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Periodismo a pesar de todo

Rafael Reig

Soy profesor y enseño ahora en Hotel Kafka, hace años que vivo sobre todo de mi Olivetti, publicando artículos donde me dejen (y paguen algo). En Público escribí a diario desde su fundación y ahora, sobre libros, en el cultural de ABC. He publicado varias novelas, incluso por entregas en el diario 20minutos (Hazañas del capitán Carpeto), y otras como ‘Todo está perdonado’, ‘Sangre a borbotones’ o ‘Manual de Literatura para caníbales’. Vivo en Cercedilla, en la sierra de Guadarrama, y tengo una hija, Anusca, que evita leer nada escrito mí, ni siquiera mi blog personal.

No vale todo, amigos

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En un estupefaciente artículo, este comentario está “oculto por los votos negativos de la comunidad”.  La misma “comunidad” que escribe “aprobécha” (con b y con tilde), llama al ministro “fascista”, “corrupto pedazo de jilipollas y bruto como un arado”, habla de su  “socarronería sin gracia propia y chula de señorito ‘simpático’ de casino” o de que “la imagen de Cañete me sugiere la de un cerdo humanizado” y otras lindezas. Chiripitifláutico, no cabe duda.

En mi opinión Alb2K tiene toda la razón. El artículo no tiene ningún argumento y ni siquiera nos da un ejemplo de algo dicho por el ministro que no se entienda. ¿Por qué no pone ningún ejemplo?

La prueba de Flesch-Kincaid no es más que una gansada. Se basa en la relación, por una parte, entre número de palabras y número de sílabas; y por otra, entre número de palabras y número de oraciones. Es decir, con oraciones cortas y palabras de pocas sílabas uno se expresa al parecer con más claridad. Menuda majadería.

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Escribir en estéreo

Creo que hay que leer el  artículo de Felipe G. Gil que analiza, en relación con una serie de la tele, algunos estereotipos negativos asociados a los migrantes latinoamericanos y propone combatirlos: “Para cualquier persona con sentido crítico debería ser prioritario combatir estos estereotipos negativos”.

Estoy de acuerdo, pero, a mi modo de ver, la primera dificultad reside en que los estereotipos no son optativos, sino una herramienta indispensable en nuestra forma de comprender la realidad. Creo que era Aldous Huxley quien decía que enfrentarse a algo desconocido sin prejuicios es la actitud propia de un simio. Nuestro acercamiento es más complicado e incluye prejuicios y generalizaciones que funcionan como hipótesis que ponemos a prueba. A menudo la prueba destruye esos mismos prejuicios que nos han permitido elaborarla y en eso consiste nuestro aprendizaje. Elaboramos nuestra propia visión del mundo (es decir, nuestros propios estereotipos) a partir de los prejuicios comúnmente aceptados, y muy a menudo en contra de ellos.  

Dicho de otro modo, no me parece posible prescindir de estereotipos, de generalizaciones o de prejuicios, algunos de ellos negativos, no faltaba más. Los tenemos sobre casi todo porque los necesitamos: latinoamericanos y banqueros, sobre qué debe ser una pareja o cómo debemos reaccionar ante la muerte de un ser querido, sobre la traición, la gente que tiene animales en casa, el pescado azul o el consumo de verduras.

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Sacrificium intellectus

Algo huele a podrido cuando una película se anuncia como irracional, como algo que sólo se puede comprender con las emociones, desechando el uso de la inteligencia.

Creo entender la ironía de David Martos ante algo que nos ofrecen más allá de la razón y me hago la misma pregunta que él: ¿qué hacemos con lo que sólo apela a nuestra emoción y quiere abolir nuestra inteligencia?

Se nos dice que es “una sucesión de escenas aparentemente inconexas”. ¿A qué viene el “aparentemente”, si nadie es capaz de explicar cuál es la conexión que late bajo las apariencias? ¿No serán, sin más, inconexas? ¿O es preferible o más prudente no poner al descubierto la conexión?

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El Lazarillo de Ávila

Sin duda hay otro periodismo y se lo agradezco a mi amigo Iñigo Sáenz de Ugarte. Sin embargo, me pregunto si la novela está cumpliendo también con su deber de proponernos otro relato de la Transición. Me temo que no.

La clave, como me explicó un día en un tren Antonio Orejudo (es una de las ventajas de viajar en tren), es que la Transición debería contarse a través del género novelesco más característico de la literatura española: la novela picaresca. Cuando alguien escriba la Transición como novela picaresca (ojalá sea el propio Orejudo), seremos capaces de leer nuestro pasado y comprender sus consecuencias y a qué “cima de toda buena fortuna” hemos llegado.

