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Delia Rodríguez

Periodista especializada en nuevas narrativas y viralidad. En la actualidad trabaja en Univision en EEUU como Subdirectora de Desarrollo de Audiencias. Antes fue la creadora y directora de la sección Verne de El País, redactora jefa del Huffington Post en España y directora de la web de SModa. Formó parte del equipo fundacional de soitu.es.
Es autora de Memecracia, el primer libro en español que analizó la viralidad en las redes.
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Redes: Internet ha complicado mucho el futuro

A no ser que se caigan las Torres Gemelas, el futuro no es algo que suceda de repente. Estamos siempre viajando en el tiempo, buscando los raíles que nos llevarán adelante y despegándonos las telarañas del pasado. Una puede conducir por las mañanas hasta el futuro de la economía y regresar a casa por la noche a la edad media de las libertades; mirar el móvil y avanzar diez años, cerrarlo y retroceder tres. Hay quien muere intentando progresar cruzando fronteras, y otros que pagan fortunas por retroceder en islas sin conexión. Sociedades enteras que creían que estaban en un momento histórico y al parpadear se han visto en otro. La idea de futuro como un lugar mejor es una cuestión de grado, conocimiento, dinero, circunstancias, suerte, momentos. Si me preguntan cómo será el mundo dentro de 25 años responderé que en algunos sitios, para algunas personas, es probable que ya esté sucediendo, y también que quizá a muchos solo les llegue, tarde, la peor parte.

Miro las pantallas brillantes que decoran la redacción de la tele estadounidense en la que trabajo y veo a un personaje de reality show con un bronceado artificial gobernando el país más poderoso del mundo a través de las redes sociales. El dinero en efectivo no se utiliza y de todo queda rastro en la tarjeta de crédito. La policía se graba constantemente en vídeo como autodefensa, las víctimas de crímenes de odio también. Hay adolescentes que se suicidan en directo en Facebook. Unas pocas empresas controlan todo el flujo de información, escuchan lo que se dice en los salones con televisiones y altavoces, almacenan los lugares por donde se navega, las búsquedas que se realizan, las localizaciones geográficas, los mensajes de móvil. Poseen un mapa exacto de las relaciones, de a quiénes conocemos, cómo nos comunicamos. En la oficina el correo electrónico y el comportamiento online son monitorizados. Si alguien quisiera vivir sin salir para nada de casa podría hacerlo comunicándose solo con una compañía, Amazon, que le vendería todo lo necesario, desde una lechuga hasta una película. Es posible levantarse siendo un desconocido y acostarse siendo famoso en todo el mundo por un viral estúpido. Existen monedas inventadas con ceros y unos, filtraciones de información clasificada que ningún periódico es capaz de procesar solo, ataques informáticos que tumban cientos de empresas en todo el mundo en horas, ciberguerra, supervillanos que lanzan cohetes al espacio y fabrican coches sin conductor, tipos que fundan empresas billonarias pero que son incapaces de no hacer el ridículo en público.

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Un problema del periodismo, siete de los periodistas y dos de los lectores

El año pasado, justo después de dejar mi trabajo en El País, me pude permitir el mayor lujo de mi vida. Mientras esperaba la visa para entrar en Univision –la gran cadena latina de EEUU– pasé siete meses sin trabajar. Viajé, pero sobre todo me dediqué al placer de no hacer nada en especial, de saber que había una nómina en el horizonte y ninguna necesidad de madrugar al día siguiente.

Si antes de ese semiretiro me hubieran preguntado si podía vivir sin el periodismo, habría dicho que no. Ahora es una pregunta que me hace mucha gracia.

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