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Una buena conversación

Carmen Martín Gaite

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En estos días en los que ha llegado el buen tiempo (y para mí la idea de buen tiempo es decir adiós al frío y poder pasear en manga corta), me gusta aprovechar las últimas horas de la tarde para sentarme en un banco del parque. No es que sea especialmente bonito, pero hay árboles, hay una fuente y niños jugando, y de alguna manera cada año esta época me trae una esperanza renovada. 

Leo una hermosa postal de Carmen Martín Gaite que dice: “A veces me siento tan de paso en la vida, tan frágilmente instalada en ella como colgando del hilo de una telaraña... Pero viene el regalo de esas imágenes relativamente recientes a devolverme el fugaz estallido del placer de vivir. Hoy entra el verano. Feliz verano, Julián”.

Sí, así es, querida Carmen, le digo en mi conversación imaginaria mientras rememoro los bailes del día anterior en la Feria de abril. Así es. 

Esta postal y muchas otras, junto con textos y collages, están recogidas en el precioso libro “Carmiña”, que acaba de publicar la editorial Tres Hermanas y que muestra la correspondencia entre Carmen Martín Gaite y su amigo Julián Oslé. 

“La nubosidad sigue variable, pero depende del lugar en que se coloquen las nubes. Las que te nublan la cabeza son siempre las peores”, le escribe en una carta fechada en 1990. Pienso en lo que me habría gustado conversar con ella, con ellas, todas mis escritoras amigas imaginarias, con María Lejárraga, Elena Fortún, Ana María Moix, Carmen Laforet... con todas esas “chicas raras”, como llamó Martín Gaite a Andrea, la protagonista de “Nada”. 

Hay un hilo que las une y que nos une a miles de mujeres con ellas, una conversación infinita que trasciende al tiempo y al espacio. Lo contó de una forma bellísima mi querida Carmen G. de la Cueva en su magnífico libro “Escritoras”. 

Laforet adoraba a Elena Fortún desde que siendo niña descubrió los libros de Celia. Libros que vieron la luz gracias al empuje de María Lejárraga, quien no dejó de insistirle a su amiga para que los escribiera. Martín Gaite también se encontraba entre esa generación de niñas que crecieron con las historias de Celia y que la adoraban. Tanto que fue ella misma la que llamó la atención sobre estos libros al productor Jose Luis Borau, quien emprendió el proyecto de convertirlos en serie de televisión. Carmen se encargó de la adaptación a guión. 

Ahí está, la conversación entre ellas, entre nosotras. Porque siempre la necesitamos, en los días de nubosidad, en los de luz clara, ahí están sus novelas, sus textos, sus cartas, sus notas a pie de página para poner palabras a cómo nos sentimos o para respondernos, desde algún lugar, que sí, que a ellas también les pasó ya todo lo que nos pasa. 

Escribir es conversar, dijo Carmen Martín Gaite, y no puedo estar más de acuerdo. Así me siento mientras tecleo estas líneas o trabajo en mis películas, buscando un interlocutor, una especie de amistad en la distancia. Pero también cuando leo, sobre todo cuando leo. Cuando la nubosidad se instala en mi cabeza, más a menudo de lo que quisiera, recurro a ellas, a mis escritoras. 

Hay en “Carmiña”, el libro al que me refería al comienzo, un collage hecho por Martín Gaite tras dañarse un pie. “Ahora estoy así”, escribe junto al recorte de una divertida figura que se sostiene sobre una sola pierna, como un flamenco. Al lado, otro recorte de una bonita bailarina. “Pero no pararé hasta verme así. Y entonces buscaré con quien bailar, y sino, bailaré sola”. 

Entendido, querida Carmen. Le doy las gracias, cierro el libro de tapas rosas. Deshago el camino a casa por el parque. Hay mujeres leyendo al sol. Me pregunto en qué conversaciones andarán metidas. Ojalá que nunca les falten, ojalá que en estos tiempos locos de cuantificar, de producir, de medir, de no poder perder el tiempo en lo no provechoso, nunca se pierda una buena conversación. Estoy convencida de que es lo que nos salva.

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