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Imanol Zubero

Alonsotegi (Bizkaia) 1961. Doctor en Sociología. Es profesor Titular de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación desde 1996 y director del grupo de investigación CIVERSITY-Ciudad y Diversidad. Ha sido concejal en el ayuntamiento de Alonsotegi (2001-2007) por la candidatura vecinal Alonsotegiko Ezkerra y senador electo por Bizkaia en las listas del PSE-PSOE-EE (2008-2012).

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Las elecciones y la elección

Hay quienes creen que las elecciones del 21 de diciembre lo cambian todo: en concreto, se piensa que el simple hecho de su celebración trasladará el marco interpretativo actual del enfrentamiento entre una Cataluña insumisa y un Estado opresor a la realidad de una sociedad catalana diversa en sus opciones de futuro, que ha de aclarar internamente sus aspiraciones de autogobierno y la manera de conseguirlas. En otras palabras,  se confía en que las elecciones movilicen a una supuesta sociedad “silenciada”, contraria al soberanismo unilateralista, a la vez que desanimen al soberanismo más radical (participar en las elecciones es aceptar el 155 y traicionar el mandato del 1-O), dividan al soberanismo más pragmático o astuto (Santi Vila versus Oriol Junqueras) y acobarden al catalanismo burgués alarmado por el “voto de los mercados”.

Una encuesta de NC Report, realizada el 23 de octubre, permitía a algún analista confiar en la solución aritmética al problema catalán: si los partidos constitucionalistas lograran 300.000 votos más de los que lograron en las anteriores elecciones de 2015 podrían alcanzar la mayoría absoluta de 68 escaños en el Parlament. Otro sondeo de Sigma Dos, realizado en las mismas fechas,  también apunta a la pérdida de mayoría absoluta del independentismo. Pudiera ser así, pero lo cierto es que no resulta fácil pensar en movilizar a mucha más gente de la que votó en las elecciones de 2015, con un record de participación del 77%. Por otra parte, una encuesta de Metroscopia sigue reflejando una división casi a partes iguales entre constitucionalistas e independentistas, si bien la posición de los segundos varía en función del escenario que se plantea tras la independencia. Y otro estudio del Centro de Estudios de Opinión (CEO) señala que el sí a la independencia obtendría un apoyo del 48,7% de los catalanes (del mayor porcentaje favorable a la separación desde 2014, cuando se comenzó a formular la pregunta), frente al 43,6% que se opondría.

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Peor que nada

Primero pensé en no escribir nada, pues nada parecía haber pasado, más allá de lo estrictamente declarativo. Luego pensé en escribir algo a partir de una idea simplona, pero no por ello carente de potencial explicativo: la DUI se había transformado en DIU, y lo que iba a nacer había quedado en… pues eso, en nada. Pero nada de lo anterior es cierto. No es verdad que lo ocurrido el 10 de octubre en el Parlament sea “nada”. Y si lo fuera, si con tal término pudiéramos definirla, sería esa nada de La historia interminable que se va expandiendo como una enfermedad incontrolable, haciendo desaparecer personas y lugares, la imaginación y la belleza, dejando tras de sí… pues eso, la nada.

Lo visto en el Parlament fue un nuevo episodio de astucia carente de inteligencia: una forma de ganar tiempo, una patada que vuelva a plantar el balón en el campo del Estado, un intento de proteger la tensionada unidad en el soberanismo, un golpe bajo contra un PSOE resquebrajado entre diazlambanistas e icetistas, una provocación que busca ser respondida con un aumento de la represión… Elijan lo que prefieran, incorporen nuevas posibilidades o planteen, incluso, la hipótesis del paso atrás que busca abrir espacios de diálogo. Hipótesis que yo no contemplo.

