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Juan José Téllez

Escritor y periodista. Ha publicado numerosos libros de poemas, relatos y ensayos. Nacido en 1958, ha trabajado en prensa, radio, televisión y periodismo digital. Escribe desde abajo.

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Usted tiene cara de culpable

Envidio, qué quieren que les diga, esos países en donde los ministros dimiten porque alguien descubre que copiaron en un examen cuando eran galopines. O porque, en las calles clandestinas de Bangkok, falsificaron un título de perito mercantil. O porque, simplemente, un día mintieron en la letra pequeña de sus discursos.

En la eterna Sansueña de Luis Cernuda, en cambio, cada vez que vamos con quejas al maestro armero, este se encoje de hombros y nos escupe la culpa de lo que sea con su arrogante dedo acusador. Usted puede ser el culpable, nos están diciendo a diario: culpables de la crisis, por vivir por encima de nuestras posibilidades; culpables por creernos las patrañas de los programas electorales e inocentes ellos aunque pongan el engaño de su parte; culpables de no acostumbrarnos al sueldo raquítico que mengua a medida de cada reforma laboral, a la ley de la mordaza, o a que la Banca nos desahucie y no podamos en cambio desahuciarla a ella, como un cuarto poder, real e impune, que se le escapó a Montesquieu en su célebre división de funciones.

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Feliz posverdad a los electores de buena voluntad

La prueba innegable de que los discursos políticos constituyen una suerte de ficción es que a Winston Churchill le dieron por ellos el Premio Nobel de Literatura. La reina y yo. El Gobierno y yo. Navidad y fin de año constituyen fechas propicias para que la cosa pública se convierta en un belén aunque el caganet y los huevos de Pascua hayan suscrito este año una declaración unilateral de independencia.

Habla el rey o los presidentes con el mismo entusiasmo que en el hilo musical suena una sintonía de Fausto Papetti o de Richard Clayderman. Parecen desear feliz posverdad a los electores de buena voluntad. Sin duda la inclusión de ese palabro en el diccionario de la lengua española quizá sea una de las noticias más felices del annohorribilis al que despedimos: "Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales", define la Real Academia, que pone un ejemplo a renglón seguido: "Los demagogos son maestros de la posverdad".

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El cambalache de los Eres

El banquillo de los acusados, en la audiencia provincial de Sevilla, espera que Enrique Santos Discépolo saque lápiz y papel para escribir la letra de “Cambalache” frente a la impresionante hilera de imputados en la pieza política de los Ere fraudulentos: “Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor/ Ignorante sabio o chorro/ generoso o estafador”. La justicia es igual para todos, dicen, aunque llegue tarde. Y el imaginario colectivo, también: todos son culpables, mientras no se demuestre lo contrario. El informe Caritas –esa prueba del algodón que examina los rostros para intuir las procesiones que van por dentro—desvela sin embargo que los maquiavelos sonríen como si la cosa no fuera con ellos y quienes creen en el honor pintan como si les estuvieran paseando por las calles de España portando el sambenito del Santo Oficio.

Quien no llora, no mama. Quien no roba, es un gil. Eso sentencia el tango. Los alegatos de las acusaciones y de las defensas se entrecruzan como en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches. Si ahora sabemos que existe la posverdad, también hay una pre-verdad en este caso, la que en el trazo grueso con que las noticias se convierten en chascarrillos puede llegar a equiparar a un mangante que haya metido de rondón a su clientela en cualquier regulación de empleo o los técnicos que redactaron un decreto que luego apareció publicado en el BOJA, con todos los parabienes del Parlamento de Andalucía o del Consejo de Gobierno de la Junta.

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Adopta a un andaluz

Los andaluces son pequeños, peludos, suaves, tan blandos por fuera que se diría todo de algodón. Ténganlo en cuenta para sus deseos navideños: adopten a un andaluz, como se adopta a un tamagochi, a un bonsái, a uno de esos niños de Asia que, como los de Andalucía según Ana Mato, estudian en el suelo, aunque uno se pregunta todavía si tanto le preocupaba por qué no les envió a los payasos que sobraban de sus fiestas de la Gürtel.

No cuidan sus símbolos: su padre de la patria, un simple notario, lleva ocho décadas desparecido en las fosas comunes y en los últimos cuarenta años han sido incapaces de descubrir quién mató a su mártir. Probablemente un merdellón de Málaga al que le dio por manifestarse un 4 de diciembre de 1977, sin saber que la transición democrática española fue ejemplar, modélica, pacífica, sin daños colaterales. 

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Andalucía tiene que ponerse flamenca

De vez en cuando, los andaluces tenemos que ponernos flamencos: tan denostados como ese viejo arte, históricamente el sur ha recibido insultos y menosprecios tan vivos como ese jondo al que se quiso muerto desde su cuna. Como Andalucía es obstinada, frente a los Eugenio Noel de andar por casa, y con menos formación que el célebre intelectual antiflamenquista, la palabra flamenco figura en el estatuto de autonomía y cada 16 de noviembre lo celebramos porque fue el día que la Unesco lo incluyó en la lista del patrimonio intangible de la humanidad.

Una música forajida, cuya pureza estriba en el mestizaje, sones de aluvión que se van sedimentando sobre el largo río de la historia. He ahí algunas de sus coordenadas: también el hambre y la gracia, con una larga legión de chiquitos de La Calzada que aprendieron y enseñaron compás detrás de las batas de cola hasta que tuvieron que ganarse la vida contando chistes que marcaron a toda una generación.

