan desaparecido de la agenda periodística, los desahucios siguen existiendo cada día. En estas páginas se cuenta cómo la familia compuesta por Lissy y sus tres hijos tenían una vivienda en alquiler y la aparente dueña desaparece de repente porque esa vivienda era de Bankia. Y Bankia -cómo no- ha puesto en la calle a toda la familia sin que a nadie se le ocurra que eso está prohibido por la Constitución.

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La caza

Veo las imágenes desde lejos. En la habitación de un hotel, a más de mil quilómetros de Valencia. Me paso el tiempo pegado a las noticias. La del lunes por la noche me llenó de ratas las tripas. La calle ha vuelto a ser suya. Creo que nunca ha dejado de ser suya. Aunque lo disimularan. Aunque se escondieran a la sombra de una democracia que les servía de acomodo. La pregunta del millón desde hace tanto tiempo: si la dictadura franquista duró cuarenta años, ¿dónde demonios se escondieron los franquistas cuando llegó la democracia? Mucha gente hemos respondido a esa pregunta hasta la extenuación: casi todos estaban en el Partido Popular y unos cuantos haciendo músculo en los gimnasios y en alguna empresa de seguridad hasta que llegara su momento.

Ese momento ha llegado. Las imágenes de Zaragoza, cercando con su envergadura nazi la reunión de cargos electos para hablar de dentro y de fuera de Cataluña. Las imágenes de Valencia la otra tarde, las que veía lleno de estupor desde tan lejos. Esas carreras desbocadas a la caza de quienes se manifestaban pacíficamente por unas ideas que repugnan a los violentos. La saña de las patadas, de los golpes a destajo, la bandera con el toro y el águila que les sirve de coraza. Es su momento histórico desde aquellos lejanísimos años de la Transición. La calle se ha convertido en una emboscada. Bien que lo dice el joven que se les enfrentó y sufrió las agresiones: “fue una cacería de la extrema derecha”. Pero no sólo es eso, no sólo ha salido el falangismo de gimnasio a sembrar el daño entre la gente. Está ese otro falangismo civil. El que se arremolinaba en la salida a Cataluña de la policía y guardia civil al grito bélico de “¡A por ellos!”. Como si estuvieran despidiendo a un ejército en guerra. Aquel franquismo sociológico del que hablaba Manuel Vázquez Montalbán se abre paso en la forma de una violencia selectiva, nada ciega, de un mear en el asfalto para acotar a su favor el territorio del miedo, en la forma también que tienen las televisiones estos días de llamar defensores de la unidad de España a los neonazis que apalizan impunemente en las calles a la gente y a la propia democracia. Radicales contra radicales: ésa fue la información en muchos medios de comunicación sobre la violencia fascista en Valencia el 9 de Octubre. El periodismo que se estila. A esa calaña que habla o escribe desde la manipulación no son periodistas. Pero ahí están, mintiendo más que respiran y azuzando el odio en sus diarios, radios y televisiones.

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La patada en la puerta

Estabas tranquilamente en tu casa. La tele. Un libro. El potaje a punto de caramelo. La biblia en pasta de la felicidad. Hogar dulce hogar. Y de pronto, la puerta abajo. Descoyuntada. Los goznes hechos una birria. Y en quince segundos, la casa llena de policías. La gente más joven que lea este artículo igual no sabe de lo que hablo si hablo de una ley que se sacó de la manga un ministro socialista que se llamaba (todavía se llama) José Luis Corcuera. Era ministro de Interior cuando Felipe González presidía el gobierno del PSOE. Destacaba en su biografía que había sido obrero electricista. ¡Increíble: un obrero de ministro en el gobierno de Felipe González! Pues bien, ese ministro se inventó en 1992 una ley que tenía un nombre más largo, pero se la conoció como “la ley de la patada en la puerta”. O sea que, si se sospechaba que en tu casa se cocía algo más raro que un potaje con el añadido final de huevo duro y hierbabuena, llegaba la policía y sin orden judicial y sin nada echaba la puerta abajo y tú o alguien de tu familia iba a pasar un rato de los malos en el comedor con la tele puesta o en el trullo. Muchas leyes de todas las épocas han tenido que nombrarse con una cierta economía gramatical para que las entendamos: ley de amnistía para los torturadores del franquismo, ley mordaza, ley de la patada en la puerta… Ya saben. Cosas del lenguaje enrevesado de las leyes para confundir al personal.

