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Luis León Barreto

Luis León Barreto (Los Llanos de Aridane, 1949), licenciado en Periodismo por la Complutense, ha sido subdirector de La Provincia, director del Club Prensa Canaria, jefe de Prensa del Cabildo de Gran Canaria. Premio de novela Blasco Ibáñez por 'Las espiritistas de Telde' (1981), traducida al rumano, alemán, inglés, italiano y francés. Premio de novela Pérez Galdós por 'Ulrike tiene una cita a las 8' (1976), premio Julio Tovar de Poesía, Santa Cruz de Tenerife, 1970, por 'Crónica de todos nosotros', premios de periodismo Leoncio Rodríguez, Víctor Zurita, León y Castillo. Autor de casi 30 libros: novelas, relatos, novela negra, cuentos para niños, ensayo, poesía. Figura en importantes antologías, así en 'Cien años de cuentos (1898-1998). Antología del cuento en castellano', de José María Merino, Alfaguara, Madrid, 1898, y en 'Kanarska kratka prica', antología de narradores publicada en Zagreb, Croacia.

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Los que matan a sus mujeres tienen cara de asesinos

Hemos empezado el año con un reguero de mujeres asesinadas por sus antiguas parejas, y eso crea alarma social. Cada vez que en los medios de comunicación se da cuenta de la muerte violenta de una mujer, joven o mayor, y en la misma información se reproduce la cara del maltratador, nos damos cuenta de que ellas no se merecían a esos personajes. Y su gran error debió ser la falta de perspicacia, la escasa lucidez que tuvieron para entablar relación con tales sujetos y el no haber podido cortar sus relaciones a su debido tiempo. En las fotografías difundidas por los diarios, entre otros muchos casos hemos tenido amplia información de David Batista, el asesino ya juzgado de Laura González, a la que quemó en una tienda de la Calle Real de Santa Cruz de La Palma, y, más recientemente, el de Ayoze Gil, el que presuntamente quitó la vida a su preciosa novia de 23 años, Yurena López, en Telde, cuando esta ya estaba consiguiendo reorganizar su vida, con trabajo fijo, coche nuevo, una joven de hoy con las ideas claras de lo que le convenía para su futuro.

En mis estudios de Derecho en la Universidad de La Laguna (hice la mitad de la carrera, porque el periodismo me llamó con más urgencia y me permitió autofinanciarme desde los 19 años) supimos en Derecho Penal que el jurista italiano del siglo XIX Cesare Lombroso señaló que las causas de la criminalidad están relacionadas con factores físicos y biológicos, como si ciertos delincuentes estuviesen predeterminados a ser malos. Así, concebía el delito como el  resultado de tendencias innatas, de orden genético, que pueden ser observadas en ciertos rasgos corporales de los delincuentes habituales (asimetrías craneales, determinadas formas de mandíbula, mirada amenazadora, forma de las orejas, etc.) En sus obras se mencionan también como factores desencadenantes el clima, la orografía, el grado de civilización, la densidad de población, la alimentación, el alcoholismo, la instrucción, la posición económica y hasta la religión. Venía a significar que en determinadas personas ya nacen con inclinación para ser delincuentes. Evidentemente, la jurisprudencia no acepta este determinismo, esta especie de fatalismo. Pero a mí particularmente me parece que algunos matadores de mujeres tienen cara de asesinos natos, y en las fotografías que conocemos de ellos los delata el perfil donde asoma la ira, el orgullo machista, el ambiente: la maté porque era mía, o la maté porque ya no quería ser mía. Como si la mujer fuese un objeto de su propiedad, incapaz de rebelarse, un juguete al que ya no se desea, al que hay que eliminar. Y esta ola de muertes por violencia conyugal tiende a crecer, acaso porque cuando se publica uno de estos tristes sucesos se está efectuando un efecto llamada.

