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Sentidiño, seny y mala follá

Hace unos días, Mariano Rajoy reclamaba "sentidiño" gallego a los catalanes del "seny". Mientras tanto, el Gobierno español utilizaba a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, tan necesarios en la lucha contra la trata, el narcotráfico, las supuestas herencias de la familia Pujol, los tres por cientos y otros desvaríos, y los concentraba en vigilar imprentas, realizar redadas en los despachos como si fueran alambiques de la Ley Seca, desarticular webs sin que fuesen pederastas y apuntar a los alcaldes en la lista de gente manifiestamente detenible.

Mientras, a este lado del Besós, los jueces volvían a prohibir actos políticos como si por sí mismos constituyeran un delito; en la Catalunya profunda, los hijos de los alcaldes constitucionalistas son insultados en clase por los cachorros del soberanismo, pero el Govern entiende, más o menos, que simplemente se trata de cosas de críos.

Aquí pasa algo raro, claro, pero estamos a punto de pasarnos de castaño oscuro. Estamos tan preocupados, los más y los menos, por el 1 de octubre que no nos preocupamos por el día 2. ¿Quién tendrá que negociar el futuro de lo que sea? ¿O es que ya hemos aceptado que no habrá futuro? ¿Utilizarán pesetas en vez de euros, dolarizarán a Artur Mas, pedirá el Barça asilo político en la liga inglesa del Brexit?

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Billetes en el retrete

Kris McKay / Solomon R. Guggenheim Foundation

Una de las leyendas urbanas de los 80 aseguraba que las alcantarillas de Nueva York estaban infestadas de caimanes. Según contaban, eran antiguas mascotas que al crecer habían sido arrojadas al inodoro por sus excéntricos dueños. La verdad es que no se conocen incidentes con cocodrilos en la Gran Manzana, pero de cuando en cuando sí nos llegan noticias de otros lugares del mundo sobre personas atacadas por reptiles emboscados al fondo del váter. En Tailandia, una pitón de tres metros casi mata a un hombre que estaba sentado en la taza. En Australia fue una serpiente venenosa.

Hace unos días, uno de esos típicos reportajes de verano nos recordaba todos los objetos que no debemos tirar por el retrete. Las famosas toallitas, cuyo tratamiento cuesta a los ayuntamientos europeos más de 500 millones de euros al año. O los medicamentos desechados, sobre todo anticonceptivos y antidepresivos, que al parecer están causando auténticos estragos hormonales en algunas especies marinas. O los preservativos, que fueron noticia en los juegos deportivos de la Commonwealth de 2010, cuando los desagües se colapsaron con las 8.000 unidades que la organización distribuyó entre los atletas.

Viene a cuento este pequeño museo de los horrores por una noticia que ha saltado a los titulares esta semana: las autoridades suizas están investigando el atasco en las cañerías del lujoso banco UBS y de varios restaurantes de Ginebra, después de que alguien arrojara al inodoro decenas de miles de euros en billetes de 500 euros. Se sospecha de dos españolas propietarias de una caja de seguridad en la entidad, que habrían tratado de destruir el dinero para ocultar pruebas de evasión fiscal. Poco más se sabe del caso, salvo que en un alarde de generosidad tuvieron el detalle de cortar los billetes a cachitos antes de tirar de la cisterna.

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Ejercicio de independencia

Barcelona acogió en febrero la mayor manifestación pro acogida de refugiados de Europa.

El 1 de Octubre crece, día tras día, en el calendario. Ya está a la vuelta de la esquina. Esa "O", boca abierta, que se traga todo. Luna llena que eclipsa o luna nueva. Puigdemont a un extremo con su no subestimar la fuerza del pueblo catalán, Rajoy al otro amenazando con tener que acabar haciendo lo que no quiere. Tensando. Azuzándonos a unos ciudadanos contra otros.

Conmigo que no cuenten. Aunque lamentaría la separación de Cataluña, he sido siempre partidaria tanto del Estatut de tiempos de Zapatero -contra el que mis vecinos pro PP recogían firmas, prendiendo las chispas de la actual hoguera-, como de un referéndum democrático y con las garantías necesarias para que su resultado sea vinculante. Lamento que hasta hoy, la mucha, muy comprometida e inteligente ciudadanía implicada en lograr esos mínimos estándares no lo haya conseguido. Pero así es. Y, por tanto, no respaldo una consulta cuyo procedimiento y limpieza de resultados no son incuestionables.