El otro día una jueza de Paterna ordenó a la policía que entrara en una casa de Burjassot y detuviera a un joven que vivía allí con sus padres y su hermano. No echaron la puerta abajo, pero la cosa era muy parecida a lo que emanaba de la famosa ley del ministro que cambió el mono de trabajo y el amperímetro por el traje de alpaca, la corbata y la pluma con la que firmó la licitud de irrumpir la policía violentamente en las casas cuando estaba a tope el telediario. La acusación de la jueza en el caso de Burjassot era de desobediencia con motivo del referéndum catalán. Pero como eso no resultaba fácil de colar, la justificación para el asalto policial -como en la ley Corcuera- fue la de posesión de drogas y crimen organizado. Nada menos. Crimen organizado. Y la jueza se quedaría tan ancha jugando a batallitas mafiosas, como si la casa del joven fuera la sede del PP en la calle Génova de Madrid o el ayuntamiento de Valencia cuando mandaba allí dentro Rita Barberá. En realidad, lo que buscaban la policía y la jueza era el ordenador del chaval porque, según les constaba, se distribuía desde allí información de páginas web sobre el referéndum de Cataluña. Más o menos lo que miles y miles de personas han estado y están haciendo en estos días confusos ocupados por la incertidumbre y el desasosiego.

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El oficio de los buitres

Hace tiempo que el periodismo no es periodismo. Es una mierda. Así de claro. La crisis arrumbó el alma de un oficio que siempre se movió como pudo y lo dejaron entre el interés económico de las empresas y la ética personal a la hora de contar lo que pasaba. La crisis acabó con ese equilibrio y lo que quedó fue sólo la necesidad empresarial de sacar dinero de donde fuera con tal de no hundirse en los números rojos de la ruina. La ética periodística se convirtió en la voz de su amo. Había que escribir al dictado de quien desde los despachos altos de la empresa imponía lo que tenía que salir o callarse en las páginas de un periódico, en los diales cada vez más ruidosos de la radio o en las pantallas también cada vez más inquietantes de los televisores. Eso cambió las reglas maestras del periodismo: desapareció lo que el periodismo tenía de servicio público y lo que vino fue un periodismo descaradamente al servicio de la carroña. Los periódicos, las radios y las televisiones se habían convertido en una carnicería con las noticias colgadas pornográficamente en los ganchos donde se cuelgan las piezas descarnadas de una vaca o la cabeza con las cuencas orbitales vacías de un cordero.

Ya no importaba la verdad sino su más obsceno despedazamiento.

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El cinismo, esa burla tan obscena del dolor

De qué vas a escribir cuando lo único que te rodea es daño, gritos y silencio mezclados en una extraña camaradería compasiva a las puertas de las instituciones y en las plazas, regueros de sangre vilmente repetidos hasta la extenuación en las tripas sin alma de un wasap. La muerte filmada en el mismo instante en que los estertores de quien se muere son el último y detestable plano de una película que confunde -no sé si aposta- la realidad con las ficciones. De qué vas a escribir que no sea de eso mismo, de que estos días y otros tristemente parecidos son, como en los versos del poeta Ángel González, “como la espuma sucia/de un día anticipadamente inútil”. Un tiempo habrá de venir distinto a éste, escribía el poeta. No lo sé. Seguramente habrá de venir un tiempo distinto, con otras raíces menos vergonzosas donde anclar su porvenir, con una manera diferente -más horizontal y sin tanto privilegio canalla de quienes lo tienen todo a su nombre como si todo fuera suyo- de encararnos claramente y sin engañifas a lo que nos pasa. Hoy, sin embargo, toca escribir con cinco minutos de silencio los renglones del horror.