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El día después

Lo dijo a las claras un infame Turull: "Si sacan los tanques a la calle es que ya hemos ganado". Y lo más parecido a los tanques que hay en una democracia, los antidisturbios policiales, han salido a la calle. Lo más parecido, con todo lo distintos que son: Barcelona no es Tiananmén. Pero la imagen de porras enarboladas frente a personas que esperaban a votar es la que va a quedar para siempre: la imagen de policías llevándose las urnas, la de los empujones, las caídas y las cabezas sangrantes.

Turull estará contento. Por cierto, él no está entre las personas heridas; incluso ha votado sin problemas, buscando en coche oficial, como han hecho sus superiores, el colegio más tranquilo para practicar su heroico desborde constitucional. Con foto en su twitter incluida, claro.

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Where have all the federalists gone?

[1] Releo Homenaje a Cataluña, de George Orwell, obra en la que el escritor británico relata sus experiencias como periodista y combatiente enrolado en las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Desde hace días no puedo evitar relacionar -¡salvando todas las distancias, que son infinitas!- algunos de sus contenidos con la situación que actualmente se vive en Cataluña. No me refiero, evidentemente, a los aspectos más dramáticos y violentos de la historia, como cuando Orwell advierte que “la ciudad [de Barcelona] respiraba el clima inconfundible de la rivalidad y el odio políticos”, clima que se manifestaba en el hecho de que “miembros de la CNT y la UGT venían matándose unos a otros desde hacía algún tiempo”. No. Pero no hago más que pensar en el paralelismo que cabe establecer entre uno de los efectos más dolorosamente llamativos de aquella situación y algo que también ocurre ahora. Me refiero a la desaparición en el espacio cultural y político catalán de cualquier discurso de inspiración federalista.

Cataluña ha sido el único de los territorios de España en el que se ha desarrollado una cultura y una práctica políticas genuinamente federalistas. Con la excepción destacada del andaluz Fernando Garrido (1821-1883), autor de La República Democrática Federal y Universal, pensar en federalismo nos lleva necesariamente a evocar a personajes como Francesc Pi i Margall (1824-1901), Valentí Almirall (1841-1904) o Josep María Vallés i Ribot (1849-1911). Saltando en el tiempo, en ellos han buscado inspiración instituciones como la Fundació Rafael Campalans, que en 2010 impulsó la revista En construcción, “revista sobre la cultura federal y la España plural” como rezaba su subtítulo (desgraciadamente, sólo se publicaron 3 números), y que en 2013 publicó un documento de trabajo titulado Por una reforma constitucional federal; o como la Fundació Catalunya Segle XXI, creada en 1999 por iniciativa de Pasqual Maragall, que en 2005 publicó el libro colectivo titulado Hacia una España plural, social y federal, en el que tuve ocasión de participar. Más allá de Cataluña, como lamentaba Jacint Jordana en un artículo en EL DIARIO, el federalismo nunca ha interesado en España. Desgraciadamente.

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Cuidado con los dragones

La recientemente finalizada séptima temporada de Juego de Tronos ha resultado pródiga en escenas espectaculares, pero bastante más pobre en lo que se refiere a solidez argumental y trabazón narrativa. Se nota que desde hace tiempo los guiones de la serie van muy por delante del relato novelado de George R. Martin, que hacía de esta mucho más que una peli de batallas, magia y dragones. Así y todo, no han faltado momentos de cierta solidez.

Uno de ellos recoge un diálogo entre Daenerys, aspirante a ocupar el Trono de Hierro, y su consejero, Tyrion. Daenerys dispone de un arma de guerra aparentemente definitiva, con la que desencadenar un ataque que la permita conquistar Desembarco del Rey, sede del Trono: sus tres aterradores dragones. Cansada de batallar, Daenerys se muestra dispuesta a utilizarlos, pero Tyrion (con el apoyo de Jon Nieve) no se lo recomienda: usar a los dragones la permitiría lograr una victoria fulminante, sí, pero al precio de arrasar la ciudad y aniquilar a todos sus habitantes. Ganaría la guerra, pero perdería la simpatía de sus futuros súbditos, que verían como una reina tiránica sería, simplemente, sustituida por otra.

