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Jorge Riechmann

Jorge Riechmann (profesor titular de filosofía moral en la UAM) escribe poemas y ensayos. Dirigió el Observatorio de la Sostenibilidad en España en su fase de constitución (2004-2005), y trató de desarrollar algo así como un ecologismo obrero desde la Fundación 1º de Mayo y el Instituto de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS) entre 1996 y 2008. Desde 2013 coordina el Grupo de Investigación Transdisciplinar sobre Transiciones Socioecológicas. Dos extensos tramos de su poesía están reunidos en Futuralgia (poesía 1979 a 2000, Calambur 2011) y Entreser (poesía 1993 a 2007, Monte Ávila 2013). Es autor de varias decenas de ensayos sobre cuestiones de ecología política y pensamiento ecológico, entre los que destaca su “pentalogía de la autocontención” (que componen los volúmenes Un mundo vulnerable, Biomímesis, Gente que no quiere viajar a Marte, La habitación de Pascal y Todos los animales somos hermanos, todos ellos en Libros de la Catarata). Su blog: http://www.tratarde.org.

Abanicos de papel contra el cambio climático

Estos días pasados han creado polémica las declaraciones del consejero de Salud de la Comunidad de Madrid que recomendaba hacer abanicos de papel a los escolares para soportar las asfixiantes temperaturas de este caluroso e inusual mes de junio. Las redes sociales hicieron mofa de la torpeza del consejero, mientras sindicatos y oposición clamaban por que se instalen con urgencia sistemas de climatización en los centros escolares. Sin embargo, con la miopía que caracteriza nuestra política y nuestra sociedad, ni unos ni otras han querido escarbar mucho en el asunto ni ver todos los graves problemas de fondo que esta anécdota pone en evidencia.

Al menos, la portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid, Lorena Ruiz-Huerta, ha relacionado tímidamente la inusual ola de calor con el cambio climático. Pero a renglón seguido se limitaba a exigir igualmente aire acondicionado en las escuelas, sin querer darse cuenta de algo muy obvio: esto supone aumentar el consumo de energía y las emisiones de GEI (gases de efecto invernadero); es decir, acelerar todavía más el cambio climático.

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Extractivismo en tierras manchegas: ¡a Torrenueva el 21 de mayo!

Hace un cuarto de siglo, uno de los investigadores del Worldwatch Institute de Washington D.C., John E. Young, captaba en el título de un importante ensayo una de las tendencias centrales de nuestras sociedades industriales: hablaba de " La Tierra convertida en una gran mina " (informe del Worldwatch Institute La situación en el mundo 1992) . Durante los últimos tres siglos nos hemos desarrollado esencialmente como sociedades mineras, construyendo sistemas industriales basados en las riquezas del subsuelo, en una huida hacia adelante (acelerada sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, como bien nos explica  Mateo Aguado ) que hoy nos deja literalmente a las puertas de una catástrofe ecológico-social: calentamiento global, agotamiento de los recursos naturales, Sexta Gran Extinción, crisis edáfica e hidrológica…

Tiene toda la razón José Manuel Naredo (uno de los mayores economistas de nuestro país y de nuestro tiempo) cuando indica en su último libro,  Diálogos sobre el oikos que " habrá que revisar el paso tecnológico en falso que dio la civilización industrial al basar la intendencia de la especie humana sobre extracciones de la corteza terrestre, en vez de hacerlo sobre la fotosíntesis y otros derivados renovables de la energía solar".

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El exceso de dominación se vuelve contra el dominador

Una Modernidad alternativa

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Gorona del Viento y la transición energética: seamos realistas

Hay una pregunta materialista vulgar que oímos a menudo referida a empeños y actividades humanas: ¿quién lo paga?