Yo estaba lejos cuando la camioneta matriculada a nombre de la muerte embestía la tranquila tarde de las Ramblas, en esa Barcelona que durante cinco minutos juntaba a Rajoy y Puigdemont como si fueran la misma cara de una moneda acuñada hasta ese mismo instante con el sello indeleble de lo irreconciliable. Como cuando llega la Navidad a los campos de batalla, había que hacer un receso en la metralla que cubre la distancia terrera entre las trincheras enemigas. Me llegaban confusamente las noticias. Bailaban el número de muertos y heridos, los sitios de los asesinatos, la joven edad de los presuntos asesinos vinculados, ya desde el principio y sin ninguna duda mediática ni policial, al yihadismo. Las Ramblas se había convertido en un paisaje desolador. El periodismo más violentamente carnicero abría una brecha en esa desolación para exigir una justicia igualmente carnicera, una justicia que incitaba al mismo odio que matriculó la furgoneta terrorista para sembrar el dolor en medio de una inocente tarde de agosto cerca del alegre y familiar jolgorio mañanero del mercado de la Boquería. El odio, siempre el odio -y no sólo en estos atentados- de esos individuos que no son periodistas sino unos detestables matarifes del periodismo, a sueldo de la más insoportable abyección moral y la mentira.

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Esos pueblos que no salen en los mapas

Hace unos días, el gobierno valenciano escogió el Rincón de Ademuz para reflexionar sobre sus logros y cuentas pendientes en los dos años de legislatura. Está bien esa elección. Una manera de escribir, en la tierra que se pisa, los planes de futuro para aliviar la despoblación que sufren las comarcas valencianas de interior. El Rincón y la Serranía son posiblemente las dos que se llevan la palma en lo que toca a quedarse cada día que pasa más vacías de gente y de esperanza. Quiero decir vacías de esperanza en el futuro -como apuntan los planes del Consell- pero digo también y sobre todo vacías de esperanza en el presente.

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El PP ya enterró a sus muertos

Otra vez con lo mismo. Y así será hasta el infinito, como no cambien las cosas. La Diputación de València está trabajando a tope para localizar fosas comunes y llevar a cabo los trabajos de exhumación. Las fosas están llenas de cuerpos amontonados. Así, de cualquier manera, los ametrallaban al lado de las carreteras o en los paredones de los cementerios, les soltaban el tiro en la nuca y arreando que es un gerundio en este caso lleno de odio a quien no pensaba como los asesinos. No son palabras mías. Son palabras de los militares golpistas Yagüe, Mola y Queipo del Llano: que no quede uno que no piense como nosotros. Los “nosotros” eran los fascistas en la guerra. No era una operación sólo bélica contra la legitimidad republicana, era una clarísima operación de exterminio. Una de las famosas frases del general Mola: “Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de todos los enemigos de España”. Y se aplicó, con sus cómplices rebeldes, apasionadamente a la faena. Tocaba, pues, exterminar la República y a quienes la defendían. Luego ganaron la guerra y siguieron con la misma operación. Ahora somos el segundo país del planeta con más desaparecidos, después de Camboya. Lo hemos dicho muchas veces. Y por desgracia hemos de seguir diciéndolo. Y escribiéndolo.

El cementerio de Paterna es uno de esos sitios en que levantas un palmo de tierra y sale un montón de cadáveres. Lo que queda de esos cadáveres: huesos y a veces utensilios personales, una hebilla, restos de una suela de zapato, alguna pitillera… Lo que dejaba la metralla en los cuerpos que luego eran dejados caer como fardos de ropa sucia en los contenedores del horror. El otro día estuve en una de esas fosas, la 113. Allí las familias de las víctimas republicanas explicaron su lucha incansable, las razones por las que sus familiares fueron asesinados y por qué siguen ahí después de tantos años. No sé si lo dijeron ellos, pero lo apunto yo: esos cuerpos siguen en la vergüenza de su invisibilidad porque en este país nunca hubo una política decente de memoria. Ningún gobierno la hizo. Ninguno es ninguno. Hasta ahora fueron leyes flojas, dictadas por el miedo a la derecha, hechas a la medida del famoso consenso de esa Transición “tranquila” de los seiscientos muertos. No sé cómo le gusta a tanta gente esa Transición: no fue tranquila sino extremadamente violenta, igualó vergonzosamente a las víctimas republicanas de la guerra y de la dictadura franquista con sus verdugos, dejó para el futuro la igualmente vergonzosa estrategia del silencio y el olvido. Paletadas de tierra sobre los cadáveres. Paletadas de tierra sobre quienes defendieron con sus vidas una democracia que nunca ha respetado su memoria.

