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Martín Alonso

Doctor en Ciencias Políticas y autor de 'No tenemos sueños baratos. Una historia social de la crisis' (Barcelona, Anthropos 2015).

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La xenofobia, la extrema derecha y la acción ciudadana

Un mal día de hace 77 años el Mediterráneo sembró una playa occitana de cadáveres. Un temporal había anegado el campo de concentración en el que malvivían 100.000 refugiados. Eran españoles que habían cruzado la frontera en febrero de 1939 huyendo de las garras de ese preludio del fascismo que fue el nacionalcatolicismo. Fueron mal recibidos y peor tratados. Tuvieron que oír que eran cerdos y bárbaros. Murieron a miles; de enfermedades, de frío, quizás también de asco, en esa playa de Argelès-sur-Mer convertida en campo-cementerio.

La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto tienen una presencia constante en los medios; pero el cuadro descrito no suele aparecer en ellos. Y eso tiene que ver con un tratamiento del nazismo que utiliza a éste más bien como pantalla que como espejo. Podemos recordar ciertos hechos pero pasamos por alto la cuestión de su significado profundo. El nazismo fue la culminación de una secuencia descivilizatoria que desembocó en la destrucción masiva de vidas humanas ante la complicidad o la indiferencia de Europa y del mundo.

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La calle como manual de ciudadanía

La calle es la metonimia de la vida civil, mientras que en los gobiernos y los parlamentos se articulan las reglas de la vida política. Se trata de dos esferas interdependientes. Si las instituciones políticas operan sin tener en cuenta las necesidades y los anhelos de la gente de a pie, de la gente la calle –como si la tropología hubiera privilegiado esta dimensión peatonal del ser humano–, tendremos en el mejor de los casos un sistema marcado por las patologías paternalistas (como en el despotismo ilustrado), en el peor,  por las autoritarias. Pero si la ciudadanía no hace oír su voz asistiremos a las patologías de la evasión, del pasotismo a la servidumbre voluntaria. La presencia de una ciudadanía vibrante y comprometida con los valores que han venido pautando el norte normativo de la vida buena es a la vez un indicador y una garantía del funcionamiento de la vida colectiva.

Se atribuye a menudo una connotación positiva a la movilización. Pero la movilización, como la activación orgánica, no es buena o mala per se sino en función de los fines a los que sirve. Por eso hace falta la brújula de los valores. Sin ellos la calle puede convertirse en un instrumento al servicio de la tiranía y la deshumanización. Basta recordar el papel que desempeñaron las concentraciones de masas en el apuntalamiento de los totalitarismos en los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Precisamente aquel enrolamiento de las sociedades, a menudo bajo la consigna identitaria de la unión sagrada, condujo a Europa a la peor catástrofe de su historia, con la ayuda –hay que recordarlo–  de los vientos huracanados de una dura crisis económica. Precisamente para evitar su repetición se creó un corpus normativo dirigido a establecer pautas de ética política encaminadas al establecimiento de un sistema de garantías a todos los niveles, nacional e internacional. La universalidad de los derechos humanos tiene dos caras: el derecho a disfrutar de ellos y la obligación de contribuir para asegurarlos a aquellas personas que sufren conculcaciones a ellos en sus carnes.

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Regresión, repliegue y resistencia

Hemos llegado a un punto en que parece hasta de mal gusto ironizar sobre el final de la historia. Efectivamente, desde aquella  profecía neocón que declaraba consumada la trayectoria de la humanidad, la historia ha conocido  unas cuantas peripecias;  y desde la detonación de la crisis financiera camina por unos derroteros que evocan épocas  tenebrosas.  Como siempre, el lenguaje registra fielmente los cambios acaecidos en el paisaje social.  Seguramente no hay mejor indicador de la regresión civilizacional que vivimos que la mutación que ha sufrido, nunca mejor dicho, la palabra 'reforma'. Si  remontamos el curso histórico encontraremos que el término ha tenido hasta ayer una connotación positiva, las reformas eran un instrumento al servicio de la emancipación y la mejora de las instituciones humanas. Recordamos que los grandes reformadores  del XIX (Owen, Saint Simon, Fourier…) se autocalificaban como tales porque entendían su reflexión como una herramienta para la transformación, para cambiar el mundo. Hoy la palabra ha sido pervertida para  alojar el sentido opuesto, cambios institucionales que abocan al recorte de derechos. La reforma laboral, producto de la mayoría absoluta conservadora, es un botón de muestra de ese mantra de la escolástica neoliberal de las "reformas estructurales", un eufemismo dogmático que enmascara el expolio de derechos sociales. Una involución parecida han experimentado otros términos, en particular los que incorporan la raíz de libertad, presente en el significante mismo del neoliberalismo (como la liberalización), pese a su manifiesto contenido antiliberal.

Esta involución semántica se completa con la práctica expulsión del discurso público de los derechos humanos, el vértice geodésico nacido de la experiencia totalitaria. La emasculación de los derechos sociales, pese a estar recogidos en la Constitución Española, es una prueba del asalto a la ciudadela de la ciudadanía. Nuestro estado –y otros, no es desgraciadamente un mal particular– ha perdido buena parte de su nunca sólido andamiaje social. La abducción de la política por los poderes de la economía y las finanzas, la desaparición de la igualdad como un requisito de sostenibilidad política –más allá de las preferencias ideológicas: es una constante de la buena politeia desde Aristóteles–, la aceptación de los criterios instrumentales (macroeconómicos: la prioridad de PP y C’s en estas conversaciones preliminares es el "techo de gasto" no el suelo de derechos) contra los normativos, revela una regresión que nos devuelve a un siglo atrás, cuando el liberalismo sucumbió a los embates confabulados de especuladores y caudillos. Es una alianza de hecho que presenta hoy sus aristas más inquietantes y mediante la cual encontramos a los excluidos de la globalización neoliberal votando las propuestas del populismo xenófobo en media Europa o EEUU, para culpar de su exclusión a los excluidos de segundo grado (inmigrantes, refugiados y minorías señaladas como chivos expiatorios). Esta coalición es expresión de un circuito perverso que trenza globalización neoliberal y tribalismo, presentándose este último como una fórmula salvadora frente a los estragos de aquella. La aceptación de estas recetas, de estas utopías de naufragio, es un exponente del gran expolio a que ha sido sometido el sueño europeo. Si la modernidad es la transformación de los súbditos en ciudadanos a través del contrato social, la globalización neoliberal nos ha convertido en clientes para degradarnos luego a la condición de semiesclavos.

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