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Emmanuel Rodríguez

Emmanuel Rodríguez es sociólogo y doctor en historia. Participa en la Fundación de los Comunes y en el Observatorio Metropolitano de Madrid. Ha publicado Fin de ciclo. Financiarización, territorio y sociedad de propietarios (con Isidro López) e Hipótesis democracia.

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¿Una nueva estrategia económica de las élites?

La irrupción de la nueva derecha de Ciudananos ha animado innumerables interpretaciones acerca del who's who en ese partido, así como de sus posibilidades de ascenso electoral. Algunas son tan sobresalientes como la de Jaime Palomera sobre los contextos sociales de su crecimiento en el área metropolitana de Barcelona. A pocos se le escapa que Ciudadanos es un partido establishment, formado por caras nuevas y sonrientes y que apenas intenta marcar diferencias cosméticas con el conservadurismo clásico del Partido Popular. Sus repetidos brindis a la regeneración democrática —ese velo fino que recubre un recambio de élites— a la transparencia y a la "buena gestión" común intentan distanciarse de un PP acosado por los casos de corrupción y la decadencia del orden institucional heredado. Ciudadanos comparte, no obstante, con los conservadores el acercamiento estratégico al campo de la materialidad de la economía política, algo así como el nuevo proyecto social de las élites. Un proyecto quizás de escaso recorrido —¿qué restauración del orden del capitalismo financiero podría aplicarse hoy?— pero que puede marcar la coyuntura política de los próximos meses. Nos queda el PSOE, pero cómo es ya clásico en el orden bipartidista el PSOE sólo pone las cartas boca arriba cuando está en el gobierno. Si llega ese momento, los de Sánchez asumirán (que nadie lo dude) el mismo vademecum estratégico. Las recetas de PP-Ciudadanos no son originales. En primer lugar, apoyados en ese lugar común neoliberal de rechazo a los impuestos —o en otras palabras, a la redistribución de la riqueza— y de canto ideólogico a la iniciativa individual —"quién sabe mejor que uno mismo en qué gastar el dinero"—, ambos partidos pretenden hacer todo tipo de guiños fiscales, con muy poco componente redistributivo, a las rentas bajas y medias: un pequeño empujón al consumo privado, al tiempo que descapitalizan en el medio plazo las posibilidades de consumo colectivo. Se mantiene, por supuesto, el régimen de privilegio fiscal de las rentas altas y muy altas.

Pero en general, el único punto del sistema fiscal sobre el que ambos van a actuar políticamente es el IRPF, un impuesto que, hoy por hoy, deja sin tasar a la inmensa mayoría de la riqueza en España que proviene, mayoritariamente, de las rentas de capital y de los beneficios patrimoniales, y cada vez menos de los salarios. Valga decir que esta semana tuvimos noticia de que en los años que median entre 2011 y 2013, en plena crisis, la Comunidad de Madrid dejó de ingresar 1.500 millones de euros por la supresión del impuesto de patrimonio. Toda una amnistía fiscal a las grandes y medianas fortunas de la región. La consecuencia es clara: las enormes desigualdades que se ha han heredado de los treinta años de ciclo neoliberal seguirán creciendo. Y con ellas, el poder político de unas élites dispuestas a rapiñar una parte cada vez mayor del producto social. Por otro lado, PP-Ciudanos apuesta por la contención del proceso de privatizaciones y de recortes en los servicios públicos. No deja de sorprender que los dos partidos mantengan una especie de pugna a ver cuál va a mantener más los servicios públicos en los próximos años. Naturalmente, ambos tienen muy claro que aquí se concentra el grueso del malestar social y de las luchas de este ciclo.

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La confluencia es cuestión de democracia, no de partidos

Toda época trastornada —y esta desde luego lo es— suele expresar sus aspiraciones en torno a una convención. El largo siglo XIX encontró en el término socialismo un concentrado de ideales y prácticas que se oponían a los paisajes dickensianos de la civilización burguesa. El '68 francés hizo del “prohibido prohibir” la forma ingenua del antiautoritarismo que, de modo mucho más abroncado, se manifestó en las luchas andisciplinarias de la escuela, las instituciones psiquiátricas y los centros de trabajo. Hoy en España, esa convención se llama democracia. Recuerdan los eslóganes del 15M “lo llaman democracia y no lo es” o “democracia real ya”.

El problema de una convención es que no define exactamente los objetivos y las prácticas de cambio. Tan sólo marca unas aspiraciones, a veces vagas, y una retórica, normalmente ambigua, que se puede torcer con métodos y prácticas contrarios al ideal que aparentemente se expresa. Esto es lo que está ocurriendo con la llamada confluencia y con el consabido baile de declaraciones entre Pablo Iglesias y Alberto Garzón.