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El show de los monos aulladores

Salen las distintas especies de monos aulladores en las tertulias, en las televisiones, en los programas de telerrealidad. Son tribus dispuestas a defender el territorio, a ganar territorio ajeno, y para ello se zarandean, compiten en sus alaridos. Hay que aullar para marcar el territorio, para advertir a los intrusos. Ninguno quiere bajarse de su árbol, nadie puede llevarles la contraria, y, naturalmente, en la selva el mono más chillón es el que se lleva la audiencia. Manejando el mando de un canal a otro de los 200 disponibles, uno también se siente mono aullador que se deleita con la farsa cotidiana, pues en tertulias políticas, deportivas, concursos varios o Gran Hermano resuena el alarido de nosotros, primates. Todo es teatro, espectáculo vociferante. Pero tuve la suerte de pertenecer a una generación de periodistas que ejerció su trabajo en un periodo excitante.

Éramos jóvenes y atrevidos, y el futuro era nuestro porque Franco tenía que morir, eran tiempos de libertad vigilada y por eso padecimos algunas sanciones, multas, fichas de la policía que nos generaron dificultades a la hora del servicio militar. Pero el régimen tenía los días contados, no se puede ir contra las leyes de la biología y llegó noviembre de 1975. No sin sustos ni el temor que siempre nos generaba la casta militar, contemplamos el nacimiento de la democracia. También padecimos después la angustia que algunas mañanas nos generaba ETA matando a diestro y siniestro, yo era redactor-jefe de Diario de Las Palmas y llegaba a las ocho de la mañana cuando los teletipos empezaban a vomitar los atentados del día. Dicho esto, me reafirmo en que mi grupo generacional tuvo mucha fortuna, pues pudimos ejercer el periodismo en el periodo más hermoso de la historia contemporánea. Las dos Españas que según Antonio Machado helaban el corazón de los recién nacidos confluían al final de los setenta en una voluntad de concordia, y de este modo la reconciliación fue posible más allá de los deseos de venganza. El periodismo se convirtió en el Parlamento de Papel, consolidada la libertad de expresión fueron entrando una a una las leyes de la modernidad, por ejemplo antes las mujeres necesitaban la firma del marido si querían comprarse un coche, tardó en llegar pero fue reconocida la capacidad plena de la mujer, la ley del divorcio, el aborto, etcétera. En tiempos todavía de censura previa, padecimos alguna que otra represión por el hecho de informar, sobre todo en nuestro paso por la redacción de El Día de Santa Cruz de Tenerife, cuando éramos estudiantes en la Escuela de Periodismo de La Laguna, pero ya estábamos acompañados de nombres tan señeros como Alfonso García Ramos y Ernesto Salcedo, y de compañeros que han hecho historia.

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Una neoyorkina en Los Indianos, Mararía y Justo Jorge Padrón

Unas semanas antes del carnaval recibí un correo sorprendente. En él una joven profesora norteamericana residente en Nueva York me anunciaba su deseo de viajar a Santa Cruz de La Palma para conocer la fiesta del carnaval, pues, oh milagro, había podido conseguir un ejemplar de mi novela Carnaval de Indianos en la ciudad de los rascacielos y se proponía trabajar una tesis doctoral sobre la figura del indiano en la literatura española. Laura Hydak, que habla un español perfecto, es docente en la universidad Rutgers de Nueva Jersey y está becada por la Fundación Mellon. Tiene dos años por delante para realizar su investigación y promete volver a la isla de La Palma, que le ha fascinado.

“Estoy trabajando con otras novelas que tratan el personaje del indiano, es decir del emigrante que vuelve de países americanos, pero son más bien históricas y se centran en sagas familiares. En cambio Carnaval de Indianos tiene muchos personajes y un vocabulario muy rico, propio de esta isla. El libro del escritor palmero me costó mucho encontrarlo en Nueva York, pero al fin lo conseguí, y me ha interesado mucho.” Destaca Laura la riqueza y expresividad de la fiesta, y la significación del personaje de la Negra Tomasa.