Eso no implica abandonar la idea. Sino, al contrario, animar a redoblar los esfuerzos, en Cataluña y el conjunto de España para que alcancemos, juntos, esa cota de civismo: resolver vía negociación, urnas y, si así se decide, a través del cambio del marco legal y constitucional, una discrepancia política. 

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Catalunya: la oscuridad

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Con tanto bullicio de alegres jubilados, acabas en la cafetería del AVE. En la sinuosa barra me topo con periódicos capitalinos. La unanimidad es preocupante y compacta, no hay sitio para la disidencia, todos contra la calamidad del separatismo, manifiestos, firmas, la amenaza aglutina; igual habría pasado si la velocidad me trajera allende el Ebro. Unanimidad en lo suyo en ambas orillas, imposible disentir.

Estamos en un tiempo polar y también lanar, por ideología o por salvar el futuro precario que acaba con el  más pintado. Es el tiempo de la mediocridad del pensamiento. Si acaso, irrumpe en el debate la reclamación o la acusación y señalamiento de equidistancia. Yo no me declaro equidistante, reclamo ser distante de los unos y de los otros, es mi libertad; soy distante de todos pero cercano e involucrado en la defensa de las libertades y la democracia. Las libertades están en peligro, la primera la libertad de expresión. Sin ella, el ejercicio de las demás libertades es una quimera. Así lo supieron, y a ello dedicaron sus vidas,  los primeros demócratas de las dos orillas del Atlántico cuando aquí lo más original que se nos ocurría eran golpes tras golpes, espadones con fusiles y crucifijos, contra todo aquel que propusiera algo de libertad.

Si no estás con uno de los dos te machacan, tiempos de invierno nuclear, oscuridad construida con las cenizas de panfletos, nóminas debidas o soñadas, artículos escritos o radiados  de ocasión, editoriales forzosas o meritorias, demoscopias de cámara, leyes aceleradas, fiscales dicharacheros, argumentarios de hambre  y dependencia de lo que sea, precariedad material, sin duda, la que esclaviza la libertad. 

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Machismo, otra vez

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Publicidad del prostíbulo de Cartaya

Machismo, otra vez. ¿Otra vez lo explicamos? ¿Otra vez hablamos de ello? Pues otra vez. No podemos cansarnos, eso lo sabemos. Pero a veces tengo miedo de pecar de repetitiva, de que muchos columnistas y periodistas hablemos sobre machismo y, claro, los lectores se aburran del tema. Que pierda efecto. Que no sirve para hacer pensar sino para cansar. Pero fíjate que no pasa con otros asuntos de los que se habla todos los días. Hablo de política mucho más a menudo. Pero llega el día en el que quiero hablar de machismo y me sale una vena prudente y creo que equivocada. Un no queremos molestar más de la cuenta. Un poso culpable sin sentido.

Yo lo atribuyo al machismo tal cual. Porque sí, soy machista, aunque pelee cada día por no serlo. No me enorgullece pero asumo que la inercia, las costumbres, y siglos a nuestras espaldas nos revelan comportamientos, gestos y actitudes machistas cuando menos nos lo esperamos. Están en las esquinas de nuestra mente agazapados para saltar. Y hay que llevar las gafas puestas, hay que estar bien alerta, para ver lo que tenemos delante. Por eso esta necesidad de hablar, de superar una sociedad que no es justa con las mujeres, una historia.

Así que otra vez hablo de machismo. Porque… sí, otra vez hay que hacerlo. En una sola semana asistimos al comentario de un ex juez en una red social pública banalizando la violación, a una conversación privada de un político con su grupo jactándose de follarse a todas su empleadas y a un anuncio de un prostíbulo con el leit motiv de vuelta al cole para alimentar la fantasía pederasta de la colegiala de más de uno y dos. Así, sin pensar mucho. Sin dar tiempo a respirar.

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Cádiz y el verano de verdad

Playas de Cádiz

Siempre he pensado que el verano es más verano en Cádiz, en el Cádiz de verdad. Ahora está de moda un Cádiz que es chiringuito de Tarifa con mojitos de sandía, o en el que te haces el hippy durmiendo en una furgoneta Volkswagen de 40.000 euros en Los Caños. Yo prefiero otro. 

Cádiz es un rondo de abuelas jugando al bingo en la playa, neveras azules y sandías, o sábanas del SAS cogidas con pinzas en las sombrillas. Cádiz es familias de más de doce cenando en el mismo bar, verano tras verano, con los niños corriendo vestidos del Cádiz, del Betis o del Sevilla, y parando de vez en cuando para darle un buche a una Fanta con cañita y comerse una croqueta. 

