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El vuelo de la ballena franca vuelve a la Patagonia argentina

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El vuelo de la ballena franca vuelve a la Patagonia argentina

El vuelo de la ballena franca vuelve a la Patagonia argentina

Sobre un mármol azul, celoso del color del cielo de la Patagonia norte argentina, una embarcación se desliza para encontrar las primeras ballenas francas de la temporada que varan en Península Valdés, un paraje natural único situado en la provincia de Chubut.

"Buena temporada, chicos", le dice el guía ballenero Ernesto Ricci al resto de tripulantes que suben al barco en la primera jornada de avistaje de ballenas, que comienza cada año en los albores del invierno austral y que se prolonga hasta mediados de agosto.

En esta temporada del año, la ballena franca acude a la escarpada costa de la península, que, gracias a sus dos anchos golfos, frena en esa zona el influjo de las corrientes marítimas del atlántico septentrional, modera la temperatura del agua y fomenta las condiciones óptimas para que este cetáceo pueda reproducirse en calma.

Allí, hasta 2.100 ejemplares de entre 12 y 13 metros de largo -en el caso de los adultos- transportan por el agua sus 30 toneladas buscando una pareja con la que aparearse.

"El avistaje de ballenas ha mejorado mucho", explica a Efe Ricci, que lleva más de 22 años guiando y capitaneando estas embarcaciones.

Ahora, un fiscalizador del Gobierno acompaña a la tripulación para garantizar la protección del animal.

La Eubaleana Australis es conocida popularmente como ballena franca ya que antaño, dada su sociabilidad, se acercaba animosamente a los barcos pesqueros, sin miedo a los arpones que trepanaban la grasa de su piel y la condenaban a ser parte de un exquisito menú de precios mareantes.

Esta práctica, frecuente desde el siglo XVII, acabó en 1935, cuando la Comisión Ballenera Internacional prohibió la caza de cetáceos, aunque pescadores balleneros ilegales siguieron matando a los animales hasta 1973, año en el que se registran las últimas matanzas al sur de Brasil.

Según la información que aporta el municipio de Puerto Pirámides, antes de que comenzaran las cazas, la población de ballena franca en el hemisferio sur superaba los 100.000 ejemplares, mientras que ahora apenas alcanza los 10.000.

La sangrienta reducción de la población de ballenas se vio aplacada recientemente en Península Valdés, gracias a la labor de los científicos y los biólogos marinos, y ahora la población de la especie crece a un ritmo del 7 % anual, según las cifras oficiales.

Los esfuerzos para preservar la fauna de la zona han ido parejos a la promoción de la península -declarada Patrimonio natural de la humanidad por la UNESCO- como núcleo turístico de la Patagonia norte, donde proliferan restaurantes y negocios de actividades turísticas relacionadas con la naturaleza terrestre y marina.

Allí, los turistas pueden, además de observar ballenas, hacer esnórquel con lobos y elefantes marinos o visitar los pingüinos que varan en la zona durante todo el verano austral.

Tras veinte minutos a bordo de la lancha, uno de los tripulantes levanta el brazo y los pasajeros observan una ballena en el aire a unos 500 metros.

El capitán acelera hacia la zona. "Cuando una ballena salta, puede repetir el ejercicio unas cuatro veces más", recuerda Paula Ortega, guía del Ministerio de Turismo, a los periodistas embarcados.

Durante minutos, el agua permanece inmutable y la esperanza de los espectadores comienza a agotarse hasta que, de pronto, el suelo de agua se rompe en mil pedazos de espuma y 40 toneladas de grasa, músculo y piel se elevan en una parábola imposible: asoma la cabeza, rota sobre sí misma en el aire y vuelve a su refugio acuático.

La embarcación se llena de caras de asombro. "Se vive como hace 22 años, cuando yo me subí por primera vez a la lancha y me quedé enamorado de ellas. Ese cosquilleo en la panza, ese nervio de volverlas a ver", relata Ernesto de vuelta en la playa de Puerto Pirámides.

Los expertos no se ponen de acuerdo a la hora de determinar la razón que impulsa a las ballenas a saltar. Muchos lo atribuyen a la necesidad de respirar del mamífero y creen que con el salto se desprende de los pequeños animales que pueblan sus callosidades.

Pero hay una teoría que toma más fuerza. Desde los años 60, la población de gaviotas se incrementó notablemente en la zona, atraída por los basurales donde encontraban abundantes restos de comida. Pronto, estas aves se dieron cuenta de que el verdadero manjar estaba en la grasa que se oculta bajo la gruesa piel de la ballena.

Según Ortega, algunos biólogos creen que el salto del animal es una forma de aliviar el dolor de los picotazos de las gaviotas y, al tiempo, de ahuyentarlas.

El sol de la tarde se proyecta sobre la tranquilidad del agua y las últimas lanchas de la primera jornada de avistaje vuelven a la playa, repletas de turista extasiados.

Tras más de dos décadas recorriendo los recovecos de la península, este guía ballenero todavía disfruta con las caras de la gente, con los niños boquiabiertos... "Hay gente que termina llorando", reconoce. "Ellas transmiten algo fuerte, algo único", suspira.

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