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De masones, Dios, ateos y agnósticos

Vivimos en el barrio erróneamente denominado El Zardo, le sobra la zeta pues Sardo con ese era el apellido de un eclesiástico originario de Cerdeña, Italia, que poseyó estos terrenos de medianías por encima de Almatriche, antiguo municipio de San Lorenzo. Y tanto en Gran Canaria como en el piso de La Palma solemos hacer cenas para tertuliar con ocho o diez comensales. Tertulias que incluyen lecturas de relatos y poemas de los presentes. En la última, con estufa, chimenea, buen Rioja e incluso aguardiente de Las Manchas, pasamos un buen rato. La cosa empezó antes de las nueve y acabó a las cinco en punto de la madrugada y a ella asistieron dos masones de distintas logias, un par de empresarias, una trabajadora social, profesoras de primaria y de enseñanza media en activo y jubiladas, y un fotógrafo argentino que ha venido huyendo del clima y la contaminación de Torrejón de Ardoz. Además estaba el escribidor que suscribe, todos en la franja de edad entre los 50 y los 70. Jóvenes viejos o viejos que, con esto del alargamiento de la esperanza de vida, se niegan a dejar de ser jóvenes, abominan del alzheimer. Entre otros temas hablamos de la radicalización de Podemos, de los conflictos del momento, de los ritos de las distintas religiones, de la mala fama de la masonería quizá porque al general Franco le negaron su ingreso y de las actitudes y/o expectativas ante eso que llamamos el más allá.

Cuando murió aquel buen alcalde que fue Juan Rodríguez Doreste, con la catedral repleta, el entonces obispo Ramón Echarren, a quien teníamos por hombre progresista, ni corto ni perezoso anunció que, puesto que el alcalde había manifestado su condición de agnóstico, no iba a realizar los tradicionales actos fúnebres. De modo que pidió que los presentes rezáramos un Padrenuestro, y ahí acabó la cosa, no sin la decepción de buena parte de los reunidos. Porque agnósticos somos quienes dudamos y no podemos afirmar ni negar la existencia de Dios. Agnóstico significa gente sin un conocimiento definitivo y taxativo de la divinidad, y es una respetable. Los agnósticos no afirmamos ni negamos a Dios, porque la idea de Dios es demasiado absoluta y en su nombre se han cometido demasiadas barbaridades.

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La liberación de la mujer, Anaïs Nim y Néstor de la Torre

Desde que en 1949 Simone de Beauvoir publica El segundo sexo entendemos que una mujer no nace sino que se hace según los condicionantes sociales. En los años 60 del pasado siglo hubo felices acontecimientos: saltaron a la luz la revolución sexual, la liberación femenina, las protestas de los hippies y la lucha contra la discriminación racial. La idea de que la mujer viene al mundo para ser esposa, ama de casa y madre estalla en pedazos cuando Betty Friedan publica La mística de la feminidad, 1963. Dos años antes, en 1961, en EEUU son aprobadas las píldoras anticonceptivas, con lo cual ellas asumen el control sobre su cuerpo; la sexualidad se separa de la mera reproducción, lo cual realza el placer y el erotismo, caen en el olvido las prácticas conyugales con la luz apagada y la actitud pasiva de la esposa. Tras siglos de represión y condena de las religiones, llega la libertad sexual a occidente. Mientras, en África y buena parte de Asia la mujer sigue siendo un objeto con pocos derechos, la frecuente mutilación del clítoris la inhabilita para el disfrute. En  1976 Shere Hite publica su informe en el que concluye que las mujeres no necesitan a un hombre para obtener un orgasmo, según su estudio solo el 30 por ciento de las féminas habían experimentado el orgasmo a través del sexo con penetración.