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Cataluña, España y sus dinosaurios

Las mayorías corrompen, y las mayorías absolutas corrompen absolutamente. Más aún cuando cualquier mayoría puede ser absoluta hoy, pero no serlo mañana. Es lo que tiene vivir en tiempos de complejidad, liquidez, incertidumbre, transición, caos, riesgo, metamorfosis… Escojan, de entre los muchos que ofrecen las ciencias sociales, el adjetivo que mejor defina en su opinión la época que nos ha tocado vivir: cualquiera de ellos nos advierte de la situación de provisionalidad en la que debemos tomar nuestras decisiones, desde la prudencia, como ingenieros sociales fragmentarios (que diría Popper) y no como omniscientes demiurgos. Lo más seguro es que vete a saber...

Las mayorías absolutas que se olvidan de que la condición de “absolutez” tiene siempre un carácter temporal, coyuntural, dan lugar a decisiones políticas pesadamente legales, pero heridas de legitimidad: como la reforma, con 'agosticidad' y alevosía, del artículo 135 de la Constitución en 2011; o como la aprobación con alevosía, aceleración y nocturnidad, de la ley de Transitoriedad Jurídica.

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Los avatares de la autodeterminación vasca

El 10 de abril de 2013 dio comienzo, públicamente, el Procés Constituent a Catalunya, impulsado por un movimiento social liderado por gentes como Arcadi Oliveres o Teresa Forcades, con el fin de lograr un nuevo modelo de estado y de organización socio-económica para Cataluña. Desde entonces hasta hoy el Procés ha cogido velocidad de crucero, aunque por el camino se han quedado los liderazgos del tipo Oliveres-Forcades junto con las reivindicaciones anticapitalistas que podrían encarnar (expropiación de la banca privada, defensa de una banca pública y ética, lucha contra la corrupción, reducción de la jornada laboral, reversión de los resortes, reconversión ecológica de la economía, salida de la OTAN…).

El caso es que, cuatro años después de aquel 10 de abril, son muchas las personas que en Euskadi se preguntan (bastantes con frustración, otras con alivio, algunas con simple curiosidad científica) por qué lo que viene ocurriendo en Cataluña está teniendo un efecto tan reducido en Euskadi. La pregunta no es baladí: sorprende que cuando la pulsión autodeterminista palpita al lado mismo de casa su efecto-contagio sea nulo; justo lo contrario de lo que ocurría en otros tiempos, cuando quienes pugnaban por su autodeterminación eran lituanos, croatas, norirlandeses o québécoises.

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¿Macron para hoy y Le Pen para mañana?

En un artículo de 2002, Daniel Cohn-Bendit analizaba el éxito del Frente Nacional, liderado por Le Pen padre, en las elecciones presidenciales celebradas aquel año en Francia, cuando derrotó al candidato y primer ministro socialista, Lionel Jospin; éxito que obligó a muchos votantes de izquierda a apoyar en la segunda vuelta al candidato conservador, Jacques Chirac, para impedir la llegada al Eliseo de la ultraderecha.

Esta era la explicación del otrora “Dany el rojo” y por entonces eurodiputado verde: “Una de las razones, entre otras muchas, que explican nuestra derrota, la derrota de la izquierda plural, es que la gente de abajo tiene la impresión de no ser comprendida por la de arriba”. El abandono de la política de defensa práctica de las clases populares por parte de la socialdemocracia ha dejado el terreno libre para los populistas de extrema derecha.

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De la abstención a la absolución

Analizar la deriva del PSOE, desde aquella primavera de 2014 en la que Pedro Sánchez fue fabricado como secretario general por un aparato acostumbrado a hacer de aprendiz de brujo hasta este otoño de 2016 cuando Sánchez fue derribado por el mismo aparato que lo encumbró, será algún día un caso digno de estudio en las facultades de Ciencias Sociales, pero, hoy por hoy, no es más que un ejercicio de melancolía. Todo lo que podía salir mal ha salido mal.