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La pancarta y los negocios del PP

Lo peor no es que el PP siga ganando elecciones a pesar de ser un partido corrupto hasta las cachas. Lo peor es que nos sigue imponiendo su hoja de ruta, su moral construida con chantajes emocionales y mentiras a destajo. Este país no consigue desligarse del peso cultural e ideológico del franquismo, que es lo que representa el PP con pocas dudas y muchísimas señales.  Tampoco, se mire como se mire, de ese otro peso que a sus anchas sigue imponiendo esa gran aliada del PP que es la Iglesia. O al revés, que me da igual: será tal vez el PP el principal aliado de la Iglesia. El caso es que aquí estamos, haciendo caso a lo que el PP diga o deje de decir. Lo que el PP dice va a misa. Y así nos va. Y así le va a esta democracia cada día que pasa más endeble, más raquítica, menos convencida de que la única manera de crecer es dejando atrás la maldita ideología de la dictadura representada -se diga lo que se diga- por el Partido Popular. Miren lo que está pasando estos días con el aniversario del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA. El PP se ha hartado de usar a las víctimas de ETA como arma arrojadiza contra los demás partidos. El PP se ha apropiado de la memoria de esas víctimas. El PP sólo considera víctimas a las que provocó ETA, sólo a esas. El PP considera que las miles y miles de personas asesinadas por la dictadura franquista no son víctimas sino que se merecían pagar de esa manera su defensa de la libertad, la democracia y la República legítimamente instituida. El PP considera que la gente -tanta, tanta gente- que se refugia en esa Europa de los ricos no es víctima de nada, ni del horror ni de nada, y por eso no les hace ni puñetero caso. El PP considera que las víctimas del Metro de Valencia y las del Alvia en la curva de Angrois no son víctimas, son escoria que no se merecen ni un solo gesto de ternura y aún menos de responsabilidad política.

Al PP sólo le interesan las víctimas de ETA y como negocio. Un negocio que creíamos sólo político pero que ahora hemos descubierto que era también económico. El PP ha aprovechado los fondos de la Fundación Miguel Ángel Blanco para financiar campañas electorales, ha usado la memoria del muerto para aumentar sus cuentas corrientes. El PP ha destripado la memoria de esas víctimas y ha convertido sus vísceras en dinero para la trama Gürtel. La Gürtel y las víctimas de ETA mezcladas en un barullo repugnante de intereses políticos y económicos. Es lo que hay. Y sin embargo, con motivo de ese aniversario, han conseguido los del PP que todas las fuerzas políticas de este país bailen estos días al son que ellos les tocan. El son de la demagogia, del chantaje emocional, de esa viejísima procedencia cristiana de muchas de nuestras dolencias actuales. O pones la pancarta con el nombre de Miguel Ángel Blanco en las fachadas de las instituciones o eres un desalmado, un reo del infierno, un pedazo de carne sin conciencia, un cómplice de ETA. Otra vez ETA. Otra vez ETA y no se cansan nunca. Es como si la echaran de menos, como si la necesitaran para que este país se quede para siempre a las puertas y nunca dentro de la historia. Y todas las fuerzas políticas a correr detrás del PP, a poner la pancarta para que nadie les diga que están con ETA y no con su concejal asesinado.

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El abuelo de Heidi en las Corts Valencianes

Nunca había estado en un debate parlamentario. Son cosas que me caen lejos. Pero ahora ya no puedo decir lo mismo. He asistido a uno: al debate sobre la Ley de Memoria Democrática y para la Convivencia celebrado en las Corts Valencianes. Estaba en la tribuna de invitados y ahora entiendo mejor lo difícil que resulta mantener las formas cuando tienes enfrente a la bancada del PP. Y no quiero ni pensar en la época -la interminable época- en que ese partido tuvo la mayoría absoluta en las instituciones. No quiero ni pensarlo. ¡Qué horror!