La vida es una vorágine maravillosa, escribió Anaïs Nim el 3 de enero de 1935 en sus diarios. Ella fue un prototipo de mujer liberada, entregada sin tapujos al amor con muchos hombres, y entre ellos nada menos que Henry Miller. Nacida en Francia de padres cubano-españoles, su prosa es caliente, rápida, eléctrica, visceral, sus confesiones en primera persona han sido adoradas por millones de lectores y criticadas por otros tantos. Ella se incorpora como protagonista esencial de sus libros, con una carga autobiográfica fuera de toda duda. La vida es la literatura, y la literatura es la vida: sus experiencias personales, sus nirvanas y sus depresiones, sus atrevimientos de vivir a fondo, sus placeres y ese síndrome de culpa del que resulta difícil escapar, el contraluz de la depresión ocasional y la soledad constituyen el eje de sus libros. Una vida consumida a fondo, de una cama a otra, de una piel a otra, quedan sus valiosos testimonios de personajes que conoció: Lawrence Durrell, Salvador Dalí, Antonin Artaud o el propio Henry Miller. En la preciosa edición de Siruela titulada Diarios amorosos (Incesto, 1932-1934 y Fuego, 1934-1937) hay una cita al pintor grancanario Néstor de la Torre, amigo de Joaquín, el hermano de la autora: “He visto las pinturas de Néstor de la Torre. El primer pintor moderno que me ha apasionado y emocionado profundamente”, 21 de febrero de 1933. Más allá de las ceremonias de posesión, los celos, el síndrome de culpa por las infidelidades, el entendimiento de la pareja abierta, la proliferación de tríos y su enamoramiento de June, la propia mujer de Miller, esta Anaïs que sin duda fue hermosa escandalizó con sus escritos a la sociedad de su época. Incluso se atrevió con uno de los tabúes milenarios de nuestra civilización: el incesto, a través de la relación con su propio padre. La puerta ya estaba casi abierta para que ella se lanzara a vivir cada minuto de su vida, entregada a la pasión, a la alegría de vivir, los encuentros fugaces, la música de jazz, los artistas fracasados, las drogas, las contradicciones. La furia del deseo que el orgasmo solo aplaca fugazmente, el poso de decepciones cuando se constata que todo es efímero. Más allá de los reproches y las consideraciones de la moral establecida, fue decidida, nunca dejó de sentir la necesidad de experimentar, de ir más allá de lo establecido. Delta de Venus, publicado en 1977, cuando ya la autora había muerto, es un libro fundamental dentro de la literatura mundial.

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La ‘Modernidad líquida’, el futuro espeso

Pasados los atracones navideños, las gloriosas cenas familiares en las que pueden salir a la luz antiguas rencillas y devaneos que saltan sobre la mesa con la tercera copa, cuentas pendientes de los muchos vericuetos de la vida, nos encontramos que la cuesta de enero se hace pesada. Este pasado lunes, 16 de enero, es considerado el día más triste del año, o Blue Monday, porque existe una fórmula que señala como desgraciado al tercer lunes de enero, tras ponderar las deudas navideñas y la bajona postvacacional. La formulita fue desarrollada por un psicólogo de la universidad de Cardiff, en Gales, en base al duro invierno, las deudas de Navidad y el pago de las tarjetas de crédito, amén de los regalos, cenas y comidas fuera de casa, viajes, lotería y gastos extras que apabullan nuestras cuentas corrientes. Asimismo entran en juego el dinero que se tarda en cobrar en enero y la abundancia de números rojos. También se evalúan los intentos fallidos de dejar de fumar, bajar de peso, acudir al gimnasio, aprender inglés, etc. Todo esto no tiene base científica, es una especie de superstición para depresivos, pero es lo que hay. Para colmo, con el frío polar que circula por medio mundo, los pensamientos se congelan.

En los próximos meses celebraremos los 100 años de la Revolución rusa y hace muy poco se cumplieron los 25 años de la desaparición de la Unión Soviética. El comunismo, que durante un tiempo fue una forma de esperanza contra el capitalismo, la aspiración de un humanismo diferente, se fue al cajón de los trastos inútiles pues –si bien proporcionó educación y sanidad para las mayorías– sus logros trajeron falta de libertad, represión, censura y extensión de la pobreza a las capas más amplias de la población. Hace poco también hemos conmemorado un nuevo aniversario del nacimiento de Martin Luther King (nació el 15 de enero de 1929) y ya estamos bajo el naciente imperio de Donald Trump, que amenaza con convertirse en la nueva lepra universal. Los populismos son la respuesta que quiere arrasar con lo que teníamos y amenazan con extenderse sus restricciones al libre comercio, barreras a la inmigración, el reforzamiento de las fronteras. El movimiento del péndulo en la historia de los humanos.