Las elecciones del 20-D abrieron la posibilidad, aunque fuera compleja, de constituir una alternativa de gobierno de izquierdas. La cerrazón del aparato socialista, rechazando desde el minuto uno cualquier posibilidad de explorar un acuerdo “con quienes sólo aspiran a desplazarnos en el espacio de la izquierda y con quienes quieren romper España”, y la arrogante impericia negociadora de Podemos, llevaron al PSOE a intentar un acuerdo con Ciudadanos condenado al fracaso.

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Frankenstein en Ferraz

“Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad rayana en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama, vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo. ¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado?". Las palabras con las que se abre el capítulo 4 de la imprescindible novela de Mary Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo, nos ofrecen la clave interpretativa que da sentido, sentido profundo, a la coyuntura que hoy vive el PSOE. En resumen: un ser creado de la nada que acaba autonomizándose y enfrentándose a los designios de su creador. No pongo en duda los valores y las capacidades que posee Pedro Sánchez. Diré más: son muchas sus características personales que hacen de él un más que decente líder político. Pero este potencial ha sido, en todo caso, un descubrimiento sobrevenido. No han sido estos valores, desconocidos en aquel momento, los que le propulsaron hasta la secretaría general del PSOE. Pedro Sánchez resultó ganador en aquellas primarias de junio de 2014 exclusivamente como resultado de una operación concertada de los aparatos federal y autonómicos del partido socialista. En el gabinete del doctor Frankenstein de Ferraz, distintos grupos de poder acordaron activar la hidráulica del partido para elevar a Pedro Sánchez hasta la secretaría general. ¿Por qué razón? Lo ignoro. La fontanería política nunca ha sido mi fuerte. Pero una cosa me parece indiscutible: en unas primarias realmente abiertas, libres, transparentes, sin intromisiones ni “sugerencias” aparatistas, un absoluto desconocido como Pedro Sánchez jamás hubiese podido derrotar a Jose Antonio Pérez Tapias ni, sobre todo, a Eduardo Madina. Como informaba por aquellos días eldiario.es, Sánchez recibió 14.389 avales en Andalucía, frente a 2.698 de Madina y 2.129 de Pérez Tapias; y sólo en Sevilla Sánchez fue avalado por 4.598 afiliados, mientras que Madina recogió 485 y Pérez Tapias 268. ¿Simple entusiasmo militante? No se lo cree nadie.

Recordemos lo que ocurrió con aquellas primarias en Euskadi, más concretamente en Gipuzkoa. En Bizkaia, Eduardo Madina, con 828 votos (45,17% del total), superó a Pedro Sánchez (671 votos, el 36,61%). Pero en Gipuzkoa, territorio que representa la quintaesencia del PSE rocoso, controlado, organizado, con una participación del 76,57%, se impuso Sánchez por 867 votos (71,71%) frente a 221 (18,28%) de Madina. ¡En Gipuzkoa! Hablamos de Eduardo Madina: vasco, joven, víctima de ETA; con un discurso propio, sólido; todo menos victimista, conciliador, razonable. De nuevo, nadie puede creerse que su derrota frente a Sánchez fuera resultado de la simple decisión de las afiliadas y afiliados socialistas. El PSOE lleva mucho tiempo haciendo experimentos similares a los del doctor Frankenstein. Casi siempre los ha llamado “primarias”. Ya ocurrió con Borrell y Almunia, o con Gómez y Trinidad Jiménez en Madrid. Infundir un hálito de vida en una criatura inerte, construir un candidato o candidata con trozos de aparato, de poder local, de intereses cortoplacistas, y luego controlarlo. Pero a veces, como nos advierte Mary Shelley, la criatura se autonomiza y decide que quiere vivir por sí y para sí misma.  Incluso aunque, para lograrlo, tenga que morir matando.

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