Es como si los diputados y diputadas del PP acudieran al hemiciclo después de rociarse el cuerpo y el alma con un spray contra la democracia. La democracia es para ellos y ellas esa plaga de mosquitos que incordia hasta la exasperación. Les provoca sarpullidos. Es escuchar la palabra democracia y empezar a rascarse como si tuvieran la sarna. Al lado del portavoz Luis Santamaría se sentaba un tipo de pelo a lo Primo de Rivera que no paró de reírse todo el rato, de protestar cualquier decisión del presidente de las Corts, de jalear a los suyos como si fuera un director de majorettes en un partido de fútbol americano. Era clavado clavadito al fundador de la Falange. Se lo juro a ustedes. No sé cómo se llama. Ni me importa. Sé que estaba allí. Y que yo lo veía. Nadie me lo ha contado. Le va la marcha. La bronca. La gomina en el pelo. El tiempo aquel del falangismo. El gesto hosco cuando se habla de democracia. Ya lo dije: el spray que repele a los mosquitos.

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De torturadores y leyes de memoria

Sale su nombre por todas partes: Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño.  Esa presencia suya entre el dandy que se cuela por el morro en una fiesta de alto copete y el mafioso. Unos ojos saltones que a ratos son los de Peter Lorre en “El vampiro de Dusseldorf” y también los de Chucky, el muñeco diabólico. Casi siempre aparece la misma fotografía. Otras veces -muy pocas- sale corriendo como un atleta por las calles de Madrid. Lo suyo era permanecer en el cuarto oscuro de las torturas, deshumanizar a quien convertía primero en carne de humillación y después en un despojo parecido a un trapo exprimido en la balsa mierdosa de las atrocidades. La militancia de izquierdas que pasó por sus manos durante la dictadura franquista lo sabe bien. Lo está contando, esa militancia torturada, cuando alguien le pregunta, cuando algún medio de comunicación se interesa por ese pasado ignominioso de policías que parecían psicópatas y políticos que en vez de cesarlos les ponían medallas. Ese mismo policía con seudónimo de pistolero del Oeste era condecorado por el ministro Martín Villa con la Medalla al Mérito Policial en 1977. Ya estábamos en democracia. O en algo que remotamente se le parecía.

Pero han pasado cuarenta y dos años desde que se murió Franco y en España es imposible juzgar a los más feroces servidores de la dictadura. Ni a policías como González Pacheco ni a ministros o altos servidores del franquismo como Martín Villa. La Ley de Amnistía de 1977 los protege. Por eso ahora se está intentando, a través de la jueza María Servini y la Querella Argentina, que esa maldad sea juzgada en los tribunales de justicia. Esa maldad encarnada por los policías franquistas que disfrutaban aplicando métodos de tortura aprendidos en los laboratorios nazis del horror. Esa maldad nada banal, por mucho que otros hablen siempre de esa obediencia debida que convierte a un policía torturador en un pobre diablo al servicio del poder superior. Ahí está el caso del comisario Antonio Juan Creix, el máximo torturador en la comisaría barcelonesa de Vía Layetana, poco menos que transformado en un entrañable juguete roto porque al final la propia dictadura lo relegó a los subterráneos de la vergüenza. Ésas eran las mañas de los jerarcas franquistas de los nuevos tiempos: para hacer más presentable la democracia abandonaron en las orillas de esa democracia a algunos de los suyos más impresentables. Lo hicieron con Creix y ahora -tantos años después de muerto- alguna gente siente lástima por el pobre torturador. Lo de siempre: las excusas de la banalidad del mal. A Hitler le gustaba jugar con los niños y pintar cuadros naifs mientras convertía el mundo en un cementerio. Pobrecito Hitler, tan maltratado por la historia. Pobrecito Franco, con su vocecita de niño meándose de risa mientras firmaba sentencias de muerte desayunando con sus nietos.

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