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Algunos que se fueron en el 2016

Llega el año con toda esa carga de regeneración que queremos aplicar a nuestras vidas, como si al inaugurar un calendario pudiéramos acceder a un tiempo nuevo, lleno de energía, vitalidad y buenos propósitos, aquel viejo lema de la canción que decía Salud, Dinero y Amor. Cuando un año termina y otro empieza hacemos el balance de deseos, errores y aspiraciones. Los propósitos de enmienda que salen a la superficie, decididos, cómo no, a evitar los errores acontecidos y a enfrentar la vida con nuevos bríos. Claro que, dentro de la civilización del consumo en la que nos encontramos, los publicistas, que no son tontos, nos están vendiendo cualquier cosa apetecible: las mejores dietas para bajar de peso tras los atracones navideños, el momento ideal para ir al gimnasio, la decisión final de aprender definitivamente a hablar en inglés, etc. El afán de mejorarnos sale al paso, y con él afrontamos la idea de disfrutar los días que nos quedan en el planeta Tierra.

Nos adentramos en un tiempo escabroso, inaugurado con el atentado en la discoteca de Estambul. Esta larga y cruenta batalla con el denominado Estado Islámico no ha hecho sino empezar, del mismo modo que es preocupante el porvenir que nos brindan políticos populistas como Marine Le Pen, el británico Nigel Farage, el líder del UKIP, Partido de la Independencia del Reino Unido, Geert Wilders en Holanda, Norbert Hofer en Austria o Viktor Orban en Hungría, además de unos cuantos emergentes en los países escandinavos. La propia Unión Europea está sometida a graves tensiones: los refugiados, la inmigración producto de las guerras y del hambre del Tercer Mundo que tenemos a pocos kilómetros de nosotros, el control de las fronteras. La globalización genera nuevas situaciones, problemas que van apareciendo día tras día, y si bien los humanos somos adaptables a todas las guerras y todos los accidentes de la historia, quedan muchas cosas en el aire. Incluido el creciente separatismo en Cataluña, Flandes, Padania, Baviera, Escocia. Un proceso antiglobalización.

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Las expectativas del 2017

Ahora que despedimos al año viejo y nos disponemos a fabricarnos ilusiones y esperanzas para el nuevo 2017, hemos de considerar que dejamos atrás un año en el que Gran Bretaña votó por dejar Europa, los colombianos no respondieron a la llamada del gobierno para pacificar la guerrilla, los italianos le dieron la espalda a las reformas que pretendía su gobierno y sobre todo se produjo un resultado poco previsible en las elecciones de Estados Unidos. Dicho esto, parece claro que el siglo XXI de momento nos trae unas dosis de inquietud y zozobra que no esperábamos, abrimos las puertas a un camino que parece repleto de acechanzas y peligros; la ilusión de lograr una paz universal con la superación del hambre y el desarrollo del Tercer Mundo es un mero espejismo. Estamos abocados a una era de miedo por causa de los desequilibrios económicos, el enquistamiento de viejos conflictos y el  terrorismo yihadista, y hemos de acostumbrarnos al miedo de la misma forma que durante décadas ETA sembraba las calles de muertos, por suerte las armas han sido relegadas al arcón del olvido aunque todavía no se haya firmado el desarme oficial. Raro era el mes en que los viejos teletipos del periódico dejaban de vomitar noticias sobre los atentados de la banda, incluso hubo etarras desplazados a las cárceles de Canarias.

Y ahora que somos una potencia turística de primer nivel, ojalá los dioses nos protejan de acciones que podrían comprometer la estabilidad de la que aquí disfrutamos mientras nuestros competidores naturales, desde Turquía a Egipto y Túnez, tienen muy difícil levantar cabeza. Al contrario: por allí se multiplican no solo las amenazas sino también los atentados, las bombas asesinas, los niños suicidas que hacen estallar la muerte en los mercados; pero todo eso también se ha introducido en Europa y de qué manera. El terrorismo se alimenta de viejos conflictos no resueltos por las instancias internacionales, guerras y saqueos tan devastadores como los de Siria que incluyen el exterminio de cientos de miles de inocentes, el asunto de Palestina, Afganistán, Irak, la injusticia histórica en el Sahara Occidental, litigios que la política se muestra incapaz de resolver. Y el poco fruto de la Primavera Árabe, que complicó las cosas en el norte de África.