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Ahora en Común es (hacer) democracia

¿Vivimos en democracia? En torno a esta pregunta ha girado toda la fuerza del ciclo político.  ¡Democracia Real Ya! fue una de los grupos y de los eslóganes iniciales del 15M. La impugnación del régimen del '78 ha sido también consigna principal de Podemos. Y, en general, el cuestionamiento o la sospecha sobre la (mala) calidad democracia española han estado en la base de la crisis política más importante que haya atravesado el país desde la Transición.

Más allá, no obstante, de que nos pongamos o no de acuerdo sobre la condición de la democracia española, conviene reconocer que en este tiempo se ha generado una increíble energía democrática. Al igual que en aquellos periodos históricos de rápido cambio político (las revoluciones), cada “atasco”, cada bloqueo que, en los últimos cinco años, ha amenazado con devolvernos a la inquietante tranquilidad de una crisis sin solución, ha venido seguido de una oleada de innovaciones políticas y sociales capaz —increíblemente capaz— de llevar más lejos la frontera de lo posible.

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Cómo se ganarán las próximas elecciones

Dicen que un buen político se define por la presencia y equilibrio de tres "virtudes": una aguda capacidad de cálculo, buenas dosis de audacia y arrojo, y un innegable oportunismo, entiéndase sin juicio moral: "Sentido de la oportunidad". El éxito de Podemos de hace un año se debió seguramente más a estas dos últimas facultades que a una estrategia bien definida y sabiamente calibrada.

En enero de 2014, un puñado de aventureros, que habían aprendido mucho de comunicación política haciendo los programas de La Tuerka, acompañados de la única organización de la extrema izquierda española digna de tal nombre (Izquierda Anticapitalista), probaron suerte, lanzaron los dados. El resultado fueron los cinco eurodiputados de Podemos. No eran los únicos que entonces entendían que sin incidencia institucional el ciclo político del 15M estaba condenado al estancamiento. Pero fueron sin duda los más audaces y aparentemente los más capaces. Entre los otros "equipos políticos" dispuestos a asumir el reto electoral, algunos tuvieron la vida de una estrella fugaz (el Partido X) y otros, de maduración más lenta, se reorientaron hacia el municipalismo para dar cuerpo a lo que luego fue Barcelona En Comú y en parte Ahora Madrid. 

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Dónde está la mayoría social o por qué la clase importa

La ciudadanía, el 99%, la mayoría y ya en la apoteosis del lenguaje directo –o lo que es lo mismo, de la pereza mental– la "gente"... Éstos son algunos de los términos que se han vuelto lugares comunes de la retórica de la "nueva política". No hay en ello mal alguno. Algunos de estas palabras han resultado aciertos notables. Así, por ejemplo, "el 99%", que acuñara el 15M, es una expresión rápida y novedosa que permite escapar, y al mismo tiempo renovar, la vieja dicotomía pueblo / oligarquía. Igualmente un viejo concepto como "ciudadanía" ha servido para hablar de "todos" en tanto "sujeto político" sin acotarse al viejo campo ideológico izquierda y derecha, y sin remitirse a las viejas organizaciones partidarias. En otro terreno, se invoca a la "mayoría" con el propósito de ganar elecciones, al tiempo que sirve como forma de chantaje frente a todo lo que escape a la supuesta "centralidad social". Pero, como suele ocurrir, la cuestión no está en las palabras. No al menos cuando estas se usan como armas arrojadizas. El problema está en si estas palabras sustituyen al análisis.

Hoy se emplea "gente", "mayoría" o "ciudadanía" para referirse a conglomerados sociales tan heterogéneos que cualquier intento de unidad se vuelve inmediatamente un artificio, útil retóricamente, pero confuso en todo lo demás. Valga decir que nuestro tiempo está siendo extremadamente rico en innovaciones en el lenguaje político, pero extremadamente pobre en lo que se refiere a su capacidad para hacer sustentar los buenos propósitos en realidades sociales que, guste o no, son complejas y contradictorias. Hablamos, en efecto, de clases sociales.

