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José Mercé le regala a la Bienal de Flamenco su cante más profundo

José Mercé es, desde hace mucho tiempo, un icono de la cultura pop -no sólo en su acepción musical-, un cantaor tan grande como su propia talla física, de saber flamenco tan ancho como su sonrisa, pero al que ya no parecían seducirle los caminos que le llevaban de regreso a su Jerez natal. Los recitales más recientes, fuera cual fuera el contexto -en su propio pueblo este verano- siempre han sido una promoción de sus últimos éxitos, 'hits' que se cuelan en las listas de ventas junto con otros géneros comerciales de gusto más mayoritario que el flamenco.

Por eso mismo, sorprendió verlo, completamente desprovisto de artificio, sin más marketing que el cante naciendo desnudo de su garganta, ni más música que la guitarra, ni más verdad que la de su propia herencia flamenca, la noche del domingo en el Teatro de la Maestranza. Allí, en la inmensidad de ese coliseo frío para el flamenco pero calentado por un lleno rotundo que debió ser sobrecogedor desde del escenario, José Mercé fue de menos a más. Siempre a más. Tanto hasta llegar al clímax de una seguiriya ante la que cualquier cosa anterior -y eso que estuvo enorme por soleá y en unas impresionantes malagueñas del Mellizo- pareció un mero prólogo.

Dice siempre José Mercé que las penas, que la experiencia fatal de la vida, engrandece el cante del que las sufre. Y aquí encontró José la herida abierta de su pasado donde echar la sal de una seguiriya que escocía, con la que quiso, incluso cambiándole la letra al cante, homenajear al hijo que le falta. Fue tan grande que trivializa todo lo demás que se pueda relatar de esta noche de clausura, donde el cante, precisamente, ha tenido un lugar más que destacado; más que esperanzador.

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Patricia Guerrero, una bailaora como una 'catedral'

Producía un escalofrío casi sobrenatural -puesto que la noche se presentaba como una liturgia religiosa- asistir este viernes a la comprobación de que, con 26 años, el perfil estilizado de una bailarina clásica -más que la exuberancia y voluptuosidad que dan forma a las flamencas-, y ambiciones que van más allá de la ortodoxia del baile, se puede tener esa seguridad en el escenario, dar esas muestras de madurez artística y llevar, de pleno, el peso completo de un espectáculo tan complejo y trufado de matices como fue este viernes el estreno de 'Catedral', la última apuesta de Patricia Guerrero.

Empleando un juego de palabras de lo más obvio, podríamos decir que Patricia es ya, sobre todo después de este estreno, una bailaora como una 'Catedral'. Granadina de 1990, subida a los escenarios desde los 8 años y tenaz en no dejar a un lado su crecimiento y formación artística, cada aparición de Patricia en la Bienal de Flamenco -y fuera de ella- está siendo una sorpresa más que grata.

Contextualizando el asunto: Venía Patricia Guerrero a la Bienal a hablarnos del dolor y la represión de la mujer, conceptos -los represivos- que ha manejado siempre muy bien la tradición judeo-cristiana, por lo que nos sitúa la granadina en un espacio sagrado, una catedral barroca por donde parecen desfilar las célebres santas que pintara Zurbarán, con un cuerpo de baile enfundado en ropajes ampulosos, con sus brillantes claroscuros y un tenebrismo tan inquietante como profundamente sevillano.

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Isabel Bayón e Israel Galván enfadan al público del Teatro de la Maestranza

Quizás en el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York), quizás en una galería, en una sala de teatro independiente, hubiera funcionado una apuesta que tenía mucho más de instalación, de acción y de performance, que de artes escénicas. Pero en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, coliseo lírico de la ciudad, no pudo ser. Hubo enfado. Enfado hasta la bronca. Con la reclamación de la devolución de las entradas, protestas que espetaban "quiero mi dinero, quiero mi dinero" y mucho alboroto en la sala, demasiado. Injustificable incluso por cuanto impidieron el disfrute de quienes querían seguir el espectáculo con interés.

Hablamos de 'Dju-dju' la nueva propuesta del inclasificable bailaor Israel Galván quien, asesorado una vez más por el artista plástico Pedro G. Romero, se ha puesto en esta ocasión en el rol de director artístico para volver como un calcetín la personalidad flamenca de Isabel Bayón, discípula de la Escuela Sevillana del Baile que, a pesar de que sus experiencias en solitario ya caminaban hacia apuestas dancísticas más ambiciosas -pero siempre preciosistas y de mucha calidad artística-, da aquí un salto sin red en una apuesta, a ratos difícil, a ratos imposible.