En la naturaleza, la "divisa fuerte" es la energía. Se cobra y se paga en energía. También sucede así en la economía humana, que no se halla al margen de la naturaleza –a pesar de las ilusiones que alienta la teoría económica estándar. Ante las actividades de producción y consumo de los seres humanos, hemos de preguntar: ¿quién lo paga –es decir, con qué base energética se realiza? Y es que casi todas las actividades humanas se entienden mejor si pensamos primero en términos de energía (cuidando de no incurrir en determinismo energético; y abordando también, desde luego, los aspectos culturales, políticos, económicos, etc. de tales actividades). Pues de la energía disponible para una sociedad depende casi todo lo demás.

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¿Es oro todo lo que reluce en el arroz dorado?

La complejidad de la alimentación humana en un mundo rasgado por la fractura Norte-Sur, dominado por megacorporaciones y enfrentado a una crisis socioecológica global se pone de manifiesto en el caso del “arroz dorado”, una variedad de arroz transgénico creado por investigadores suizos que contiene cierta dosis de betacaroteno (sustancia precursora de la vitamina A). De entrada, hay que reconocer que con esta planta estamos en un terreno de discusión distinto al de otras variedades transgénicas resistentes a herbicidas o productoras de toxinas insecticidas: aquí cabe debatir sobre un auténtico beneficio potencial para gentes desfavorecidas. En efecto, muchos millones de personas en todo el mundo no ingieren suficiente vitamina A (en un contexto general en el que el 40% de la población mundial, al menos, padece deficiencia en micronutrientes); según la OMS, para 2’8 millones de niños menores de cinco años la falta de vitamina A es tan grave que produce ceguera.

¿Podría este arroz enriquecido ser una solución? La industria biotecnológica emprendió ya hace lustros una intensa campaña de public relations para convencer al mundo de que sí, y de que por fin llegan los cultivos transgénicos “buenos”. Es cierto que desde el año 2000 “ el arroz dorado ha funcionado como pararrayos en la batalla en torno a los cultivos transgénicos”. Para la industria se trataba sobre todo de  una escaramuza de contención de daños que se jugaba en el plano de la aceptabilidad política. No es la primera vez que llaman “asesinos” a los colectivos ciudadanos y ecologistas que se oponen a los cultivos y alimentos transgénicos, pero en esta ocasión el grito ha resultado especialmente estridente: una carta firmada por más de cien premios Nobel que ha sido ampliamente publicitada en el mundo entero.

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Plan A, Plan B y Plan C (a propósito de un editorial de El País)

El 5 de junio, un editorial de El País  cargaba contra el "magma populista y radical formado por Podemos e IU", una "opción rupturista" que parecen hoy preferir muchos votantes "exasperados por la crisis económica y política". Los beneméritos guardianes de nuestra ingenuidad tienen que advertir frente a "esa impostura que puede costarle muy cara a la sociedad española" ("Una gran impostura - El centro izquierda retrocede ante la pinza del populismo y el catastrofismo"). 

Si algo debería hoy llamarnos la atención es el fenomenal estrechamiento de perspectiva política que ha ido afianzándose durante los decenios de profundización neoliberal que tenemos tras nosotros. Escribir PPSOE no es una broma, sino una apretada síntesis de análisis político de largo alcance. Este sistema, uno de cuyos potentes altavoces es El País, no tolera más opción que entre neoliberalismo a lo bruto, o neoliberalismo "con rostro humano". Y el conglomerado de mass-media, en efecto, da algo de miedo, como señalaba  José Sanclemente. El editorial de El País practica lo que acaso habría que llamar pinochetismo periodístico.

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La experiencia del huerto

Tendemos a olvidar la tupida red de interdependencias ecológicas y sociales dentro de la cual vivimos. Ahora bien, la agricultura concebida como cuidado de la T(t)ierra tiene el potencial de hacer saludablemente presente para todos y todas los estrechos vínculos que la acción humana mantiene con la ecología del planeta. Aquí están en juego asuntos de suma importancia para la vida buena del ser humano, y conviene recordarlo en un momento en que bastantes “ayuntamientos del cambio” están apoyando (y en algunos casos poniendo en marcha) iniciativas agroecológicas y de agricultura urbana.

