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Luis Magrinyà

Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) es escritor y editor de las colecciones de clásicos de Alba Editorial. Su último libro es Habitación doble (Anagrama, 2010). Le gusta la tranquilidad pero es nervioso.

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Caprile

El pasado 7 de marzo Pilar Rubio escribía en su Twitter: “Tengo ganas de entrevistar a Lorenzo Caprile.... [sic: cuatro puntos suspensivos] A vosotros qué os gustaría preguntarle?”. L&L se ha dejado tentar por la bella Pilar y ha hablado con Lorenzo Caprile (Madrid, 1967), que es el único modista con que se encuentra en las librerías y en las presentaciones de libros. Además de haber estudiado en el Fashion Institute of Technology de Nueva York y en el Politécnico Internacional de la Moda de Florencia, también es licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad de Florencia. En 1993 abrió su taller en Madrid, y es precisamente uno de sus orgullos haber devuelto al taller, a la artesanía, la figura del creador de moda. En su taller, Lola, entendidísima en colores –ciclamen, nazareno, azul porcelana, champagne o cava, a gusto del hablante–, me mira con cara rara cuando le hablo de mi fascinación por esos nombres y en especial por el azul de París, porque nunca lo ha oído. Por lo visto, a veces los clientes vienen con sus propios nombres: el “azul Royal”, por ejemplo, aportado por un alto personaje. Lorenzo Caprile se ríe y menciona el “color humo”. Luego señala una tela amarilla y dice que es “amarillo pollo”.

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Disculpas en la carretera

Lengua y Literatura Hoy: Literatura (modalidad crímenes en Japón)

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En el rostro y entre dientes

Lengua y literatura Hoy: Lengua (modalidad verbos parlanchines, tercera y última parte)

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Interrogados e inquiridos

Lengua y Literatura Hoy: Lengua (modalidad verbos parlanchines, segunda parte)

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Los verbos parlanchines (primera parte)

Lengua y Literatura Hoy: Lengua (modalidad por no decir)

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El artista y el chistoso

Lengua y Literatura Hoy: Literatura (modalidad silencio vs ruido)

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Dos hermanos

Lengua y Literatura

Hoy: Lengua (modalidad fraternidad y comercio)

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El club de los verbos finos

Con muy buena intención nos han enseñado que está feo repetir. Sea en una novela, en una carta, en una ponencia, en una entrevista, en un correo electrónico o en un post de Internet, tenemos conciencia de que es conveniente un poco de formalidad. Es cierto que la repetición, cuando no tiene una función retórica y adquiere algún costoso nombre griego como anáfora o polipote o epanadiplosis, deriva en un estilo pobre, ruidoso y cansino. No se pueden repetir todo el tiempo las mismas palabras. Para eso están los sinónimos, nos han dicho.

Esta loable consigna ha sido la causa, sin embargo, de variados estropicios. Para empezar, repetir no es un concepto tan fácil de identificar como puede parecer. Ya hemos visto que algunas repeticiones son figuras literarias. Por otro lado, hay fenómenos de lo que podríamos llamar psicología de la lectura que son relativos y varían de un idioma a otro: en inglés, por ejemplo, la continua repetición de said ("dijo") en las acotaciones de los diálogos no parece perturbar a nadie; en español, si no alternáramos de vez en cuando los dijo con los afirmó, observó, aseguró, etc., se nos echaría encima, con razón, la policía estilística. Y luego está el léxico que, en una lengua, es de mayor frecuencia de uso y que, nos pongamos como nos pongamos, es el de mayor frecuencia de uso. Afino la tautología: en todas las lenguas hay palabras que se repiten porque se usan muchísimo, a veces porque designan realidades e ideas muy comunes en nuestra vida, a veces porque tienen un significado muy amplio que vale para muchas cosas, o a veces, al contrario, porque su significado es tan escaso o escurridizo que la palabra necesita continuamente –y de ahí sus múltiples apariciones– aliarse con otras para crear significados.

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No todo puede terminar en Auschwitz

Después de Sukkwan Island he leído Una comedia en tono menor de Hans Keilson (Minúscula, Barcelona, 2011, trad. de Carles Andreu) porque sabía que también era un novela con cadáver. Sin embargo, como suele ocurrir cuando uno busca algo, temas favoritos por ejemplo, lo que he encontrado al leerla ha sido otra cosa. Hay un cadáver, sí, y muy inoportuno, y a lo largo de quince páginas está muy presente, con su pijama blanco prestado y una amable joven holandesa que, para envolverlo, tiene que saltar por encima de él para ir a buscar una manta oscura y unos imperdibles. Pero la novela no va de eso realmente. Va de otra cosa que también me gusta mucho: de la gratitud, de la hospitalidad.

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Dime qué significa que esa habitación se ponía azul

Hoy L&L habla con el filólogo y académico José Antonio Pascual (Salamanca, 1942), quien acaba de publicar No es lo mismo ostentoso que ostentóreo: la azarosa vida de las palabras (Espasa, Madrid, 2013). De 1972 a 1979 colaboró, de nueve de la mañana a nueve de la noche, seis meses al año, con Joan Corominas en el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico: “A pesar de que entonces yo era doctor, catedrático de Instituto y profesor adjunto de la Universidad, allí me encontraba como un simple aprendiz que no entendía casi nada”, ha declarado. Acabó, sin embargo, firmando la obra como coautor. Concibió, junto con Juan Gutiérrez Cuadrado, el proyecto del Diccionario Salamanca de la Lengua Española (1996) y hoy, además de ser vicedirector de la Real Academia Española, dirige el Nuevo Diccionario Histórico. Dice estar rodeado de gente que se distrae con el scrabble on line. Él prefiere, sin duda (lo cita veinte veces en su libro), a Vikram Chandra.

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