Partíamos de la base de que este espectáculo no iba a ser un recital flamenco al uso. Tampoco creo que lo esperara el público. La transgresión en este arte acaba siendo siempre bienvenida por parte del espectador cuando se vislumbran las costuras bien ribeteadas por el profundo conocimiento del flamenco y, en este caso, del baile. Pero aquí no hubo baile, ni danza, sea cual fuere su género: aquí hubo una acción paródica, una reflexión abstracta, conceptual hasta el extremo, de las obsesiones, manías y supersticiones de la bailaora, donde lo grotesco y un espíritu retrokitch, fagocitaron el resto de intenciones artísticas que, a buen seguro, tuviera este espectáculo sobre el papel.

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Antonio Canales construye un nuevo puente entre Sevilla y Triana

Antes de que se midiera por bulerías con la grandísima bailaora Carmen Ledesma, pensé que la crónica de 'Trianero', el nuevo espectáculo de Antonio Canales en la Bienal de Flamenco, iba a ser otra. El bailaor del otrora barrio de los gitanos de Sevilla, con una trayectoria tan ancha como importante, ha superado ya el medio siglo de vida y aunque su impronta en el escenario sigue siendo incuestionable, sus facultades no han resistido tan bien el paso del tiempo y empezó tirando de oficio. La propuesta, una reivindicación de su condición de trianero, fue de menos a más y lo que a principio parecía haber nacido torcido, con un Canales dándose a cuentagotas -no sabíamos que se estaba reservando para grandes momentos-, se enderezó enseguida.

Comenzó abusando de los tópicos más manoseados, la estampa de una Triana cuajada de arte pero esclava de un puñado de señoritos, contexto en el que los bailes se sucedieron de a poco y fríos. Sin embargo, todo cambió cuando Canales se transmutó en Antonio Gómez de los Reyes, ese niño del Corral de Saramaya en la calle Castilla que quería ser bailaor… Y de repente, surgió una corriente de electricidad entre el escenario y el patio de butacas, construyó Canales un nuevo puente entre la Sevilla del 29 que representa el Teatro Lope de Vega y la Triana de su herencia gitana; un puente que cruzamos todos los que estuvimos en la sala, conducidos por la verdad, por la expresión más auténtica de un barrio y de una raza.

La alquimia para encontrar la piedra filosofal del cante y el baile de Triana la pusieron dos nombres protagonistas de la noche: la primera de ella fue Carmen Ledesma, bailaora indomable, icono de improvisación y libertad, que le brindó a Canales unas bulerías trianeras que sirvieron de verdadera introducción del espectador en el espectáculo: una Carmen canastera, caderosa, salvaje, junto a un Canales sobrado de entusiasmo, dando lo mejor de su estilo inconfundible.

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Farruquito perpetúa su estirpe en 'Baile moreno'

Acudir a ver bailar a Farruquito es una experiencia, digamos, vital. Que trasciende lo artístico. Sucede siempre: una experiencia que comienza antes y termina después del final del espectáculo. Y la noche del sábado en Sevilla se volvió a repetir: Paseo Colón, pasadas las ocho de la tarde: Toros en la Maestranza, resaca procesional con la Virgen de la Paz atravesando la Plaza de España hasta alcanzar la Catedral… Y Farruquito en el Teatro que toma prestado el nombre de la plaza de toros con el aforo a reventar. Quién da más.

Un aforo, por cierto, "cien por cien Farruquito", compuesto por la diversidad de fieles que lo siguen con devoción: los vecinos del barrio que son legión, su inmensa familia, que también se cuentan por centenas; japoneses surgidos de no se sabe muy bien dónde y un resto de público local que tan sólo se acerca a la Bienal de Flamenco cuando se abren las entrañas de la tradición gitana más ancestral que, aunque lo estemos relatando como si de una estampa del XIX se tratase, sigue viva.

Viva, en perfecto estado de salud y mostrando lo que será el futuro próximo. Porque de eso se trataba ayer precisamente la presencia de Farruquito en el Teatro de la Maestranza de Sevilla. Si nos tenía acostumbrados el joven bailaor a conducirnos siempre hacia la imagen todopoderosa de su abuelo Farruco, su maestro, bailaor de raza colmado de enjundia; en 'Baile moreno', su nueva propuesta escénica, pretende homenajear a su padre, el cantaor Juan el Moreno, que murió joven, abruptamente, dejando al niño Farruquito huérfano en pleno escenario y tocado por una desgracia de leyenda.

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Dani de Morón: el futuro ya está aquí

Dani de Morón

Me gusta creer en eso de que en el arte se actúa tal y como uno es. Se canta como se es, se baila como se es, se pinta como se es... Dani de Morón, 35 años y 20 a la guitarra, toca como es: honesto, valiente, impetuoso, apasionado... Y generoso.

