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Las tribus urbanas que fuimos

Heavy

Ahora todo es atómico, quebradizo y andamos todos perdidos, pero antes había menos opciones y uno se podía orientar rápidamente en cualquier cosa, por ejemplo, en el grupo del que iba cada uno. Recupero las cinco opciones sociales básicas de mi juventud y propongo volver a ellas. Todos nos considerábamos a nosotros mismos normales, pero éramos de una de estas.

Descripción: El origen de toda esta estética para mí es El Príncipe de Bel Air. Algunos pocos eran malotes y los demás se beneficiaban de esto porque nos tenían a todos muertos de miedo.

Complementos: Moto de 49 con escape trucado de marca oriental que hiciera cuanto más ruido mejor, gorrita, calzonas de equipo de fútbol, pendiente (antes de Beckham argollita; después, brillantito), Bestard petadas de calcetines o botas Asolo.

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El poder de la palabra

Primero vinieron por nuestras palabras, luego por nuestras carteras. La banca conoce su poder, los vendedores de coches también. Sueño, revolución, independencia, satisfacción, libertad. Palabras como estas son manoseadas, desahuciadas de sus valores, por publicistas o mercantilistas varios. La palabra tiene poder. Más que la violencia, en muchas ocasiones. En Cataluña ha sido así. Los tanques no desfilaron por las calles, ni el Estado de derecho ejercitó con contundencia militar el monopolio que le da su esencia: el de la violencia. Bastaron tres letras: BOE. Los decretos arriaron las banderas y vaciaron los despachos de consejeros. Nadie vestido de verde o marrón desalojó ningún despacho: fue el BOE. La palabra tiene poder.

Cierto que el gran Stefan nos dejó dicho: “El nacionalismo cuenta para su causa con la escuela, el ejército, los periódicos, los himnos y los emblemas. Nosotros solo disponemos de la palabra".

Pero es que la palabra es mucho. Con ella se firman contratos sociales y reglas de convivencia. Ese contrato social aún es respetado. Y, aunque algún dirigente acuda a la supuesta amenaza de violencia por parte del Estado para justificar la abrupta bajada del tren de la independencia, esto no es más que una argucia electoral. Los hechos muestran que, al sacar el BOE el revisor, la independencia se bajó del tren vociferando, sí, pero desde la estación. Que la palabra preste esa musculatura al contrato social es de agradecer, admirar y cuidar. Ese es el poder de la política y por eso el mundo mercantil se las apropia.

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Las otras violencias machistas en las que sois cómplices

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Cuando una mujer es agredida o maltratada, física o psicológicamente, es solo una de las violencias que tendrá que soportar. La violencia machista se nutre de muchas otras que anulan, callan o aíslan nuestra voluntad como mujeres. ¿Con cuántas violencias nos encontramos y chocamos, como si fuesen un muro imposible de derribar?

Violencia en el lenguaje. El lenguaje construye nuestra identidad pero también la destruye a través de insultos, humillaciones y una desacreditación continua por parte del maltratador. Y, aun con esa pesada mochila que casi no deja respirar, cuando se da el paso de contar el daño recibido, la mujer puede llegar a encontrarse con otro lenguaje violento por parte de su círculo cercano o familia. Esos estigmas sobre maltratadas y violadas, esos “cómo te has podido dejar”, o “ya tienes que estar mal para caer en algo así”, o “te gusta que te peguen, tú te lo has buscado…” son escalas que se suman al previo lenguaje sexista que nos invisibiliza y que nos reduce a estereotipos desiguales.

Violencia sanitaria. Quieres decir que eres maltratada o agredida, pero es como si tuvieras un bozal en la boca, como si algo te lo impidiese por dentro. Piensas ir al médico pero, en este caso, no tienes golpes. Se ha puesto el baremo de la agresión en lo más alto, en matarte a palizas o con cualquier arma. Sin golpes, cómo demostrarlo sin que te tomen por loca. Y sin embargo vas al médico, le cuentas tu dolor crónico, lloras, le narras tu insomnio, esa punzada bajo el pecho que no te deja respirar… y te marchas sin que te diagnostique que esas son respuestas de tu cuerpo por la ansiedad y estrés de la violencia recibida.