La Transición no se entiende sin tener en cuenta que no es más que el resultado de las fortunas y adversidades de dos pícaros, el clásico pícaro castellano (como el Lazarillo), que fue Adolfo Suárez; y el no menos célebre pícaro sevillano (a la manera de Guzmán de Alfarache), que fue Felipe González.

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Cultura superior, no popular

A mí que se imparta “el ADN cultural del pueblo valenciano” en los colegios me parece otra alarmante señal de estupidez. Pero no porque incluya los toros, que es de lo único que han protestado los del PSOE, esos timoratos que fingen escandalizarse por cualquier bobada como monjitas de clausura. Se llevan las manos a la cabeza si se habla de toros, pero votaron sin complejos prolongar el internamiento de inmigrantes en unos campos de concentración a los que llaman centros. Por poner un ejemplo. Cuánta sensibilidad.

Enseñar semejante pamplina o, como dice la consejera (y no “consellera”, hablando en castellano), “dar a conocer a los estudiantes el patrimonio material, inmaterial y humano”, es en sí mismo estúpido, porque, si de verdad fuera el ADN cultural, entonces ¿qué falta les hace estudiarlo a los que ya son de suyo valencianos y por tanto lo llevan en la masa de la sangre o en su ADN? ¿No sería mejor emplear el tiempo, como hacíamos nosotros en el cole, en traducir a Virgilio y aprender a resolver ecuaciones? Nací en Asturias, pero estudié en Cali, Colombia, y en Madrid. Si me hubieran dado clase sobre los vallenatos, el chotis,  la ruana o el cocido, lo habría lamentado toda mi vida. Gracias a Dios me enseñaron latín, griego, matemáticas y en general cosas serias. Tampoco tengo el más mínimo interés en las señas de identidad españolas, que quede claro. De hecho, abomino de todo eso que llaman “señas de identidad”.

(Por cierto, entre paréntesis, ¿qué rayos será el “patrimonio humano” que quieren dar a conocer?)

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Cada vez que oigo la palabra cultura, amartillo la pistola

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Comentario de Erasme

¿Quién hay que no se declare partidario de la cultura? Que levante la mano el que se oponga a la cultura. Entonces, ¿de qué narices hablamos cuando decimos que defendemos o reivindicamos  la cultura?

Por mucho que digan que “sin cultura no hay dignidad”,  no significa gran cosa, porque lo cierto es que con cultura también hay abundante indignidad. Quizá fuera la Alemania que votó a Hitler uno de los países más cultos de Europa.  O mire usted a Polanski, un tipo culto, qué duda cabe, pero capaz  de drogar a una menor y violarla, y luego poner pies en polvorosa para escapar de la justicia. Así que no nos pongamos tan estupendos.

A mí me parece que la cultura no es optativa. Toda sociedad tiene una cultura, que a veces incluye sacrificios humanos rituales, como la de los aztecas, y a veces excluye la más mínima formación musical, como en España. Por eso defender la cultura, así dicho, me parece muy lindo, sí, conmovedor, pero ¿de qué cultura estamos hablando?

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Lo que asusta a los mayores

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Comentario para la Carta con respuesta de Rafael Reig del 4 de marzo.

La última vez que estuve en mi universidad allí seguían los retratos de los rectores franquistas y a nadie se le ocurre quitarlos. Entre otras cosas, porque la Universidad Autónoma de Madrid es incomprensible sin el franquismo. Desde su emplazamiento hasta su arquitectura penitenciaria, todo en esos sombríos edificios evoca la necesidad que tenía el franquismo de reprimir de la lucha estudiantil, así que bien están allí los retratos de Sánchez Agesta, Julio Rodríguez y Gratiniano Nieto Gallo, para que nadie se olvide.

¿No es un poco ingenuo pensar que unos retratos son “símbolos de la dictadura”?  Más símbolo de la dictadura es el rey designado por Franco, ¿no? ¿Para qué enredar con unos inofensivos retratos cuando nadie dice ni pío de los símbolos de la dictadura que siguen tan campantes? Dejaremos al rey por hoy, pero le voy a poner, entre muchos, sólo tres ejemplos: el Concordato, el Convenio bilateral con Estados Unidos y La Ley de Secretos Oficiales.  

El Concordato entre España y la Santa Sede es de 1953, aunque fue retocado en 1976 y en 1979, cuando se firmaron cuatro acuerdos negociados en secreto y que garantizaron los privilegios fiscales y de todo tipo para la iglesia católica. El asunto tuvo que dejarse fuera de la Constitución, donde naturalmente no habría cabido semejante disparate. Y así seguimos, porque ni el PSOE ni el PP se han atrevido a tocar una tilde. Peor aún: el PSOE se inventó piruetas como la “enseñanza concertada” para pagar con dinero público los colegios de curas y monjas. Formidable. ¿No es este “símbolo” más abominable que unos cuadritos que en nada nos afectan?