Empecemos por la generosidad: Asistimos la noche del miércoles a una nueva jornada de la Bienal de Flamenco, que ha atravesado ya su Ecuador -con lo que ello conlleva de cansancio y poca capacidad para sorprenderse- con una expectación inusitada: el joven guitarrista de Dani de Morón –una de las mejores sonantas  de este nuevo y joven siglo- se presentaba en el Patio de la Montería del Real Alcázar, en un espectáculo “en solitario” donde, paradójicamente y sin complejos, viene a reivindicar el toque de acompañamiento: tocar para el cante, para el baile. ¡Pero para qué baile! El del Premio Nacional de Danza Israel Galván, figura de máximo interés internacional; ¡y qué cante!: el mejor de ésta, su generación: los onubenses Arcángel y Rocío Márquez, la arrolladora potencia jerezana de Jesús Méndez, el veneno camaronero de Duquende…

Hay que ser muy generoso, y también hacer uso de una gran seguridad, para asumir un nuevo reto como “solista” invitando a las mejores figuras de la nueva generación de artistas flamencos que triunfa en el mundo y que, además, no acudieron a la cita para cumplir un trámite. Se dieron por completo el miércoles en ese escenario hipnótico del Patio de la Montería.

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Rafaela Carrasco se despide dejando al ballet flamenco en su momento de máximo esplendor

Actuación del Ballet Flamenco de Andalucía, con Rafaela Carrasco.

La noche del lunes se aplaudía a rabiar en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, pero el regusto que dejaban las palmas era, paradójicamente, agridulce. Sonaba el júbilo en la sala con un eco final de pesadumbre, casi de incredulidad si me apuran. Después de asistir a la última representación del Ballet Flamenco de Andalucía con Rafaela Carrasco como directora de la formación, hay decisiones políticas –o administrativas- que no aciertan a tener encaje con el sentido común. Terminó anoche Carrasco su contrato dejándose el alma en el escenario del Paseo Colón, pero eso casi es lo menos reseñable, porque esta bailaora sevillana de enorme talento lo seguirá haciendo, recuperando de seguro proyectos personales adormecidos desde que asumió el liderazgo del Ballet en 2012. Lo peor es sin duda dejar sin un capitán de estas características una compañía, pública y embajadora de Andalucía en el mundo, en un momento a cuyas cotas de calidad nunca antes había tenido acceso.

Desde el propio origen de ‘Tierra Lorca’ hasta el resultado final, todo está bien pergeñado, perfectamente coreografiado, sensiblemente ejecutado, bella y estéticamente plasmado, bien cantado… El propio Lorca se hubiera emocionado viendo cómo más de ochenta años después de su experimento musical ‘Colección de Canciones Populares Españolas’ –grabado junto a su amiga La Argentinita y sobre el que se basa el proyecto-, un espectáculo rabiosamente contemporáneo puede ser tan fiel al imaginario del poeta, cómo permitiéndose versionar las canciones originales, se puede retratar mejor ese intento de Federico de intelectualizar el acervo popular. En definitiva, de hacer del flamenco Cultura (sí, en mayúscula).

'Tierra-Lorca' es todo sensibilidad, la de Rafaela Carrasco, que le imprime su identidad bailaora a los más de 90 minutos de espectáculo y cuya huella puede rastrearse en todas y cada una de las 13 coreografías por las que desfilan bellísimas piezas musicales de ayer y de siempre: jaleos, zorongos, los cuatro muleros, romances, el Café de Chinitas y el remate por fandangos de Graná, entre otros. La tesitura vocal de Gema Caballero es perfecta para esa combinación de cancionero popular y flamenco, fue deliciosa escucharla cantándole al baile de Rafaela; así como el arranque gitano de Antonio Campos, poderoso, granadino además, enjundioso.

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Juan Peña 'El Lebrijano' revive en la garganta poderosa de José Valencia

Sabía lo que se hacía Juan Peña 'El Lebrijano', una de las más grandes figuras del cante de la segunda mitad del siglo XX, cuando eligió a José Valencia como protagonista de un espectáculo que concibió aún vivo pero que, como si de una broma macabra se tratara, tuvimos presenciar anoche en Sevilla sin su estampa rubia y gitana.