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La pobreza y el valor del tiempo

Si buscamos el significado de la palabra valor en el DRAE, la primera acepción que nos encontramos es la del "grado de utilidad o aptitud de las cosas para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite". Sin duda, disponer de tiempo para poder realizar las actividades que nos satisfagan, nos permitan acceder a los recursos que necesitamos para vivir, o realizar las actividades fisiológicas básicas que permiten nuestra existencia, tiene un valor incalculable, sobre todo para determinados grupos sociales y etapas de nuestro ciclo vital.

Pero aún así, en una sociedad de mercado y dentro del proceso de mercantilización constante de nuestras vidas, todo tiende a tener un precio. Y aunque ya popularizara Antonio Machado la frase de Francisco de Quevedo, "sólo el necio confunde valor y precio", la segunda acepción de la palabra valor que nos encontramos en el DRAE es la de "cualidad de las cosas, en virtud de la cual se da por poseerlas cierta suma de dinero o equivalente".

Y es normal que así sea en una sociedad capitalista donde el dinero es la clave para acceder a todo tipo de recursos, incluido el dinero mismo a modo de crédito para poder emprender determinadas acciones en nuestra vida que requieren de financiación. Esto obviamente genera y retroalimenta las desigualdades. No tendría por qué ser así ya que existen alternativas, algunas de las cuales conviven en nuestra sociedad de mercado como los servicios públicos. Pero éstos también tienen un coste y están sufriendo un creciente proceso de privatización, generando por tanto mayor desigualdad y procesos de individualización del riesgo.

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Patriotismo de balcón

Bandera española gigante en Madrid

Siempre he tenido un gran respeto por las banderas, sobre todo por las que van prendidas de un palo al extremo del brazo de un energúmeno, que suele ser el caso, ya sea un etarra con su ikurriña o un guerrillero de Cristo Rey con la rojigualda, que algo tienen en común: siempre eligen un palo igual de duro, como he podido comprobar en mi misma coronilla. De ahí que cuando veo una bandera me agarro la cartera y pongo pies en polvorosa, "no vayamos a pollas", que dicen los granadinos.

Y estos días con más razón ya que, a mi miedo atávico por los palos se une el temor de que tanto despliegue de gallardetes logre ocultar nuestras miserias y la impudicia del PP, que la corrupción con banderas parece que se digiere mejor. Además, con tanta banderola se está echando más leña al fuego, ya que esta demostración de patriotismo balconero no hace sino separarnos más de los catalanes de a pie, a mayor beneficio de Rajoy y sus cuarenta conmilitones.

Tampoco ayuda el entusiasmo que han puesto los independentistas en esto de lucir trapos, que también es una forma de señalar a los que no son catalanes ‘pata negra’, aunque en esto también hay clases, ya que la ‘estelada’ fetén es la que lleva la estrella sobre el triangulito azul, y representa a los catalanes buenos, más bien de la derecha burguesa, en concreto del PdCAT, que bien podría incluir dentro del campo azur el símbolo que mejor representa al partido: un ‘3%’.

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Andalucía tiene que ponerse flamenca

María Pagés

De vez en cuando, los andaluces tenemos que ponernos flamencos: tan denostados como ese viejo arte, históricamente el sur ha recibido insultos y menosprecios tan vivos como ese jondo al que se quiso muerto desde su cuna. Como Andalucía es obstinada, frente a los Eugenio Noel de andar por casa, y con menos formación que el célebre intelectual antiflamenquista, la palabra flamenco figura en el estatuto de autonomía y cada 16 de noviembre lo celebramos porque fue el día que la Unesco lo incluyó en la lista del patrimonio intangible de la humanidad.