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Regeneración o Ruptura. Podemos o Ciudadanos

"Reforma o ruptura", esa era la discusión a principios de 1976. El franquismo había sabido renovarse de la mano de algunos reptiles todavía hoy recordados: Fraga, Areilza, Pío Cabanillas. Y la izquierda, el PCE sobre todo, pero también una pléyade de partidos –más bien "partiditos"– pujaba por quebrar el franquismo sin Franco con un proceso constituyente que trajera la democracia (una de verdad) al país. Apenas pasaron unos meses y sucedió lo que ya conocemos. La ruptura pasó a ser "ruptura pactada", oxímoron de una época en la que lo que realmente pasó fue la reforma de Suárez-Fernández Miranda.

Casi estaríamos tentados a afirmar que la historia se repite, aunque los términos, los sujetos y las condiciones son tan distintas que apenas se puede probar la comparación más allá de esas inspiraciones que provocan los sueños livianos. La irrupción de Ciudadanos ha caído como una bofetada a quienes veían el camino libre para la "ruptura", que en principio quiso representar Podemos. Se podrá decir que lo de Ciudadanos era algo previsto. Al fin y al cabo, la bala de UPyD llevaba años preparada con un lenguaje de regeneración y transparencia que sólo por el desgaste y la antipatía que han conseguido generar personajes como Rosa Díaz acabó por pudrirse antes de ser disparada. Bastaba, sin embargo, con encontrar otro actor y empujarle un poquito para que ocupara un nicho político que ya estaba definido. Sobra decir que desde hace meses los de Albert Rivera estaban esperando a salir fuera de Barcelona como un grupo de adolescentes cuando acaban las clases.

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Podemos o el problema del partido

"Necesitamos cuadros comunistas".  Esto decía Pablo Iglesias según Anguita hace unos días. Podría ser una afirmación de los primeros años veinte, cuando los comunistas, principalmente en Italia y Alemania, pujaban por consolidarse en el marco de la ola revolucionaria que siguió al '17 y al final de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, se refiere a Podemos, ese partido que no es exactamente un partido: una organización todavía no consolidada que hoy se presenta como vector electoral del cambio.

Volver a los clásicos es un recurso en situaciones excepcionales, sobre todo cuando estos atravesaron y pensaron en coyunturas igualmente anómalas. Decía Gramsci –escribía, más bien, en las penosas condiciones de las cárceles de Mussolini– que un partido, al menos uno verdadero, es solo aquel que tiene carácter "orgánico". Ponía así el acento en algo que todos conocemos desde el 15M: la pluralidad partidaria de las democracias modernas –como el bipartidismo español PP-PSOE, o su variante nacional PSC-CiU– puede no ser más que una mera apariencia basada en diferencias marginales entre componentes de las mismas élites. Para Gramsci, sin duda, no hay más partidos que los que se definen en torno a los distintos modelos de Estado (o sociedad) en liza, así como por los grupos o alianzas sociales que representan y de los que en definitiva son su expresión política organizada. En palabras de Anguita hablando por Pablo, el horizonte de Podemos no es otro que la construcción de un "partido orgánico", el partido de la democracia; una alternativa al régimen lo suficientemente sólida como para no quebrar en el inevitable choque de la regeneración y el recambio de élites. Por eso aquello de los "cuadros" y por eso que estos sean "comunistas".

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Pablo Iglesias o el nuevo Lerroux

Lo peor de la política institucional es que es una política de gestos: quien se abraza con quién, si se aparece o no en la foto… Es un reflejo de la inevitable teatralidad y la competencia infinita que corresponde con la política partidaria: tú voto puede ser el mío, si desplazo aquí mi discurso me como el de aquel, etc. Quizás no sea lo peor y se nos ocurran miserias mucho más graves, pero es el trasfondo.

"A mí no me veréis dándome un abrazo con Rajoy ni con Mas". Lo dijo Pablo Iglesias el pasado domingo en Barcelona en referencia al abrazo del líder de las CUP, David Fernández, a Artur Mas durante el 9N. ¿Un "golpe bajo", una "bofetada"?  Las redes sociales se escandalizaron durante las horas que siguieron a las palabras de Pablo. ¿Cómo es posible que se critique a la cara más visible contra la corrupción en Cataluña? Lo cierto, no obstante, es que de esta colleja verbal se pueden extraer algunas conclusiones que van más allá del gesto:

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Política hipster: los límites de una época

Moda hipster, música hipster, literatura hipster e incluso sexo hipster, pero ¿política hipster? No hay diferencia más insalvable que entre quien está interesado por la política –y por lo tanto por alguna idea de lo común– y un hipster. Al fin y al cabo, un hipster es poco menos que un tratadista del buen gusto, un esteta elevado a la potencia de sí mismo, un aristócrata en modas y hypes tan elevados y exquisitos que no parecen pasar por tales; en definitiva, un narciso empedernido.

 

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