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Los huevos y las serpientes

Bambi ha muerto, a ver si te enteras. Los buenistas del mundo, que lo mismo creemos en la autodeterminación de los pueblos que en las soberanías estatales, en la justicia social o en el neoliberalismo rampante, no queremos creer que hay más de un huevo de serpiente y más de una serpiente propiamente dicha. Detrás de las ideas, acechan los lobos. Las banderas terminan envolviendo porras. Y si algo ha crecido en este país durante la última crisis han sido los indicadores de estupidez y de mala hostia. La piel de toro parece el plató de un programa de telebasura y los nominados de Gran Hermano terminarán pidiendo asilo político en la Academia de Operación Triunfo.

Los hoolligans no creen en el fútbol sino en su equipo. Los fanáticos ni siquiera creen en su ideología sino en ellos mismos. En los últimos meses, hemos visto como pronuncian el nombre de Cataluña en vano aquellos que trafican con los sueños para convertirlos en pesadillas. La palabra España también circula, durante las últimas semanas, por el mercado negro de las camisas negras. Basta con que la mesa del Parlament tenga que comprar un kilométrico de la Renfe para que independentistas y españolistas se enseñen mutuamente los dientes en la estación de Sants.

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Malos tiempos para la épica

Las epopeyas apenas nos dejan espacio para la ternura. Estamos tan estupendos midiendo el tamaño de nuestras ventanillas y el colorido de las banderas, que pasamos por alto que una agencia de noticias difunde la imagen de un niño que ha sobrevivido al mediterráneo. Toda una paradoja: antes, con Aylan Kurdi en las playas de Turquía y con Samuel  Kabamba, en las de Barbate, supimos que los ataúdes blancos eran noticia. Ahora, visto lo visto, lo novedoso resulta que sigan vivos.

Pero, en el mismo país donde se fabrican las concertinas para las vallas inexpugnables de la fortaleza europea, se reúnen los centinelas comunitarios para hablar de terrorismo y de inmigración, como si fueran lo mismo, como si una cosa llevara a la otra, como si merecieran el mismo trato aquellos que vienen a buscarse la vida y aquellos otros que quizá lleven aquí desde siempre y que buscan en cambio a la muerte.

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Cataluña, la soberanía del error

La marca España se desvanecía esta semana en las primeras planas del escalofrío. Y lo prometido era duda en la marca catalana. Como ya nadie lee a Ortega, ningún constitucionalista al uso sabrá citarle: "No es eso, no es eso". Ni el diputado soberanista Lluis Llach sabría repetir su propio estribillo: "No ès aixó, Companys, no ès aixó". Todos, tirios y troyanos, creen que la soberanía de Cataluña es suya, pero nadie parece dispuesto a asumir la soberanía del error que, a la postre, resulta sumamente compartida.

Flashback de los últimos años, entre Españas que nos roban y a por ellos, esteladas y rojigualdas constitucionales o del aguilucho, la palabra nación en un preámbulo del Estatut y el Constitucional arrasando con el voto del Parlament y el de todo un pueblo; el derecho a decidir frente al derecho al derecho, Romeva inaugurando embajadas catalanas en medio mundo mientras el Gobierno del plasma se sonreía en los mentideros afines y no movía un dedo, no sólo para dialogar sino para que el relato del Estado no estuviera desaparecido en combate frente al imaginario del Govern, una utopía sostenible, pero utopía al fin, que logró prender a mansalva entre una gente que necesitaba sueños razonables en una crisis irracional.

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Sentidiño, seny y mala follá

Hace unos días, Mariano Rajoy reclamaba "sentidiño" gallego a los catalanes del "seny". Mientras tanto, el Gobierno español utilizaba a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, tan necesarios en la lucha contra la trata, el narcotráfico, las supuestas herencias de la familia Pujol, los tres por cientos y otros desvaríos, y los concentraba en vigilar imprentas, realizar redadas en los despachos como si fueran alambiques de la Ley Seca, desarticular webs sin que fuesen pederastas y apuntar a los alcaldes en la lista de gente manifiestamente detenible.

Mientras, a este lado del Besós, los jueces volvían a prohibir actos políticos como si por sí mismos constituyeran un delito; en la Catalunya profunda, los hijos de los alcaldes constitucionalistas son insultados en clase por los cachorros del soberanismo, pero el Govern entiende, más o menos, que simplemente se trata de cosas de críos.

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Andalucía desnacionalizada

Aunque las palabras las carga el diablo, peores son los presupuestos. Detrás de Mel Gibson con pinturas de guerra y faldita escocesa, aparece siempre un contable con el lápiz en la oreja y la calculadora en la faltriquera. Empezamos hablando del concepto espiritual de nación y terminamos con el cupo vasconavarro y el porcentaje de inversión per cápita en salud pública que llevan a cabo dichas comunidades con el inestimable auxilio de un trato diferencial a su favor en las cuentas del Estado.

En un desayuno informativo con la agencia Europa Press, Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, dio en hablar del Estado plurinacional y adujo que al menos, Cataluña, Galicia y el País Vasco habían manifestado claramente su voluntad de ser naciones. Más que meterse en un jardín, el líder socialista se metió en un campo de minas. Sánchez desnacionalizó en un inesperado olvido a Andalucía. Pero también a Navarra, pongo por caso, o a Canarias, que contó incluso con un activo y temible MPAIAC independentista, en los primeros años de la transición.

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