Una música forajida, cuya pureza estriba en el mestizaje, sones de aluvión que se van sedimentando sobre el largo río de la historia. He ahí algunas de sus coordenadas: también el hambre y la gracia, con una larga legión de chiquitos de La Calzada que aprendieron y enseñaron compás detrás de las batas de cola hasta que tuvieron que ganarse la vida contando chistes que marcaron a toda una generación.

Comprendo que siga habiendo cenutrios a los que les cueste admitir que lo jondo no sólo es una actitud ante la vida sino un poderoso pentagrama mundial escrito en el aire. No todo el mundo puede ser Manuel de Falla ni Rimsky Korsakof, no todo el mundo se llama Miles Davis. Ustedes se lo pierden, con su oído sectario y sus cánones estrictos de lo que debe ser considerado cultura y lo que está condenado a ser ruido.

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Veto a los anuncios de sexo: bien, pero tarde

Publicidad en un diario del grupo Vocento esta semana.

La presidenta de  la Junta de Andalucía acaba de anunciar que no insertará publicidad, ni firmará contratos, ni dará subvenciones a los medios de comunicación que publiquen anuncios de prostitución, por atentar contra la dignidad de las mujeres.

Quizá a ti, lector, te puede parecer que este tipo de avisos por palabras son cosa del pasado, caspa de los ochenta, residuos de las mamachicho, pero la realidad es que grupos muy importantes de comunicación continúan a día de hoy captando ingresos a través de esta actividad. Anuncios clasificados bajo la etiqueta de "contactos", "relax" o "masajes" tras los que se esconden incontables casos de violación, trata de personas, secuestro, explotación y abusos.

Hay cabeceras, como el eldiario.es o Público, que desde el principio se negaron a dar espacio a este tipo de publicidad. Otras, como 20 minutos (en 2007), La Razón (2009) y El País (hace pocos meses) decidieron renunciar a estas inserciones ante las quejas reiteradas de sus lectores y (también) la evidencia de que cada vez entraba menos dinero por esta vía. Otros grupos de mucha difusión como Vocento (ABC, Diario Sur de Málaga…), El Mundo, Grupo Zeta (El Periodico de Catalunya, Diario Córdoba), varias cabeceras del grupo Joly y no pocas cadenas locales de televisión siguen captando ingresos gracias a estos anuncios.

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El agua de la vida

Los regantes reclamaron el lunes 16 de octubre la reparación de la desaladora de Villaricos, Almería.

La niña de 6 años se asa. El piso, bajo la azotea, está a 40ºC. Es verano del 82. En esa Sevilla no hay aire acondicionado, con suerte, ventilador. Ella y su hermano de 3, con varicela, se refriegan contra el sofá cuando no aguantan más. Frente a ellos, el mundial o los dibus de Naranjito hipnóticos aún en blanco y negro. “Mamá, tengo calor” y la madre refresca con un pañuelo húmedo. “Mamá, llena la bañera”. Y el grifo de rosca gira sin que salga gota. Restricciones, cortes de suministro de la tarde a la mañana. Sólo que acabo de comprobar que fue el verano anterior. Once meses y medio, del 1 de febrero de 1981 a mediados de enero de 1982. La niña era aún menor, 5 años, y la fiebre sería de las amígdalas. Pero el grifo seco era cierto como el temor a la sequía que le queda. Que a mis 41 años conservo.

Este viernes 3 amaneció diluviando y quisimos creer que la naturaleza llenaría los embalses que, según informó el día anterior la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, están al 25% de capacidad. Pero ha sido un espejismo y noviembre ha ido avanzando, seco y soleado. Rondando los 30ºC en las horas centrales. El sistema de regulación de riego de la Cuenca del Guadalquivir ha pasado de alerta a emergencia. De momento, se insiste, no hay riesgo para el abastecimiento humano. Con las reservas se tiraría tres o cuatro años. Pero la ganadería y la agricultura sí sufren ya, sobre todo los cultivos de regadío. El olivar de esta modalidad y de secano están al límite. Quedan dos pasos -dos meses así- para pedir al Gobierno central un decreto de sequía que ayude al suministro y los afectados. 