Escribió Bertrand Russell en La conquista de la felicidad que “somos criaturas de la tierra; nuestra vida es parte de la vida de la tierra, y nos alimentamos de ella lo mismo que los animales y las plantas. (...) Los procesos que nos ponen en contacto con la vida de la tierra tienen en sí mismos algo que satisface profundamente. Cuando cesan, la felicidad que habían producido permanece” (Espasa-Calpe, Madrid 1978, p. 75).

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Planeta vendepatrias o la perversión de la palabra clima: el caso de Nicaragua

Mientras el ministro para políticas públicas Paul Oquist clama por acuerdos de justicia climática para Nicaragua en la próxima COP21, el gobierno del que forma parte  da luz verde a la construcción de un canal interoceánico en ese país, canal que lo parte en dos y que amenaza gravemente el lago Nicaragua o Cocibolca, desoyendo todas las recomendaciones y estudios independientes de los principales científicos nacionales e internacionales.

Como ya publicamos en su día, el gobierno de Nicaragua aprobó la concesión del proyecto canalero a un empresario chino a finales del 2013, sin el conocimiento de su población, a través de una ley, la 840. En ella no se trata solamente de construir una gran zanja, de estropear irreversiblemente el agua potable del lago, de secar ríos y talar selvas para construir la presa Atlanta, de sumergir el archipiélago de Solentiname o hacer libre comercio en Ometepe, al tiempo que se desplaza a miles de personas tras apropiarse de sus tierras.

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No somos Homo economicus, sino Homo socialis

Hace un algún tiempo, un alumno despechado quería retirarse de una de mis asignaturas en la UAM y me decía: "A mí no me evalúa cualquiera".

Qué gran error, qué mala lectura de la realidad. A los seres humanos, precisamente, nos evalúa cualquiera: todos y cada uno, y durante casi todo el tiempo. Igual que los chimpancés y bonobos en la intensa vida social de sus grupos, pasamos casi todo el tiempo midiéndonos los unos a los otros. La contingencia de la evaluación formal –mediante nota— que este alumno quería evitar no es sino un minúsculo caso particular de un fenómeno mucho más vasto. También él me estaba evaluando a mí, todos y cada uno de mis alumnos lo hacen cada vez que nos encontramos (incluso si no cumplimentan las encuestas de evaluación formal que la universidad diseña para ello).

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Si no hay de todo para todos, ¿qué quiere decir ser libre?

En el nivel de consumo actual de España (a pesar de las enormes desigualdades y la violenta fractura social existente), el planeta no podría soportar más que a 2.400 millones de habitantes. Sobrarían, por tanto, más de las dos terceras partes de la humanidad. Aún más: en un mundo que utilizase sus recursos naturales y servicios ambientales al nivel en que lo hacen los EEUU hoy --¡que se proponen como modelo al resto del mundo!--, sólo podrían vivir 1.400 millones de personas. Así que, si continuamos por la senda de este “modelo de desarrollo”, los genocidios están preprogramados.

Centrémonos sólo en una necesidad básica, la alimentación. Si 9.000 millones de personas (la población en que se estabilizará quizá la demografía humana durante el siglo XXI) tratasen de comer como hoy lo hace el estadounidense promedio, harían falta las tierras de cultivo de más de dos planetas adicionales para soportar esa dieta: 4.500 millones de hectáreas –cuando en la Tierra sólo hay unos 1.400 millones de hectáreas de tierras de cultivo. El mismo cálculo, desde otro ángulo: con dieta estadounidense, y teniendo en cuenta que hemos de cultivar más cosas que alimentos en las tierras de labor (fibras por ejemplo, o materias primas para la producción) el planeta sólo podría dar sustento a 1.500-2.000 millones de personas (hoy somos más de 7.200 millones).

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