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Pedro Fausto: La excelencia de un pintor palmero

Pedro Fausto (Tijarafe, 1955) desarrolla una pintura intimista, sosegada, un canto a la vida. Su obra realista recoge escenas plácidas, la infancia y la mujer, y ha sido expuesta en Barcelona, Madrid, Holanda y Alemania. Una obra cargada de simbolismo, color y armonía, en la que cuida las texturas, la transparencia de los colores. También ha hecho obra más desgarrada, paisajes gestuales y expresionistas. Comenzamos el diálogo exponiéndole que su obra se ha asentado, en ella hay elementos cotidianos, caseríos, frutas, algunos desnudos, figuras en su huerto, quizá rememorando a Monet y otros clásicos. Y señala que “efectivamente, espero que en mi nueva obra se pueda apreciar una cierta madurez. Mi intención es lograr composiciones sólidas, estilo definido y una intencionalidad clara. Cézanne decía que había que expresarse con fuerza y claridad. Siempre busco la síntesis, estructurando las composiciones con pocos elementos. También me gusta atenuar los contrastes para crear una atmósfera cercana, o tal vez lejana porque cuando miramos un paisaje apreciamos en la lejanía ese efecto velado debido al aire”.

Sus inicios fueron en el instituto Eusebio Barreto, alentado por Antonio Capote, su profesor, luego en la Escuela de Artes y Oficios de la capital palmera y en la Escuela de Bellas Artes de Tenerife. En aquella época las escenas de La Caldera de Taburiente dominaban la plástica en La Palma. Tras una etapa en la escultura, hizo su primera individual en las Fiestas Lustrales de 1975, y a partir de 1980 se dedica profesionalmente a la pintura. En 1996 comienza una presencia de nueve años en una galería de Berlín. Padre de hijos artistas y marido de la cantante Ima Galguén, denominada en Radio 3 la Loreena McKennitt española, ha trabajado también el vídeo y la fotografía, realizando el DVD Donde el silencio es azul.

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La pérdida de los valores

El progreso es necesario pero, a la vez que progresamos, en ciertos aspectos retrocedemos. Con frecuencia escuchamos frases sobre el cambio de los tiempos y la pérdida de valores, el propio papa Francisco ha recalcado que el dinero es el valor preponderante y anula los preceptos del viejo humanismo, el altruismo, la solidaridad, la piedad, la justicia social. Cierto que ni los valores ni la moral son parámetros inamovibles, todo lo contrario: son volubles y circunstanciales. Si a la moral la definimos como el conjunto de reglas de la vida cotidiana, que guían a cada persona sobre lo que es bueno o malo, no cabe duda de que es muy variable. Los valores son diferentes según las culturas, también las religiones crean pautas de comportamiento que difieren mucho. Por ejemplo, en países islámicos y en la India existe la tendencia en perdonar a los violadores si luego se casan con la víctima. Gran revuelo ha producido la iniciativa de Turquía para perdonar a quienes hayan mantenido relaciones sexuales con adolescentes si se casan con ellas. El matrimonio infantil es una de las formas de violencia contra la mujer, según la ONU, pero lo cierto es que se da en Asia y África, existe riesgo de que esas bodas sean forzadas o sean ficticias, o que las menores consientan presionadas por sus familias. En Bangla Desh y otros países los menores elaboran ropa que luego venden las multinacionales sin el menor pudor.    

    La moral cristiana ha impregnado los códigos de conducta en Occidente pero ya no es entendida como un cliché de normas absolutas. ¿Quién podría aceptar hace décadas los cambios de la revolución sexual, o el hecho de los matrimonios entre personas del mismo sexo? La esclavitud, la ablación o la pena de muerte han estado en vigor o siguen estándolo en determinadas áreas, pese a que son situaciones abominables condenables por cualquier humanismo. El racismo, el odio al inmigrante y el rechazo al que piensa distinto repugnan pero, como consecuencia de la grave crisis económica, la tendencia de este momento hace resurgir el pensamiento ultraderechista, tan visible desde el Brexit o la llegada al poder de Donald Trump.

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