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Sepulcros blanqueados

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Comentario de Manu_K al reportaje "¿Nos duele menos si los muertos son inmigrantes?"

¿Así de fácil, eh? No, si ya le veo venir: usted es de los que todo lo arreglan “en dos patadas”. Se captura a unos culpables, se les da garrote en la plaza, y asunto concluido: los demás ya somos inocentes.

En mi ingenuidad creí que este interesante artículo invitaba a reflexionar sobre la complejidad de la cuestión y señalaba hasta qué punto nos implica a todos. Su lectura, que me parece propia de Poncio Pilatos, es la de lavarse las manos, simplificar  y señalar al culpable para darle su merecido. Se ahorca a unos guardias y a un par de políticos y todo arreglado. Bueno, a lo mejor arrastra usted también al paredón a algún banquero, de la que estamos. Una forma de razonar que ya conocíamos, por otra parte: el terrorismo se acaba en dos patadas fusilando a unos cuantos o montando el GAL, etc.

¿De verdad usted, o ese dolor suyo, tiene como “meta final” el castigo? Pues que Dios le ampare y le bendiga. A mí me parece que la “meta final” sólo puede ser, tras la reparación en lo posible del daño causado, impedir que pueda volver a repetirse. Entiendo que eso es mucho más laborioso y desagradable, porque también nos exige cambios a usted y a mí; no basta con colgar a los “culpables”, porque también es nuestra forma de vida la que hace posible que haya “culpables”.

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Razón contra sentido común

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Antonio Orejudo es uno de los columnistas con más filo que he leído, y es amigo mío, cosa de la que algunos lectores me acusan, como si debiera avergonzarme. Pues no, me enorgullece, con dieciocho años le dije: hay que fastidiarse, pero algún día tendré que presumir de haberte conocido. Hoy por ejemplo, cuando Orejudo ha conseguido una vez más hacerme la puñeta y dejarme pensativo y en duda. “Me da un poco de miedo ser gobernado por mis semejantes”, ha dicho y es imposible no darse por aludido. Ojalá pudiera, como usted, creer que soy solidario, pero ya ni siquiera creo que la palabra solidaridad tenga un significado real.

Soy solidario como todo el mundo: siempre que no salga demasiado caro. Si la solidaridad exige que viva en las condiciones en que viven los demás, dispongo, como todos, de recursos suficientes para construir justificaciones muy presentables, todas de sentido común. Solidarios he conocido a muy pocos, entre ellos a algún cura obrero (esos olvidados por la Transición) como mi admiradísimo tío Ramiro. Entre paréntesis: que un pedante tan pomposo como Jesús Aguirre, que fue duque de Alba, haya quedado como “el cura rojo”, mientras nos olvidamos de aquellos curas obreros, debería avergonzarnos. Pero eso es otra historia.

¿Me da miedo la democracia, ser gobernado por la mayoría? Miedo no, lo siguiente. Salvo que la mayoría estuviera de acuerdo conmigo, por supuesto (que no suele ser el caso).

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Lo que hay que ver

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No salgo de mi asombro. Al parecer el noble pueblo español esperaba que Cristina de Borbón, imputada, se declarara culpable, delatara a su marido y a todos sus cómplices, diera nombres (como ante la Comisión McCarthy) y aportara ella misma abundantes pruebas para ser conducida a prisión en el acto. En lugar de eso, que es lo que suelen hacer todos los acusados, y lo que al parecer harían quienes tanto se escandalizan, la tía va y sale con “evasivas”, dice que no ha hecho nada, se declara inocente y hasta es posible que mienta para salvarse, ¡lo nunca visto! Menuda imagen, ¿verdad?

Cuando don Quijote se encuentra con una cuerda de presos, todos le dicen que son inocentes, unos santitos, porque esa es la conducta habitual en los delincuentes. Don Quijote les cree y los libera. Pero don Quijote estaba chiflado, Cervantes le hace comportarse así para que los lectores suelten risotadas, porque hace falta estar como una regadera para creer en las declaraciones de inocencia de los condenados o acusados. Y los lectores se reían a mandíbula batiente, no se indignaban como monjitas timoratas, que es lo que hace ahora el noble pueblo español.

¿Ustedes no han visto ninguna película americana? ¿No han visto nunca al acusado acogerse a la Quinta Enmienda, que le garantiza el derecho a no incriminarse? En España también existe el derecho a no incriminarse, no faltaría más. Quien acusa soporta la carga de la prueba, tiene que aportar evidencias del delito. ¿O ustedes creen que es el acusado el que tiene que confesar y traer él mismo ante el tribunal, en su propia mochila, las pruebas de los delitos de los que le acusan? Y denunciar a sus cómplices de añadidura, imagino, ya puestos.

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