'De Sevilla a Cádiz (1969-2016)' pretendía ser un repaso a uno de los trabajos discográficos clave en la trayectoria del Lebrijano, bajo su dirección y en la voz de uno de sus discípulos predilectos, pero se convirtió la noche del domingo en el Lope de Vega, dos meses después de su muerte, en un homenaje y, aún más, en una ceremonia de coronación: la del joven Valencia como sucesor de una estirpe flamenca sin parangón. En este cantaor de cualidades superlativas se han reunido los Peña y los Perrate, los Bacán, las sagas cantaoras más ilustres de Lebrija, ese trocito de tierra entre Sevilla y Cádiz, donde la Marisma del Guadalquivir es morada de flamencos desde tiempos inmemoriales.

Nos pareció estar viendo, y a veces hasta escuchando, al Lebrijano a lo largo de todo el concierto. Un recital por derecho, sobrio, elegante y cargado de profundidad -en las luces, en el magnífico audiovisual con una vista aérea de Lebrija tan lírica como magnética…-, tan serio como indefectiblemente jondo. Desde el principio, cuando entró José Valencia en escena con unos romances que le bailó Pastora Galván descalza, más gitana que nunca, haciendo que su compostura canastera mareara al espectador y lo metiera de lleno en el espectáculo.

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Los cantes de David Palomar y Laura Vital navegan desde la Bahía al Bajo Guadalquivir

David Palomar.

La cosa pintaba por Cádiz este jueves en la Bienal de Flamenco, con dos apuestas muy diferentes y en espacios, los dos estratégicos, también diferenciados en lo geográfico. La joven -pero curtida- cantaora de Sanlúcar de Barrameda Laura Vital se asomaba al altar de la desacralizada iglesia de San Luis de los Franceses, que impone desde el mismo patio de butacas. David Palomar, otro joven de enorme proyección en los últimos años, era colocado en la bombonera del Lope de Vega, para transportar al público hasta la flamenca ciudad de Cádiz, en un recital que apenas llegó a salir de las Puertas de Tierra.

 Al abrigo del barroco sevillano, Vital, de rojo pasión, elegantísima y sobria, presentó un proyecto de enorme interés, de esos que merecen ser presentados en un contexto como una Bienal de Flamenco, con sentido de la responsabilidad y ambición. Bajo el título 'Mujeres de sal', recupera, no sólo cantes, sino figuras principalísimas en el flamenco a quienes casi nunca se les dio su sitio en este arte: las mujeres. La voz femenina tutelada por el hombre de la casa, escondida en las fiestas familiares, vetadas en los escenarios hasta que surge la primera gran señora del flamenco profesional, Pastora Pavón 'La Niña de los Peines', que abrió puertas y ventanas y colocó a la mujer en el foco del cante por derecho.

Lo de Laura Vital en la iglesia de San Luis fue un doble desafío: el primero, del que salió airosa, recuperar cantes como una deliciosa bambera popularizada por la Niña de los Peines, así como otros nada prodigados en los repertorios actuales: cantó por malagueñas invocando a La Trini; se acordó de Rosa La Papera y Rosario la del Colorao por alegrías y, qué preciosidad, se marcó unos fandangos de Alosno como los hacía María La Conejilla.

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María Pagés se lleva de calle a Sevilla con su reinvención del mito de Carmen

Si con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones… Con cuatro trapos cosidos se hace María Pagés bellos mantones. Sí, es tan sólo una de la sucesión de bellísimas estampas, de una plasticidad casi fílmica, de 'Yo, Carmen', la nueva apuesta coreográfica de la sevillana: cuatro paños de cocina, asidos entre ellos con rudos pellizcos en sus extremos, que se convierten en los brazos de María Pagés en un mantón de manila movido con una perfección técnica a la que no consigue nunca restarle un ápice de emoción.

Hace años que la compañía de la bailaora sevillana María Pagés se convirtió en una de las citas imprescindibles de la Bienal de Flamenco de Sevilla. La noche del miércoles, el público que abarrotó el Teatro de la Maestranza de Sevilla la confirmó, una vez más, como la apuesta más firme de este festival –el más importante del mundo en su género-, de más alta calidad escénica, renovadora de la danza flamenca y cuyas aspiraciones y ambición han hecho del baile y el cante jondo un hecho universal.

En María Pagés se cumple una paradoja, se hace realidad una contradicción: que el flamenco, que brilla a veces desde la imperfección, desde lo improvisado…; el flamenco que a veces tiene que esperar a que aparezca un duende, contiene la misma emoción, pellizca el alma igual y duele del mismo modo cuando se ejecuta con la más absoluta perfección: desde el diseño de luces, al dominio y la dirección del espacio escénico, la ejecución sincronizada de un cuerpo de baile superlativo y, por si fuera poco, un mensaje de libertad, comprometido y feminista de indudable altura poética e intelectual.

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