Cádiz es un municipal que ve a un chaval conduciendo la moto sin casco y le grita "Rafae, ponte el casquito, pisha". Es un abuelo que viene a vender papeletas que ha escrito él a boli para sortear un reloj ("es CASIO, de los buenos") y una camiseta de publicidad de Fertiberia. 

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Repaso urgente de vuelta a la información

Empieza septiembre y siempre siento como si hiciésemos borrón y cuenta nueva solo en algunas cosas, mientras en otras seguimos anclados en los mismos tópicos y despropósitos. No puede ser que siempre ocurra lo mismo. Tras cada atentado, huelga, manifestación o asesinato machista… Disfrazada de lo que ahora se llama posverdad, o de manipulación informativa directa y burda, nos colocan cebos por si caemos, desbordados por el automatismo de consumo de noticias.

La información es un derecho. La desinformación, un ataque. Si hay medios, periodistas y tertulianos que nos intentan manipular, debemos ser capaces de identificar que nos mienten y evitar caer en su trampa. ¿Recuerdan cuando íbamos de vuelta al cole y repasamos conceptos del curso anterior, con aquel cuaderno Rubio, por ejemplo? Parece que, ante cada nuevo curso informativo, vamos a tener que repasar conceptos que ya deberíamos tener más que consolidados, sin opción a manipulación. Basta citar cuatro ejemplos de este verano:

Atentado. Lo hemos vuelto a ver en el atentado de Barcelona, mezclar conceptos de forma intencionada para crear odio. Tertulianos que hablan de islamista o musulmán como si fueran lo mismo. Árabe es la persona que habla esa lengua materna. Por lo tanto, puede haber árabes musulmanes, cristianos o incluso no creyentes.  Musulmán es quien profesa el islam, y no es ser radical. De la misma manera que no lo eres por ser católico o ateo. El islamista buscan imponer sociedades gobernadas por la Sharia. Pero no todos optan por la violencia. Es decir, un islamista no es igual a ser terrorista, porque hay islamistas que realizan sus peticiones solo por vía política y sin violencia.  Cuando ya se ejerce la violencia podemos hablar de yihadistas, que son los que realizan la yihad. Por lo tanto, cuando nos referimos a quienes atentan, podemos decir mejor yihadistas o simples terroristas. Pero si obvias todo esto y aplaudes al discurso islamófobo, debes saber que tú sí estás apoyando a los terroristas.

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La jibarización de las identidades catalana y española

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En el ensayo "Identidad y Violencia", el premio nobel de economía y también filósofo Amartya Sen analiza la violencia y la intolerancia que se alcanza cuando reducimos las múltiples identidades que todas las personas tenemos a una sola. O cuando ésta es tan predominante que nuestra identificación con ella y nuestra adhesión al grupo que comparte dicha identidad permiten justificar cualquier actuación del grupo, incluso aquélla que va en contra de principios que de manera individual defendemos.

Se trata de identidades únicas, estáticas y atemporales, que no evolucionan porque en realidad son esencias, cargadas las más de las veces de superioridad y xenofobia. Identidades esenciales que, salvo honrosas excepciones históricas, se tornan siempre violentas en la construcción de los estados-nación, de las nuevas naciones. Y cuando escribo "violencia" no me refiero solamente a la física, aunque ésta siempre puede hacer acto de presencia en cualquier momento, incluso de manera accidental. La paz es frágil.

Cuando nuestras identidades se reducen a una sola, es fácil volverse intolerante porque desaparecen los espacios comunes con los otros y no hay forma ni de identificarse con el otro, ni de entenderlo. Proliferan los estereotipos, los clichés, las simplificaciones, también para quienes somos conscientes de nuestras múltiples identidades y nos resistimos como gato panza arriba al verlas jibarizadas a una sola.

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Andalucía desnacionalizada

Pedro Sánchez

Aunque las palabras las carga el diablo, peores son los presupuestos. Detrás de Mel Gibson con pinturas de guerra y faldita escocesa, aparece siempre un contable con el lápiz en la oreja y la calculadora en la faltriquera. Empezamos hablando del concepto espiritual de nación y terminamos con el cupo vasconavarro y el porcentaje de inversión per cápita en salud pública que llevan a cabo dichas comunidades con el inestimable auxilio de un trato diferencial a su favor en las cuentas del Estado.

En un desayuno informativo con la agencia Europa Press, Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, dio en hablar del Estado plurinacional y adujo que al menos, Cataluña, Galicia y el País Vasco habían manifestado claramente su voluntad de ser naciones. Más que meterse en un jardín, el líder socialista se metió en un campo de minas. Sánchez desnacionalizó en un inesperado olvido a Andalucía. Pero también a Navarra, pongo por caso, o a Canarias, que contó incluso con un activo y temible MPAIAC independentista, en los primeros años de la transición.