Pese a la ceguera del presidente Rajoy y su ejecutivo en negar el calentamiento global, pese a su característica inacción política, la sequía no es ni azarosa ni exclusiva de Andalucía. El país en conjunto vive la situación hídrica más preocupante de los últimos 22 años. En aquel 1995 se llegó a tener los pantanos a un 26,38% de capacidad (y se venía de un 33,83% en 1994, 36,15% de 1993, 37,37% del 1992). Ahora la media nacional es ya del 37% y en pantanos como el de Iznajar, el mayor de Andalucía, del 23%.

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De turismo 'indepe'

Diada per la Llibertat al carrer Marina de Barcelona / ANC

Hacía cinco años que no visitaba Barcelona y lo primero que hice cuando regresé esta semana fue coger la línea verde del metro, bajarme en plaza de Catalunya y pasear hasta el mercado de La Boquería.

Hace tiempo que cumplí el sueño de ojear sus puestos, ver y oler el pescado, escudriñar los mostradores de casquería, comprar setas secas y un bogavante nacional (el canadiense no merece ese nombre) para hacer un arroz al que siempre, siempre, siempre, hay que poner un par de ñoras. Yo si no tengo ñora no cocino, más o menos. Comparé los precios de los alcauciles con los de mi súper de Sevilla; los de los chimoroyos, que en toda España llaman chirimoyas, menos en Motril, que se llaman chiromoyos; y los de las judías verdes, porque esta vez, quería hacer una ensalada templada con gulas con ajito laminado y tres guindillas sin abrir, enteras (las judías hay que cortarlas en tiras muy finas, como espaguetinadas). Aún tengo en mente, y será en la próxima visita, guisar un plato de Carvahlo, pero no me acuerdo ni encuentro el libro de Vázquez Montalbán donde venía la receta. Sé que hay que rellenar una telilla de algo con algo. Y hasta ahí llego.

Esta vez he visto más puestos de zumos, de frutas partidas, de cucuruchos con pescado frito, de bandejitas mixtas con ostras y conchas finas, de platitos con muchos colores aparentemente a precios razonables, que me han hecho sentir como una turista. "Más abajo están los de siempre", pensé. Los encontré, pero me pareció que eran menos que la vez anterior.

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De constituyentes a reconstituyentes

El Supremo firma la orden de libertad de Forcadell

Un día sucede a otro y no escampa. Es más, se incrementa el tráfico pesado de argumentarios, propaganda, bulos, exorcismos patrióticos de las patrias de cada uno. Poca agua potable, y mucho menos mineral, en esta inundación de fango y despropósitos.

Ante todo esto, uno pretende tener algunas certidumbres en el morral para poder tirar p'alante. Una, que el artículo 155 se está aplicando; otra, que habrá elecciones el 21D. La aplicación del artículo, tótem de la potencia del Estado, se acepta, por estrategia o por realismo político o judicial; las elecciones y, en consecuencia,  sus resultados, también. O no. Ahí empiezan, de nuevo, mis incertidumbres.

Además, alguna hipótesis. El independentismo, salvo el irreductible, de momento, Puigdemont, ha abandonado la vía unilateral hacia la independencia. Que no quiere decir que abandonen ni sus ideas ni sus objetivos. Hay en esto de los bulos judiciales una perversión que cuaja. Se ha intentado con Forcadell para decir que se ha rendido, que se ha  bajado los pantalones. Pero, no. Afortunadamente en España, un estado democrático perfectible, no se exige militancia constitucional o democrática y, de momento, ser independentista y luchar por ello, por las vías legales, no es un delito del que haya que arrepentirse, y menos en vía judicial.

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