Bien está que ese fuera el dibujo de las llamadas nacionalidades históricas que figuran en la Constitución de 1978, porque a Andalucía le costó sangre, sudor y urnas recordar que su primer proyecto de estatuto fue cercenado por la guerra civil, ya que iba a ser presentado al Congreso durante el otoño de 1936. Entre el 4 de diciembre de 1977 y el 28 de febrero de 1980, desarrollamos nuestra propia épica nacionalista, entre huelgas de hambre, muertos a mano armada, complots de partidos y quejíos blanquiverdes. 

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Todas las mujeres

Vídeo Micromachismos

Una, utilizada por un famoso psiquiatra en el momento más vulnerable de su vida. Otra, abusada por su ginecólogo estando embarazada. La tercera tuvo que dejar su trabajo e irse al paro para dejar de sufrir el acoso sexual y laboral del jefe encantador que la convenció de que fichara por su empresa. La cuarta aún recuerda lo sufrido en su infancia y aquel hombre que la manoseó durante las fiestas del pueblo. La quinta tuvo que salir de su casa a la carrera y refugiarse en un centro de acogida. La sexta fue asaltada mientras estaba de vacaciones. La séptima se libró por los pelos y durante mucho tiempo guardó en el bolso un spray antivioladores. La octava aún está averiguando cómo bloquear a su ex, que la atosiga a llamadas, mensajes, emails y se presenta sin avisar en su portal. La novena se quedó petrificada cuando el cerrajero que acababa de forzar su puerta le sugirió que pagara con sexo. La décima se siente con suerte, todo lo que puede recordar son imágenes de hombres frotándose contra ella en el autobús. Entonces ni siquiera sabía que eso podía ser delito.

Completar este listado no ha necesitado tirar de google. Ni de hemeroteca. Ni de teléfono. No he tenido que ir muy lejos para conocer estas historias. No hay que alejarse mucho, ni asomarse a ningún telediario o crónica de sucesos para encontrar relatos parecidos a estos. Les ocurren a todas (casi todas) las mujeres. Y no hablo de casos de micromachismo, de discriminación laboral o de sexismo en las relaciones sociales, sobre los que queda tanto por discutir. Hablo de situaciones de violencia. ¿No me crees? ¿Te parece que exagero? Haz la prueba. Haz memoria. Pregunta a tu alrededor.

De estas diez mujeres, por cierto, sólo una ha denunciado, años más tarde, para encontrarse con que el caso ha prescrito. Ocurre con más frecuencia de la que somos capaces de reconocer y no estamos hablando lo bastante de ello. Quizá les cuesta ser conscientes de lo que les pasó. O piensan que nadie las creerá. O que denunciar no cambiará el pasado pero puede complicar su futuro. Tal vez les preocupa, viendo otros antecedentes, cargar para siempre con el sambenito de mujer conflictiva, o débil, o mentirosa. Ninguna pensó en marcar el 016, del que presumía esta semana la ministra del mismo partido que llevó al Constitucional la Ley de Igualdad. Quizá pensaron que ese teléfono era para casos distintos, para mujeres diferentes. Quizá sintieron vergüenza, sentimiento de culpa, pensaron que podrían haber hecho algo más, que se lo merecían. Quizá, visto lo visto, nunca estuvieron seguras de que iban a ser protegidas.

Entender que todas (casi todas) las mujeres en nuestra sociedad han sufrido algún tipo de violencia o abuso (siete de cada diez en el mundo, según Intermón Oxfam) no implica convertir a todos (ni casi todos) los hombres en agresores. Ni significa tampoco reducir a las mujeres al papel de víctima. No se trata de eso. Se trata de empezar a comprender la verdadera dimensión de un problema que va mucho más allá de las 36 asesinadas durante este año en España o las 700.000 llamadas al 016 en 15 años. Que va mucho más allá de lo doméstico, de lo privado, de lo personal. Que penetra en lo más profundo de nuestros prejuicios y nuestra escala de valores. Que se hace visible cuando ante los juzgados de familia se blanden carteles contra las "feminazis". Cuando en las redes sociales se le desea a una dirigente política que sea violada en grupo, como le ha pasado a Inés Arrimadas. Cuando una mujer huye con sus hijos de un incendio, y todo lo que somos capaces de ver es que se ha saltado un semáforo.

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